Cómo le dí vida a un puro
Cuando nos hacemos fanáticos de una cultura, de una actividad o de un hábito, debemos tener presente y conocer cada faceta de los mismos.

En mi búsqueda insaciable de experiencias e información sobre los puros, tuve la oportunidad de participar en el proceso de elaboración.
Antes de poner mis manos en los materiales que darían vida a toda una serie exclusiva de puros, hechos a mi gusto, escuché las informaciones de un experto capataz sobre el cultivo y la fermentación. Me explicó cómo se desarrollan los "seises mágicos" o los tres períodos de seis semanas en los cuales llegan las hojas de tabaco.
El primer período son las seis semanas requeridas para que la semilla germine antes de plantarlas; en el segundo, las plantas maduran; y en el último, se da el tiempo de la cosecha.
Luego me explicó en detalle el proceso de fermentación y sobre la forma y la función del "burro", que no es más que la forma que toma la hoja humedecida amontonada y cómo va "enjugándose", es decir, cómo va perdiendo esa humedad a medida que se aumenta la temperatura interior hasta los 58 grados Celsius, no sin antes pasar por numerosos "rompeburros y armaburros". Se deja fermentar por dieciocho meses promedio y hasta se puede llegar a diez años si se trata de puros muy selectos.
¡Después me tocó poner manos a la obra! Me colocaron sobre la mesa tres cajas de hojas de diferentes texturas y colores y me instruyeron sobre el tipo de cigarro que elaboraría.
Tomé las hojas en mis manos y las arrugué cuidadosamente, luego las coloqué sobre algo llamado "capote", hoja de tabaco elástica muy fina y lisa.
Habiendo colocado la tripa sobre el "capote" empecé a enrrollar hasta dar la forma característica de "tibulo" para cortarlo al tamaño que me habían ordenado.
Ya estábamos listos para llevar el "tibulo" al molde de madera que definiría su forma. Luego de una pausa, de más o menos una hora, lo saqué y procedí a encaparlo envolviéndolo en una hoja de aspecto elástico, sellando la cabeza con una gotas de un aceite vegetal pegajoso sin olor.
Me entusiasmé tanto que quise repetir una y otra vez el proceso, ya que cada cigarro que hacía engrosaría mi colección. Sin embargo, sólo pude hacer siete, ya que el cansancio me venció al no tener la experiencia artesanal que se requiere.
Mi emoción crecía al saber que dispondría de siete puros de elaboración exclusiva y hechos por mí, hasta que recibí la noticia de que les faltaba un proceso de suma importancia: el añejamiento.
Esta última etapa, por lo regular, toma 21 días y consiste en dejar que la tripa y la capa "se casen" y puedan compenetrar y afianzar sus respectivos sabores.
Mi espera valió la pena ya que tres semanas después recibí mis puros en una hermosa caja de madera de cedro, con anillas numeradas y grabadas con mi nombre.
El "torcido" de un puro es un proceso complicado que puede llevar muchas manipulaciones de la hoja antes de su culminación, por eso cuando vaya a encender un puro, deténgase antes a pensar un momento en la dedicación de los cultivadores, recolectores, fermentadores y torcedores; su placer será aún mayor si reconoce en el puro una verdadera obra de artesanía.
Antes de poner mis manos en los materiales que darían vida a toda una serie exclusiva de puros, hechos a mi gusto, escuché las informaciones de un experto capataz sobre el cultivo y la fermentación. Me explicó cómo se desarrollan los "seises mágicos" o los tres períodos de seis semanas en los cuales llegan las hojas de tabaco.
El primer período son las seis semanas requeridas para que la semilla germine antes de plantarlas; en el segundo, las plantas maduran; y en el último, se da el tiempo de la cosecha.
Luego me explicó en detalle el proceso de fermentación y sobre la forma y la función del "burro", que no es más que la forma que toma la hoja humedecida amontonada y cómo va "enjugándose", es decir, cómo va perdiendo esa humedad a medida que se aumenta la temperatura interior hasta los 58 grados Celsius, no sin antes pasar por numerosos "rompeburros y armaburros". Se deja fermentar por dieciocho meses promedio y hasta se puede llegar a diez años si se trata de puros muy selectos.
¡Después me tocó poner manos a la obra! Me colocaron sobre la mesa tres cajas de hojas de diferentes texturas y colores y me instruyeron sobre el tipo de cigarro que elaboraría.
Tomé las hojas en mis manos y las arrugué cuidadosamente, luego las coloqué sobre algo llamado "capote", hoja de tabaco elástica muy fina y lisa.
Habiendo colocado la tripa sobre el "capote" empecé a enrrollar hasta dar la forma característica de "tibulo" para cortarlo al tamaño que me habían ordenado.
Ya estábamos listos para llevar el "tibulo" al molde de madera que definiría su forma. Luego de una pausa, de más o menos una hora, lo saqué y procedí a encaparlo envolviéndolo en una hoja de aspecto elástico, sellando la cabeza con una gotas de un aceite vegetal pegajoso sin olor.
Me entusiasmé tanto que quise repetir una y otra vez el proceso, ya que cada cigarro que hacía engrosaría mi colección. Sin embargo, sólo pude hacer siete, ya que el cansancio me venció al no tener la experiencia artesanal que se requiere.
Mi emoción crecía al saber que dispondría de siete puros de elaboración exclusiva y hechos por mí, hasta que recibí la noticia de que les faltaba un proceso de suma importancia: el añejamiento.
Esta última etapa, por lo regular, toma 21 días y consiste en dejar que la tripa y la capa "se casen" y puedan compenetrar y afianzar sus respectivos sabores.
Mi espera valió la pena ya que tres semanas después recibí mis puros en una hermosa caja de madera de cedro, con anillas numeradas y grabadas con mi nombre.
El "torcido" de un puro es un proceso complicado que puede llevar muchas manipulaciones de la hoja antes de su culminación, por eso cuando vaya a encender un puro, deténgase antes a pensar un momento en la dedicación de los cultivadores, recolectores, fermentadores y torcedores; su placer será aún mayor si reconoce en el puro una verdadera obra de artesanía.
Diario Libre
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