¿Realmente existe la locura? El cerebro y su manera de construir la realidad
El especialista en Neurociencia Cognitiva Aplicada, Oom Blanco, plantea una reflexión sobre cómo el cerebro interpreta el mundo y por qué las alteraciones de la percepción y el pensamiento no deben confundirse con una pérdida de la dignidad humana

¿Qué entendemos realmente por locura? Aunque el término se ha utilizado durante siglos para describir comportamientos y experiencias que se apartan de lo considerado normal, su significado merece una revisión a la luz de los avances de la neurociencia y la psicología.
La afirmación de que "la locura no existe" puede resultar provocadora, ya que reza el dicho que "de loco, todos tenemos un poco".
Sin embargo, para el doctor Oom Blanco, especialista en Neurociencia Cognitiva Aplicada, no se trata de negar la existencia de los trastornos mentales, el sufrimiento psicológico ni las alteraciones de la percepción, el pensamiento, la memoria o la conducta.
Estos fenómenos constituyen realidades clínicas que pueden estudiarse, evaluarse y tratarse. Su planteamiento apunta a cuestionar el uso de la palabra "locura" como una etiqueta para definir a quienes experimentan una realidad diferente o presentan alteraciones en sus procesos cognitivos.
Para comprender esta perspectiva, Blanco invita a observar cómo funciona el cerebro. Lejos de ser una especie de cámara que registra fielmente todo lo que sucede a su alrededor, este órgano interpreta la información sensorial, anticipa acontecimientos, compara experiencias y construye hipótesis sobre el mundo a partir de los conocimientos adquiridos.
Esta capacidad de interpretación también puede verse alterada. En ese sentido, los investigadores Paul Fletcher y Chris Frith explicaron, en un artículo publicado en 2009 en la revista Nature Reviews Neuroscience, cómo las alteraciones en los procesos de inferencia y actualización de creencias pueden contribuir a explicar experiencias delirantes y alucinatorias.
Desde esta perspectiva, una persona puede experimentar una realidad profundamente diferente de la que perciben los demás, no necesariamente por una decisión consciente, sino debido a cambios en los mecanismos cerebrales que intervienen en la interpretación de su entorno.
Blanco advierte que comprender este proceso no significa validar como verdaderas todas las creencias que experimenta una persona ni restar importancia a sus síntomas. Por el contrario, supone reconocer que detrás de esas experiencias existe una condición que requiere comprensión, evaluación y, cuando corresponda, atención clínica.
Más allá del diagnóstico

El planteamiento también invita a revisar la manera en que la sociedad se relaciona con las personas que presentan trastornos mentales.
En lugar de limitarse a identificar aquello que consideran equivocado en su pensamiento o comportamiento, propone prestar atención a cómo se originan esas experiencias, qué significado tienen para quien las vive y cómo establecer vínculos que faciliten su comprensión.
La reflexión adquiere otra dimensión ante el avance del transhumanismo, una corriente que promueve el uso de la tecnología y la ciencia para ampliar las capacidades humanas y superar determinadas limitaciones biológicas y cognitivas.
Blanco cuestiona que estas aspiraciones puedan terminar asociando el valor de una persona con su capacidad para procesar información, responder a determinados estímulos o desenvolverse bajo parámetros de eficiencia.
En ese contexto, retoma una advertencia atribuida al papa León XIV en Magnifica Humanitas (2026, n.º 112), sobre el riesgo de convertir la eficiencia en una medida del valor humano.
La reflexión trasciende el ámbito religioso y plantea un desafío social: reconocer que las dificultades cognitivas o los trastornos mentales no disminuyen la dignidad de quienes los experimentan.

Mayra Pérez Castillo