VIDEO | Meryl Streep: La mujer de las mil caras
Un comentario del reconocido director, guionista y productor de cine cubano radicado en República Dominicana
ROLANDO DÍAZ
SANTO DOMINGO. Meryl Streep también es rockera. Con esta afirmación no creo que asombre a nadie. Pero si les queda alguna duda acérquense a cualquier sala de cine de la Ciudad a visionar Ricki and The Flash, título donde la camaleónica actriz interpreta, ataviada como hippie de los 70, varias memorables canciones de esa década y de las posteriores.
Desde que le dieron la oportunidad, gracias a su inmenso talento y ascendencia en la industria hollywodense, esta gran intérprete trabaja en múltiples personajes que con seguridad, alguna vez soñó ponerle rostro; por ello ha transitado ante nuestras miradas como la juvenil madre cincuentona de Mamma Mía, La inquebrantable Tatcher, La Cocinera Julia, o la casi alcohólica Violet de la formidable; Agosto....entre otras muchas caracterizaciones de genialidad indiscutible.
Envidio esa ventaja que tienen los actores, la de vivir muchas vidas. Nosotros, los que escribimos o ejecutamos sueños más o menos logrados desde detrás de la cámara (y no somos actores) no podemos realizarlos. Por eso me quedaré deseando eternamente haber sido alguna vez el Centerfield de los Industriales (mi equipo habanero de béisbol) o, ser el Paul Macarthy, de esa película sobre Los Beatles que sigue faltando, poniéndole voz a la inconmensurable Yesterday. Pero hablamos de Ricki and The Flash, no de mis frustraciones.
Y Ricki and The Flash, no es una buena película. No lo es porque le dedica demasiado tiempo a sus disfrutables canciones, tanto que llegan a romper la estructura dramática del film. Por ello no hago más que pensar en Diablo Cody, guionista de la película y de la memorable Juno (2007) y las tensiones que se pudieron haber generado entre ella y los productores. No me consta y no estoy escribiendo para una revista del corazón, así que sólo me detendré a aplicar la lógica de quien vio ante sus ojos la fuerza e ingeniosidad de Juno, y la complaciente y comercial mirada de Ricki and The Flash.
Por momentos la película se asume como un recital de Mery Streep que sin dudas, sobre todo si la estás mirando y no solo escuchando, te convence de su condición de rockera dura. La actriz, vestida a usanza de los 70, no deja de cantar en un bar de mala muerte donde asisten los típicos personajes que uno siempre ha visto en el cine norteamericano que desarrolla sus historias en los bordes de USA, grupo musical incluido. La acción se ve interrumpida por una llamada del exmarido de Rick que la obliga, literalmente, a visitar la Ciudad de Indianapolis para visitar a su hija que ha “enloquecido” porque el futuro marido la ha dejado por otra.
Durante su estancia la madre deja en el acomodado aire familiar, que contrasta de manera violenta con la atmósfera del bar de pueblo donde trabaja, la obvia necesidad que la hija tiene de su presencia. Pero luego de algunas escaramuzas dramáticas sin mucho calado, Rick debe retornar a su medio natural para continuar con su vida, es decir, con su música. Es aquí donde se produce el inevitable bache producto de la desmesurada cantidad de canciones, en ocasiones casi completas, que interpreta la Streep, hasta que hacia el final de la trama, inspirada por una buena acción de su pareja amorosa, aceptablemente representada por el rockero real Rick Springfield, regresa al escenario citadino, a la boda de otro de sus hijos para regalarnos el esperado happy end y deleitarnos nuevamente con la música.
Pero no está sólo en la cantidad de canciones lo que interpreto como debilidad estructural, sino también en el equivocado antecedente del relato que unió en un momento de sus vidas a la disparatada rockera con el soso burgués refinado que interpreta, sin penas ni glorias, Kevin Klane. Este es, desde mi punto de vista, el flanco más débil de una historia que, pudiendo haber hurgado en un conflicto digno de la solidez de la citada Agosto, toma el tono de un ‘dramedy’ ligero, que no salva ni el hecho de haber enfrentado a una madre irresponsable, con una hija carente de afecto. Por demás, interpretada por su verdadera hija Mamie Gummer.
Sé que los antecedentes de los personajes son cada vez más sugeridos y menos evidenciados en la dramaturgia contemporánea, pero de ahí a plantearnos que alguna vez hubo conciliación entre personajes tan dispares como los que interpretan Meryl Streep y Kevin Klane va un largo trecho. A mí me resulta absolutamente increíble el pasado de ese matrimonio que además tuvo tres hijos!!! Pienso en aquel memorable ensayo de Galvano Della Volpe, Lo verosímil fílmico, y me ayuda a clasificar esta acción dramática justo dentro de lo absolutamente inverosímil.
Pero es evidente que estoy hablando de la película que los productores no querían: Un posible drama intenso como otros a los que nos tiene acostumbrados la actriz. De ahí que me cuestione la simplicidad de la estructura planteada en la escritura de Diablo Cody (convertida en Ángel en la redacción de este guión) con happy end incluidos, y me haga suponer la disputa que imagino, o en su sustitución, la buena cantidad de dólares (acción perfectamente entendible) que llevo a su cartera. Me quedo con la segunda y reitero, válida opción.
Al fin y al cabo la película es lo que los productores se propusieron para ofrecerle al público; pasársela bien viendo a la Strepp cantando temas de Bruce Springsteen, Tom Petty o de la mísmisima Lady Gaga, y eso lo consigue... Aunque a medias. Así están los tiempos, no sólo para Meryl, sino inclusive para el lúcido Jonathan Demme, director del film.
Diario Libre
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