Infinitas librerías

Pongo en marcha el navegador y salgo a la calle. Atrás quedaron aquellos mapas que siempre estaban cabeza abajo y que nunca podían volver a cerrarse correctamente. Hoy tengo tiempo de dejarme llevar por el camino. En la pantalla van saltando pequeños restaurantes y muchas, muchas librerías. Las cuento y hay al menos siete en un radio de un kilómetro.

Echo a andar y confirmo que mi mapa no me ha vendido un sueño. Por supuesto, caigo en la tentación. Entro en la primera librería que encuentro y, aunque pequeña, está bien surtida y muy bien atendida por una joven librera. La segunda, más grande, tiene una inmensa sección infantil y juvenil: no hay mejor señal en una librería. La tercera, y no he recorrido ni quinientos metros, alberga un pequeño café; miel sobre hojuelas. No hay mejor plan, o casi, que una taza de café humeante y un buen libro rodeada de extraños que no lo son tanto si tienen un libro entre manos. Sobre sus estantes, un gato se queja cuando trato de hacerlo a un lado para ojear las colecciones. Dejo atrás sus pasillos repletos y, a la vuelta de la esquina, casi escondido a la vista, me topo con un pequeño local de viejo, con libros amontonados en un aparente, solo aparente, desorden. Unas cuadras más adelante, entre los árboles de un pequeño parque, me encuentro con una feria del libro acogedora y multitudinaria.

Y yo, que como buena cervantina, soy de las que anda mucho y lee mucho y que, además, me dejo adoptar con facilidad por cualquier sitio, me siento como en casa en Lima, de aceras anchas y limpias, de espacios públicos llenos de flores, de colas para entrar en la biblioteca y de infinitos sabores y librerías.

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