El maltrato silencioso que enfrentan muchos adultos mayores
La neuropsicóloga Dalia Aguiló Quéliz explica que la violencia a los adultos mayores no se limita a las agresiones físicas o a situaciones extremas de abandono

En Occidente pocas veces se piensa como en Oriente. La valoración de la vejez es un claro ejemplo de ello. Las calles, los hogares y las dinámicas familiares suelen evidenciar parte de los desafíos y sufrimiento que enfrentan muchos adultos mayores en esta parte del mundo.
Hablarles como si fueran niños, ignorar sus opiniones o tomar decisiones por ellos son formas de violencia que con frecuencia pasan inadvertidas.
"Todavía existe mucha desinformación sobre el envejecimiento. Se sigue creyendo que envejecer es sinónimo de enfermedad, cuando en realidad puede ser una etapa tan gratificante como cualquier otra, e incluso más, porque suele venir acompañada de una mayor libertad para ser y hacer sin tantas presiones externas", expresa la neuropsicóloga clínica Dalia Aguiló Quéliz, entrevistada a propósito de la conmemoración del Día Mundial de Toma de Conciencia del Abuso y Maltrato en la Vejez, que se celebra este 15 de junio.
El maltrato no se limita a las agresiones físicas o a situaciones extremas de abandono. También puede incluir conductas que suelen considerarse normales e incluso justificarse como actos de protección, pero que afectan profundamente la dignidad y el bienestar emocional de las personas mayores.
Asumir que ya no comprenden ciertos temas, decidir por ellos o excluirlos de conversaciones familiares importantes son prácticas frecuentes que limitan su autonomía. Según Aguiló Quéliz, se trata de conductas que muchas veces se realizan con buena intención, pero que transmiten el mensaje de que sus deseos, opiniones y capacidades ya no tienen valor.
Una violencia silenciosa

De acuerdo con la especialista, las formas más comunes de maltrato no son necesariamente las más visibles. Entre ellas destacan el maltrato psicológico, la negligencia y el abuso económico.
El maltrato psicológico puede manifestarse mediante humillaciones, descalificaciones, amenazas, indiferencia o aislamiento social.
La negligencia ocurre cuando no se atienden adecuadamente necesidades básicas como la alimentación, la higiene, la atención médica o el acompañamiento emocional. Por su parte, el abuso económico implica el uso indebido del dinero, bienes o patrimonio de la persona mayor, muchas veces por parte de familiares o personas cercanas.
Aunque estas situaciones no dejan huellas físicas evidentes, pueden generar consecuencias profundas en la salud mental y emocional de quienes las padecen.
Factores que aumentan la vulnerabilidad
La neuropsicóloga explica que existen condiciones que pueden incrementar el riesgo de sufrir abuso. Entre ellas figuran los problemas de salud, la dependencia funcional, el deterioro cognitivo, el aislamiento social, la viudez, la escasez de redes de apoyo y la dependencia económica de terceros.
También influyen las dinámicas familiares conflictivas y el agotamiento de algunos cuidadores, especialmente cuando carecen de herramientas para gestionar adecuadamente el estrés y las emociones derivadas de su labor.
Sin embargo, advierte que ninguna persona está completamente exenta de esta realidad.
"Cualquier adulto mayor puede convertirse en víctima de maltrato, independientemente de su nivel educativo, situación económica o entorno social", señala.
La soledad también duele
Uno de los problemas más preocupantes y frecuentes es el abandono emocional. La falta de atención, escucha o afecto puede tener efectos tan devastadores como otras formas de violencia.
Las personas mayores necesitan sentirse valoradas, escuchadas y parte activa de su entorno familiar. Cuando predominan la indiferencia y la exclusión, aumenta el riesgo de desarrollar depresión, ansiedad, sentimientos de inutilidad y desesperanza.
La evidencia científica, explica Aguiló Queliz, también relaciona la soledad crónica con un mayor deterioro cognitivo, problemas de salud física y una reducción significativa de la calidad de vida.
A esto se suman los múltiples duelos que suelen acompañar el envejecimiento: la pérdida de seres queridos, la jubilación o los cambios en los roles familiares y sociales, experiencias que hacen aún más importante la necesidad de compañía y vínculos significativos.
El impacto del edadismo
La discriminación por edad, conocida como edadismo, es uno de los principales factores que perpetúan estas situaciones, explica la especialista en Neuropsicología Clínica, Desarrollo Psicológico y Análisis Conductual del Adulto y la Tercera Edad.
Este fenómeno se manifiesta cuando se asume que una persona pierde valor, capacidad de decisión o utilidad social simplemente por envejecer. Como consecuencia, se favorecen prácticas de infantilización, exclusión y vulneración de derechos.
"Es una forma de discriminación especialmente peligrosa porque suele estar tan normalizada que muchas veces pasa desapercibida incluso para quienes la ejercen", afirma.
Para prevenir estas situaciones, recomienda educar a familiares y cuidadores sobre las necesidades reales de esta etapa de la vida, fortalecer las redes de apoyo y fomentar la participación activa de los adultos mayores en la comunidad.
Asimismo, sostiene que el reto actual no consiste únicamente en prolongar la vida, sino en garantizar que esos años estén acompañados de vínculos significativos, participación social, autonomía y sentido de pertenencia.
Señales de alerta
Detectar el maltrato no siempre resulta sencillo, pero existen señales que pueden servir de advertencia:
Cambios bruscos de comportamiento.
Retraimiento social.
Miedo o ansiedad frente a determinadas personas.
Descuido de la higiene personal.
Pérdida de peso inexplicable.
Lesiones frecuentes.
Dificultades para acceder a recursos económicos propios.
Abandono de actividades que antes disfrutaba.
Expresiones constantes de tristeza, inutilidad o desesperanza.

Mayra Pérez Castillo