Un día perfecto en Nueva York
Una ruta por los rincones favoritos de mi hermano Giancarlo, entre pizzas, parques, cafés y lugares que demuestran que amar una ciudad es también aprender a disfrutar cada día

Hace unos años, mi hermano Giancarlo y su esposa vinieron de visita a República Dominicana para reunirnos en familia. En algún momento de la noche, él se puso de pie para decir unas palabras.
Nos compartió que durante la pandemia, mientras veía morir a tanta gente en Nueva York, tomó una decisión: vivir con la consciencia de que cada día contaba y no dar por sentado todo lo que tenía.
En esos meses caóticos del 2020, mi hermano vio a la ciudad de Nueva York irreconocible, detenida y silenciosa, una metrópolis acostumbrada a correr que de pronto tuvo muerte y miedo.
En medio de todo aquello comprendió cuánto amaba Nueva York y cuánto agradecía seguir teniendo la oportunidad de estar vivo y sano. Aquella noche nos dijo que había decidido aprovechar esa segunda oportunidad.
Todavía hoy, al recordarlo y mientras escribo estas palabras, se me llenan los ojos de lágrimas. Quizás por eso, cuando hace poco le pregunté cómo sería un día perfecto en Nueva York según él, debí sospechar que no me entregaría una simple lista de atracciones turísticas. Me entregó una declaración de amor a la ciudad.
El duelo de estar vivos
Nueva York se descubre caminando y comiendo
El día perfecto de Giancarlo comienza en Hudson Yards con bagels en Russ & Daughters, un negocio cuya historia se remonta a 1914. Me gusta la contradicción: empezar el día en uno de los desarrollos más nuevos de Manhattan comiendo algo que sabe a la Nueva York de hace un siglo.
De allí, Giancarlo nos manda a pasear entre jardines, edificios y obras de arte por The High Line, uno de los mejores ejemplos de cómo Nueva York siempre consigue reinventarse sin borrar completamente lo que fue.
Antes de convertirse en uno de los paseos más visitados de Manhattan, aquello era una línea ferroviaria elevada que transportaba productos hacia el West Side.
Siguiendo The High Line llegamos a Chelsea Market, con ese aire industrial de ladrillos, tuberías y antigua fábrica que hoy nos parece tan cool. Aquí Giancarlo concede dos posibilidades para probar: Los Tacos No1, o Los Mariscos, especializado en tacos de pescado y camarón, ceviches y sabores de Baja California.
Desde allí seguimos hacia Greenwich Village para detenernos en Stonewall National Monument, donde la ruta adquiere un tono de libertad adquirida. En junio de 1969, una redada policial en el Stonewall Inn desencadenó varios días de protestas que se convirtieron en un momento decisivo para el movimiento moderno por los derechos LGBTQ+ en Estados Unidos.
A pocas cuadras nos espera West Fourth Street Courts, mejor conocido como The Cage, una pequeña cancha de baloncesto al aire libre rodeada por una verja metálica, aproximadamente la mitad del tamaño de una cancha reglamentaria, donde la estrechez terminó creando un estilo de juego rápido, físico y feroz.
Su liga funciona desde 1977 y su lema lo dice todo "We don´t ball. We battle." Ahí no juegan baloncesto, ahí batallan. Uno puede simplemente detenerse junto a la verja y mirar. Sí, solo mirar es una forma de conocer un lugar.
Seguimos con lo que podría llamar la etapa competitiva del día: la ruta de la pizza.
Primero Bleecker Street Pizza, para probar la Nonna Maria, inspirada en una receta familiar y preparada con mozzarella fresca, salsa de tomate, parmesano y albahaca; después L´Industrie y ordenar una porción de su White Cheese, preparada sin salsa de tomate y con una cremosa combinación de quesos; luego Mama's TOO y su porción de Cacio e Pepe; y, como aparentemente todavía debemos tener hambre, Joe's Pizza, donde la instrucción de mi hermano es sencilla: pedir una porción regular, esa pizza neoyorquina grande, fina, sin demasiadas complicaciones y con la capacidad de doblarse por la mitad (si no se dobla con facilidad, no es pizza de Nueva York).
Todavía queda John's of Bleecker Street, con sus viejos reservados de madera, los pisos art déco y los techos de estaño. Aquí surge un inconveniente considerable para cualquier persona que haya seguido obedientemente las instrucciones anteriores de Giancarlo: aquí no se venden porciones. Hay que pedir una pizza completa.
Continuamos a lo que él llama el "Triángulo de las Bermudas de la comida italiana", donde hay tres opciones para elegir: L'Artusi, Via Carota y Don Angie.
Por suerte, y después de tantos carbohidratos, Giancarlo contempla otra pausa en Washington Square Park. La instrucción es simplemente sentarnos a observar desconocidos, lo que es preciso aclarar no se considera perder el tiempo sino participar de una antiquísima tradición.
Después viene un oat cappuccino en La Cabra, la cafetería danesa que llevó a Nueva York su interpretación del café nórdico. Pero esta bebida necesita compañía, naturalmente, y la siguiente parada es Eileen´s Special Cheesecake.
Más tarde, Giancarlo vuelve a apiadarse de nosotros y propone descansar en Elizabeth Street Garden, un pequeño jardín comunitario de aproximadamente 20,000 pies cuadrados entre Elizabeth y Mott, Prince y Spring.
Y si alguien todavía conserva espacio en el estómago, Giancarlo recomienda una de dos experiencias gastronómicas de mayor nivel.
Torrisi, en Mulberry Street, cuya cocina italoamericana ha sido reconocida con una estrella Michelin, o Family Meal at Blue Hill, en Washington Place. Michelin también reconoce este lugar, tanto con una estrella como por su trabajo en sostenibilidad.
El día termina en Comedy Cellar, en MacDougal Street, un pequeño sótano de Greenwich Village que abrió en 1982 y terminó convirtiéndose en uno de los clubes de stand-up más famosos de Estados Unidos.
Después de caminar buena parte de Manhattan y consumir una cantidad de comida considerable, me parece perfecto que el último punto de la agenda sea sentarnos en un sótano a reírnos.
El verdadero lujo de disfrutar cada día
Cuando terminé de revisar la ruta de mi hermano comprendí que su día perfecto no tiene demasiado que ver con completar una lista turística. No aparecen el Empire State Building, la Estatua de la Libertad ni Times Square. Hay, más que nada, vida cotidiana.
Con esta lista y las veces que he paseado con él por Nueva York, mi hermano me enseñó que amar una ciudad no consiste solamente en admirar sus monumentos, sino en amar las pequeñas cosas que podemos hacer en ella: caminar por sus calles, probar algo delicioso, sentarnos en un parque, mirar a desconocidos, descubrir un rincón nuevo, compartir una mesa, reírnos.
Ahora entiendo que este recorrido es, de alguna manera, la continuación de aquel discurso que mi hermano dio frente a sus seres queridos. Es su manera de agradecer la ciudad que ama y la oportunidad de seguir recorriéndola.
Quizás el día perfecto en Nueva York no exista y cada quien tenga que inventarse el suyo. Pero si algún día decido completar el de mi hermano, tengo clarísimas dos cosas: voy a disfrutarlo como si fuera el último y, por razones estrictamente relacionadas con la supervivencia, voy a compartir las pizzas.

Ericarol Carlo