Guillo Pérez, sabor a caña y a color

El aspecto físico de Guillo Pérez recuerda a Montesinos, el de la cueva en Don Quijote de la Mancha. Barba canísima, continente, paso, gravedad, fina presencia, y todas esas cosas juntas eran de admirar al verle.

Realizó más de setenta exposiciones, de las cuales treinta fueron individuales dentro y fuera de su país, y participó en exposiciones colectivas internacionales.

Junto a Yoryi Morel, Cándido Bidó, Ramón Oviedo, Darío Suro o Paul Giudicelli pertenece a la galería de imprescindibles en el arte dominicano.

Su expresionismo abstracto nunca lo mantuvo prisionero, pues podía hacer retratos y autorretratos con detallado dibujo. Prefirió el uso del óleo sobre tela, y en obras como “Flores (Pompones) de Gazcue” de 1970 el uso de la espátula llega a niveles de Gran Maestro. En Terral, obra totalmente abstracta de 1967, vemos una “composición constructiva, de fina textura y sobria aromatización. Realizada en formato vertical, está dividida en dos áreas desiguales: un amplio plano superior cremoso con una franja grisácea vertical en el extremo izquierdo. En el plano inferior dos franjas horizontales en rojo y negro” según descripción de la obra perteneciente a la colección del Centro León.

Sus obras tratan imágenes icónicas como los monumentos coloniales, marinas, retratos, paisajes, flores, gallos, ingenios azucareros con sus bueyes, bateyes y carretas, que han dado a la iconografía del arte dominicano una personalidad reconocible. En cierta ocasión reconoció cuál era el tema central de su producción “Mi verdadero eje temático es la caña de azúcar con el ingenio y todo lo que tiene que ver con la zafra. Mi raíz como artista es campesina y está en el mundo azucarero. Tengo ese universo de sabiduría del campo cibaeño que ensayé después con Yoryi Morel”.

En 1979 ideó y creó una colección, ya mítica, de 24 obras al óleo que tuvo como título “Sabor a caña”. De la misma colección nació el libro homónimo que dirigió Antonio Cabezas Esteban. Esa colección es una especie de Corpusde la obra de Guillo Pérez, sus temas más reconocibles hechos con una pasión y maestría que correspondía a la madurez total del artista. Y es que la caña, con sus cañaverales, sus gentes, sus bueyes, sus capataces, sus ingenios, sus pesos trucados, sus bateyes oscuros y de pobreza extrema han sido la materia de la gran poesía y pintura dominicana “Cuando no sopla brisa, todo es sopor, marasmo. El calor es tan denso que casi puede asirse, y por todas partes, ¡ los cañaverales ¡ Frente a mí están los cañaverales; a mi lado están los cañaverales; a mi espalda están los cañaverales. ¡ Cañaverales ¡ Sobre ellos siempre un cielo limpio y alto, como un desesperado ojo sin párpados, desde el cual se desparrama un sol de fuego. Cuando uno siente que en la cabeza un incesante dolor martillea, y siente que le brota un sudor aceitoso por todo el cuerpo, y tiene deseos de arrancarse las ropas y gritar, mira ansioso hacia los cañaverales, y la vista se quema en el resplandor de hoguera que parpadea sobre ellos, el horizonte, por encima de cualquier silueta de montañas que se recorte apagada a lo lejos, por encima de cualquier mancha que aparezca en los cañaverales.” Ramón Marrero Aristy, Over 1939.

“Guillo Pérez, tormentoso como su pintura,

artista de buena ley

que moja los pinceles en los ríos

y los cielos de su contorno informal”

Rafael Squirru, poeta y crítico de arte argentino

Guillo Pérez nació en Moca el 3 de agosto de 1923 y murió en Santo Domingo el 9 de marzo de 2014. Realizó estudios de música, era violinista, y de religión en el Seminario católico del Santo Cerro en La Vega. Prosiguió sus estudios de música en Santiago, así como de Bellas Artes en la escuela oficial y en el taller de Yoryi Morel.

+ Leídas