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Atenas, la ciudad de los platos rotos

El título de abogado le da a Freddy la oportunidad de conocer Atenas de la mejor manera: con todo pago. Una ciudad difícil de olvidar.

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Atenas, la ciudad de los platos rotos
ILUSTRACIÓN: RAMÓN SANDOVAL
Lo del viaje a Atenas se lo debo al título. Durante muchos años trabajé de voluntario en el Patronato de la Diabetes, al lado de un soñador llamado Nosin Hazoury, y con un equipo de amigos emprendimos la tarea de construir un hospital orgullo de América. Yo era uno de sus asistentes en la captación de fondos para edificar el sueño. ¿Y esto qué tiene que ver con Atenas? Pues nada y todo. Una mañana Nosin me pidió que le visitara pues tenía que comentarme algo importante.

– ¿Puede ser por teléfono? pregunté.

– Quiero verte –fue su comentario cortante, y agregó:

– Hijo mío, ¿te desperté?

– No –contesté bostezando–. Estaba esperando tu llamada en sueños (el doctor solía llamarme a las horas más inusitadas).

Entro a su despacho. Sin mirarme me pregunta.

– ¿Eres doctor en Derecho, verdad? –y sin esperar respuesta, agrega: ¿Lo tienes marcado en tus tarjetas de presentación?

– ¿El qué? –pregunto. –¿El doctor? Sí –contesto intrigado.

Es suficiente, vas a Atenas el próximo jueves.

– Siéntate –me dice– y procede a explicar: hay un congreso de médicos en Grecia y no puedo asistir. Todo está pago y debo presentar un caso. Llegas, depositas el trabajo, en esos congresos nadie pregunta nada, todos lo usan de excusa para divertirse, y te das el viaje en mi nombre.

– Pero Nosin –intento protestar– es una locura.

Es viernes y hace un calor tremendo. Atenas es una ciudad cosmopolita mezcla de distintas culturas y gente. El bullicio me impresiona. Lo llevaré al triángulo, me dice el taxista, primero la Plaza Omonia, luego la Sintagma y el barrio de Plaka bajo la Acrópolis.

Quedo sin palabras al entrar a la Acrópolis, un recinto arqueológico impresionante, el Partenón, el teatro de Dionisio, las voces de Esquilo, Sófocles. Aristófanes y Eurípides como ecos retumban en mis oídos. La ciudad a mis pies, un mar lleno de historias me sonríe en el misterio de los años... Atenas me seduce. Luego camino por callejuelas, me interno en el barrio de Monastiraki, una calle peatonal, luego Pireos, repleto de bares, restaurantes y actividades culturales. Un paisaje de aceitunas negras, queso feta, gran variedad de panaderías, ricos panes de cebolla, ajo, maíz, nueces, los pruebo todos. Los griegos son amistosos y se dan besos constantemente. Me sorprende la noche en una Bazukia. La música es contagiosa y todos cantan y bailan. La costumbre es tirar flores y romper platos si te gusta el artista de turno. Rompo docenas, inundo de flores el escenario y bajo los efectos del ouzo, Zorba y yo la misma cosa…

Al amanecer, al pagar la cuenta, una vajilla completa rota y tres docenas de gardenias convierten a Atenas en una ciudad difícil de olvidar.