El hilo conductor de la mitología, como el hilo de Ariadna, nos está sirviendo para repasar un nutrido grupo de hermosas palabras de nuestra lengua que remontan su origen a personajes clásicos. Hablábamos la semana pasada de Cupido, dios romano del amor. Hoy hablaremos de su correspondiente griego, el dios Eros, que está en el origen de nuestros términos erotismo y erótico. En griego la palabra eros se refería al amor sexual, de ahí que funcione como raíz de erotismo ‘amor o placer sexuales’ y de erótico ‘relativo al amor o placer sexuales’ o ‘que excita el deseo sexual’.

Cupido era hijo de la diosa Venus, diosa del amor y la belleza, cuyo nombre usamos como sustantivo común, siempre con minúscula inicial, para referirnos a una mujer muy hermosa considerándola una venus. Su nombre también está en la raíz del adjetivo venéreo, ‘relacionado con el placer o el acto sexual’, y que usamos además para referirnos a las enfermedades de transmisión sexual.

El correlato griego de Venus era Afrodita, diosa nacida de la espuma del mar (les debo los detalles de la historia, que no pueden ser más escabrosos). Su nombre ha dado lugar al adjetivo afrodisíaco (afrodisiaco), aplicado a aquello que estimula el deseo sexual. Como sustantivo se refiere a las sustancias que tienen este efecto (o que dicen tenerlo, vaya usted a saber).

Entre los personajes mitológicos femeninos estaban las Parcas (las Moiras en Grecia), tres hermanas hilanderas que tenían en sus manos el destino de los mortales; una hermana hilaba, la otra devanaba y la última cortaba el hilo de la vida; por eso usamos la palabra parca para referirnos poéticamente a la muerte. Seguro que más de una vez han oído decir que nuestra vida pende de un hilo.

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