Querido Hermano Agustín
Este hermano lasallista, era un hombre menudo, de mirada franca y siempre curiosa, de sonrisa fácil

Querido Hermano Agustín:
Esto intenta ser una carta, pero no de despedida. Aunque dejara este plano, su esencia se queda en los corazones de tantas vidas que tocó. Gente como el Hno. Agustín no mueren nunca.
Creo que voy a dejarla como una crónica de recuerdos, plagada de agradecimiento y notas personales. Así es más fácil, porque a este punto, se me han aguado las puntas de los dedos con los que digito.
Su muerte no nos llegó por sorpresa. Otros hermanos De La Salle se encargaban de remitir un parte diario de la evolución de su salud y sabíamos que iba empeorando paulatinamente. Aun así, la certeza de su muerte nos golpeó en el pecho. Después de unos días en cuidados intensivos y tras agotar los procedimientos médicos, el Hermano Agustín Enciso, de la congregación de los Hermanos de La Salle, falleció lleno de años, más de 90, dejando una estela de cariño que trasciende fronteras y generaciones.
Los lasallistas de Santiago y de otras partes del país tienen un grato recuerdo del Hno. Agustín. Era un hombre menudo, de mirada franca y siempre curiosa, de sonrisa fácil. Caminaba despacio, tratando de que ningún detalle le pasara desapercibido.
Amaba a Dios, la naturaleza, y enseñar y aprender todos los días. Fue Scout muchos años, orgulloso de serlo. También era astrónomo, biólogo y físico aficionado. Nada humano le era ajeno, pero si algo cuidaba, si algo le era sagrado, era el corazón de sus alumnos. Procuraba educar y sanar con la palabra.
Oriundo de Cuba, a los 20 años tomó sus primeros votos de una vida pletórica dedicada a la enseñanza y a la juventud. El Hermano Agustín fue profesor de varias generaciones de alumnos de todos los estratos sociales. Tuve el privilegio de tenerlo como maestro en el Colegio De La Salle en Santiago. Sus clases siempre eran divertidas, aunque el tema fuera aburrido. Cuando hablaba de los insectos, de células o de planetas, sus ojos brillaban y no paraba de sonreír. Para él, no había divorcio entre ciencia y fe. La naturaleza respondía a su Creador.
Trataba a sus alumnos como individuos y los respetaba. De muchos conocía sus carencias afectivas y problemas familiares y se mantenía cercano, sin entrometerse. A pesar de que era religioso, se podían tratar en confianza todos los temas, sin tabúes. De él emanaba un aura de compasión que invitaba a la confidencia.
En una ocasión hice algo que no era correcto, él lo supo. Solo tuvo que mirarme para que yo intuyera el dolor en sus ojos. Claramente le había fallado, pero de sus labios no salió una sola palabra para condenarme. Me le acerqué para explicarle y me interrumpió. No le interesaban los detalles, solo saber si había comprendido el error para no repetirlo. Cuando le dije que sí, me abrazó y me dijo que todo estaba olvidado. Fue una preciosa lección de vida que nunca olvidé.
Ya retirado de las aulas, siempre se mantuvo presente. Impresionaba la cantidad de alumnos que se mantenían visitándolo. Con muchos mantenía una continua correspondencia y comunicación. Con una memoria excepcional, lograba recordar nombres, ocasiones y motivos. Repartía abrazos y siempre tenía un consejo o una exhortación que compartir.
En navidades, y como era su costumbre, uno de nuestros compañeros fue a visitarlo y a llevarle un ponche que prometió degustar esa misma noche. Aprovechó y le pidió al Hermano Agustín que enviara un mensaje para sus alumnos de la promoción 89. Su voz se escuchaba juvenil y rezumaba el mismo cariño de siempre. Sus palabras nos recordaron la razón de la navidad y el inmenso amor de Dios por nosotros. Fueron las últimas palabras que escuchamos de sus labios. ¡Qué hermosa forma de despedirse!
El hermano Agustín partió de este mundo como vivió, con sencillez ni estridencias. Sin herencia ni posesiones materiales, su mayor riqueza la recibió en vida. Disfrutó sin mezquindad el cariño, el respeto y la admiración de cientos de personas cuyas vidas fueron impactadas por la suya. Un hombre sencillo, curioso, amable y compasivo que honró su vocación y su llamado hasta el ultimo día. Un hombre al que me honra llamar maestro.
¡Hasta pronto, querido Hermano Agustín! Sus alumnos lo despiden con amor y un abrazo rompe costillas como los que daba.
Himilce A. Tejada