Nunca hubo una serie más larga de «Eñes» dedicada a un aspecto concreto. Hoy prometo concluirla. ¡Que no cunda el pánico! Con referencias mitológicas, el nombre del pánico, ese miedo intenso, que puede volverse contagioso y hacerse colectivo, tiene relación con el miedo que infundía el semidiós Pan por su naturaleza salvaje e irascible. Dicen que no soportaba que lo despertaran de su siesta; a mi modo de ver no le faltaba razón. Morfeo, dios griego del sueño, tampoco estaría de acuerdo; no en vano a dormir le llamamos «estar en los brazos de Morfeo». El nombre de este dios está en el origen del sustantivo morfina, poderoso narcótico y analgésico.

Para la guinda final he reservado dos de mis palabras preferidas. Los amores de los protagonistas destinaron sus nombres a convertirse en bellas palabras. Los celos llevaron a Hera, la diosa esposa de Zeus, a castigar a la bella ninfa Eco, que tenía el don de la palabra, con la pérdida de su elocuencia; Eco solo podía repetir las palabras de los demás. Como nuestro eco, que repite el sonido cuando sus ondas se encuentran con un obstáculo.

El padecer de Eco aumentó cuando se enamoró de Narciso, un pastor presuntuoso, quien, al saberlo, se burló de ella. Esta burla le costó a Narciso el castigo de enamorarse del reflejo que de sí mismo contemplaba en el río y el de dar nombre al narcisismo y a los narcisos, aquellos que se complacen excesivamente en su atractivo o en sus facultades, como si estuvieran enamorados de sí mismos.

No me negarán la belleza y el sabor de estas narraciones tradicionales, que forman parte de una cultura ancestral y que hemos heredado con nuestra lengua, salpicada de hermosas palabras que las recuerdan.

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