Melancolía

Los últimos días del año siempre me llegan de la mano con la nostalgia, una hermosa palabra cuya etimología nos remonta al sustantivo griego nóstos ‘regreso’ y al sufijo, también griego, -algía ‘-algia, dolor’. Permítanme en esta última Eñe de 2017 que me recree en este sentimiento relacionado con más palabras tristes y hermosas.

El Diccionario de la lengua española define nostalgia como la pena de verse ausente de la patria o de los amigos. Julio Casares la define como la aflicción causada por la ausencia de cosas o personas queridas. Palabras que nos guían melancólicamente hacia otras palabras. La definición académica de melancolía acumula evocadores adjetivos: ‘tristeza vaga, profunda, sosegada y permanente, nacida de causas físicas o morales, que hace que quien la padece no encuentre gusto ni diversión en nada’.

La ausencia de la patria es también la causante de esa forma gallega de la melancolía que es la morriña; el mal de la tierra, la añoranza de la tierra natal. Añoranza, otra hermosa palabra, esta vez procedente del catalán, y que se define como el recuerdo apenado de la ausencia, privación o pérdida de lo que nos es muy querido.

Permítanme la añoranza y la melancolía en este año que llega a su fin, en el que hemos recordado que hace setenta y cinco años perdimos, o nos hicieron perder, a Miguel Hernández. Como escribió Pablo Neruda, «recordar a Miguel Hernández que desapareció en la oscuridad y recordarlo a plena luz es un deber de España, un deber de amor». Es un deber de amor, puntualizo, de todos los que hablamos español. Yo lo recuerdo con el primer cuarteto de un soneto de El rayo que no cesa:

Una querencia tengo por tu acento

una apetencia por tu compañía

y una dolencia de melancolía

por la ausencia del aire de tu viento.

@Letra_zeta

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20180104 https://www.diariolibre.com

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