Cofresí: Celuloide al sol
Me gusta la sonoridad de ese nombre. Tal vez sea porque me evoca a piratas con "patas de palo y parches en el ojo", con loros y jarras de ron.

Lo de la asociación puede venir por aquello de "Cofre..." ya que los piratas siempre andaban buscando tesoros escondidos dentro de esos recipientes.
Encontrarse con un lugar mágico como este debió de ser toda una recompensa, más valiosa que cualquier botín de esos que contenían las joyas de las damas españolas de la colonia.
Soy un ser urbano. Me autodefino como hombre de asfalto, de cemento, de atascos y de humo, de aceras superpobladas y de calles donde haya muchas salas de cine, muchas librerías y muchos letreros de neón.
No puedo negar, sin embargo, el efecto que me produce abrir la puerta y salir al balcón en la habitación 30222 del Sun Village Ressort.
Aquello, en mis oídos, va acompañado de música, de un concierto tocado por docenas de músicos con todos los instrumentos.
Y es que la naturaleza explota a pleno sol. Todo se combina: el verde de las palmeras, el azul del mar, la luminosidad de ese cielo que no está allá arriba sino aquí abajo porque no se puede pedir más belleza ni más paz ni mayor felicidad. Adiós al estrés.
El celular, junto a la cartera, las tarjetas de crédito y las posesiones de algún valor, se ha quedado encerrado en la caja fuerte del closet.
Déjalo que suene y suene. Deja que se cansen de llamarte y, si alguna vez, coincide que abres la caja para buscar dinero por si te decides ir a ver a los delfines en el Ocean Park y suena el aparatito, al contestar no te encuentras con algo molestoso sino con la voz siempre amable de Freddy Ginebra que te llama para felicitarte por tu artículo acerca de Oviedo.
Eso me hace sentir bien aunque no responda a otra llamada con la excepción de otra que me hace Soledad Álvarez en busca de datos sobre "Fahrenheit 451".
Bien. Estamos en el cielo, en un cielo de ángeles gordos porque aquí nadie puede parar de comer y comer.
Las tentaciones son tan fuertes que harían sucumbir al mismísimo Gandhi en el día en el que tuviera las más firmes convicciones de protesta pacífica durante su huelga de hambre.
El buffet le haría relamerse los dedos a Trimalción. El restaurante "Mediterráneo" le fascinaría a Pantagruel.
Y aún quedan más, muchos más, el "Thai" y el mejicano.
Pero, se supone, yo vine a ver películas invitado por Derek Elliott y su grupo. Yo estoy aquí para asistir al Dominican Republic Internacional Film Festival, a participar en un panel, a otras cosas.
Aunque, la verdad sea dicha, todo se puede hacer. La arena, el salitre, los juegos de futbolín, el spa, los tragos, todo se puede combinar con el celuloide, con las películas que, en los diferentes salones, se están exhibiendo desde por la mañana hasta por la noche.
Es un festival atípico, "sui generis" si se quiere, pero es el festival más agradable del mundo ya que te codeas con las celebridades en pleno lobby y hablas con ellas de cualquier cosa mientras te tomas el cuarto "Margarita" preparado con todas las de la ley.
Así a cualquiera le gusta el cine. Si el Hollywood clásico estaba poblado por dioses y diosas, esto es el Olimpo.
Encontrarse con un lugar mágico como este debió de ser toda una recompensa, más valiosa que cualquier botín de esos que contenían las joyas de las damas españolas de la colonia.
Soy un ser urbano. Me autodefino como hombre de asfalto, de cemento, de atascos y de humo, de aceras superpobladas y de calles donde haya muchas salas de cine, muchas librerías y muchos letreros de neón.
No puedo negar, sin embargo, el efecto que me produce abrir la puerta y salir al balcón en la habitación 30222 del Sun Village Ressort.
Aquello, en mis oídos, va acompañado de música, de un concierto tocado por docenas de músicos con todos los instrumentos.
Y es que la naturaleza explota a pleno sol. Todo se combina: el verde de las palmeras, el azul del mar, la luminosidad de ese cielo que no está allá arriba sino aquí abajo porque no se puede pedir más belleza ni más paz ni mayor felicidad. Adiós al estrés.
El celular, junto a la cartera, las tarjetas de crédito y las posesiones de algún valor, se ha quedado encerrado en la caja fuerte del closet.
Déjalo que suene y suene. Deja que se cansen de llamarte y, si alguna vez, coincide que abres la caja para buscar dinero por si te decides ir a ver a los delfines en el Ocean Park y suena el aparatito, al contestar no te encuentras con algo molestoso sino con la voz siempre amable de Freddy Ginebra que te llama para felicitarte por tu artículo acerca de Oviedo.
Eso me hace sentir bien aunque no responda a otra llamada con la excepción de otra que me hace Soledad Álvarez en busca de datos sobre "Fahrenheit 451".
Bien. Estamos en el cielo, en un cielo de ángeles gordos porque aquí nadie puede parar de comer y comer.
Las tentaciones son tan fuertes que harían sucumbir al mismísimo Gandhi en el día en el que tuviera las más firmes convicciones de protesta pacífica durante su huelga de hambre.
El buffet le haría relamerse los dedos a Trimalción. El restaurante "Mediterráneo" le fascinaría a Pantagruel.
Y aún quedan más, muchos más, el "Thai" y el mejicano.
Pero, se supone, yo vine a ver películas invitado por Derek Elliott y su grupo. Yo estoy aquí para asistir al Dominican Republic Internacional Film Festival, a participar en un panel, a otras cosas.
Aunque, la verdad sea dicha, todo se puede hacer. La arena, el salitre, los juegos de futbolín, el spa, los tragos, todo se puede combinar con el celuloide, con las películas que, en los diferentes salones, se están exhibiendo desde por la mañana hasta por la noche.
Es un festival atípico, "sui generis" si se quiere, pero es el festival más agradable del mundo ya que te codeas con las celebridades en pleno lobby y hablas con ellas de cualquier cosa mientras te tomas el cuarto "Margarita" preparado con todas las de la ley.
Así a cualquiera le gusta el cine. Si el Hollywood clásico estaba poblado por dioses y diosas, esto es el Olimpo.
Diario Libre
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