Antropomorfismo puede perjudicar a los animales

Santo Domingo . Por los comentarios de algunos lectores, lo del cacareo de la gallina que mencioné en el artículo anterior no quedó claro. Es imposible entenderlo si observamos a la gallina en una jaula, fuera de su contexto natural. Lo recomendable es observar al animal en su hábitat, para lo cual tendríamos que viajar a Asia, donde todavía existe en estado silvestre el ancestro de todas la gallinas domésticas (Gallus gallus).
Podemos economizarnos el viaje observando a una "gallina de calidad", la variedad de combate que existe en nuestro país, que es la más cercana al gallo rojo de la jungla asiática, porque los galleros, sin proponérselo, han contribuido a la conservación de la biodiversidad. Cualquiera que haya visto a una de estas gallinas en el campo, sabe que no cacarean inmediatamente después de poner el huevo sino unos minutos después, cuando salen, entre volando y corriendo, y cacareando de manera continua y aparatosa, actividad a la que se le suma el gallo y que dura varios minutos. En ese contexto, es evidente que esa conducta cumple una función de distracción de los posibles depredadores.
Hay especies nativas que emiten conductas similares. La rolita (Columbina passerina), que es la más pequeña de nuestras palomas silvestres, cuando tiene pichones y alguien se acerca al nido, se tira al suelo fingiendo que está herida y casi no puede volar. La simulación es tan perfecta que logra engañar a los humanos. He preguntado a gente del campo y ellos creen que el ave no puede volar debido a que sus alas se han entumecido. Una vez la rolita logra alejar al intruso del nido, se cura súbitamente y regresa a su nido por vía aérea y nunca en línea recta.
Las distorsiones antropomórficas a veces perjudican a los animales. Los grandes lagartos arborícolas endémicos de nuestra isla (Anolis baleatus es el más común por estos lares) son llamados "saltacocotes" porque supuestamente viven en las copas de los árboles al acecho de las personas para saltarles al cuello y morderlas. Lo que en realidad ocurre es que en ocasiones dos machos peleando se caen del árbol en el momento en que pasa una persona y, como es de suponer, le cae en la cabeza o en el cuello; si la persona se asusta y lo atrapa, el animal, en legítima defensa, pudiera morderla, mordedura que no tiene ninguna consecuencia.
En ocasiones el error en la lectura del código ocurre entre animales. Cuando se encuentran el Pajuil o Pavo Real, que es el ave nacional de la India, con el Pavo Americano, que es el mismo que nos comemos aquí en navidad, muchas veces pelean. El Pajuil siempre gana, no se sabe si por ser experto en las artes marciales tan populares en Asia. Al verse derrotado, el pavo se rinde como lo hacen los machos de su especie: se echa en el suelo y estira su cuello a todo lo largo. Como el Pajuil no entiende ese código, pues así no se rinden los machos de su especie, lo sigue atacando hasta la muerte.
Otro animal doméstico cuya conducta resulta incomprensible si no nos despojamos de los prejuicios de nuestra especie es la oveja. En una manada con vínculos sanguíneos todas siguen siempre a la más vieja. La tentación antropomórfica induce a la gente a creer que actúan así porque la más vieja tiene más experiencia y las puede alejar de los peligros. La razón verdadera es bien distinta y mucho más simple: las ovejas nacen con la predisposición de seguir a su madre de por vida. De modo que lo que nos parece un comportamiento social de toda la manada, es la suma de muchos comportamientos individuales. En realidad, cada oveja no sigue a la más vieja, sino a su madre.
destra@tricom.net
Podemos economizarnos el viaje observando a una "gallina de calidad", la variedad de combate que existe en nuestro país, que es la más cercana al gallo rojo de la jungla asiática, porque los galleros, sin proponérselo, han contribuido a la conservación de la biodiversidad. Cualquiera que haya visto a una de estas gallinas en el campo, sabe que no cacarean inmediatamente después de poner el huevo sino unos minutos después, cuando salen, entre volando y corriendo, y cacareando de manera continua y aparatosa, actividad a la que se le suma el gallo y que dura varios minutos. En ese contexto, es evidente que esa conducta cumple una función de distracción de los posibles depredadores.
Hay especies nativas que emiten conductas similares. La rolita (Columbina passerina), que es la más pequeña de nuestras palomas silvestres, cuando tiene pichones y alguien se acerca al nido, se tira al suelo fingiendo que está herida y casi no puede volar. La simulación es tan perfecta que logra engañar a los humanos. He preguntado a gente del campo y ellos creen que el ave no puede volar debido a que sus alas se han entumecido. Una vez la rolita logra alejar al intruso del nido, se cura súbitamente y regresa a su nido por vía aérea y nunca en línea recta.
Las distorsiones antropomórficas a veces perjudican a los animales. Los grandes lagartos arborícolas endémicos de nuestra isla (Anolis baleatus es el más común por estos lares) son llamados "saltacocotes" porque supuestamente viven en las copas de los árboles al acecho de las personas para saltarles al cuello y morderlas. Lo que en realidad ocurre es que en ocasiones dos machos peleando se caen del árbol en el momento en que pasa una persona y, como es de suponer, le cae en la cabeza o en el cuello; si la persona se asusta y lo atrapa, el animal, en legítima defensa, pudiera morderla, mordedura que no tiene ninguna consecuencia.
En ocasiones el error en la lectura del código ocurre entre animales. Cuando se encuentran el Pajuil o Pavo Real, que es el ave nacional de la India, con el Pavo Americano, que es el mismo que nos comemos aquí en navidad, muchas veces pelean. El Pajuil siempre gana, no se sabe si por ser experto en las artes marciales tan populares en Asia. Al verse derrotado, el pavo se rinde como lo hacen los machos de su especie: se echa en el suelo y estira su cuello a todo lo largo. Como el Pajuil no entiende ese código, pues así no se rinden los machos de su especie, lo sigue atacando hasta la muerte.
Otro animal doméstico cuya conducta resulta incomprensible si no nos despojamos de los prejuicios de nuestra especie es la oveja. En una manada con vínculos sanguíneos todas siguen siempre a la más vieja. La tentación antropomórfica induce a la gente a creer que actúan así porque la más vieja tiene más experiencia y las puede alejar de los peligros. La razón verdadera es bien distinta y mucho más simple: las ovejas nacen con la predisposición de seguir a su madre de por vida. De modo que lo que nos parece un comportamiento social de toda la manada, es la suma de muchos comportamientos individuales. En realidad, cada oveja no sigue a la más vieja, sino a su madre.
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Simón Guerrero
Simón Guerrero