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Un millón de pesos y un café

Estoy seguro de que los milagros tienen su propio tiempo

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Un millón de pesos y un café
Admiramos el paisaje camino de Samaná y paramos a tomar un café. (LUIGGY MORALES)

Soy un hombre que cree en los milagros, no me avergüenza decirlo, pero estoy seguro de que los milagros tienen su propio tiempo. Voy en mi carro a llevar a dos jóvenes colombianos que presentaron en Casa de Teatro un monólogo extraordinario, y ¿por qué haces esto?, me preguntó Diana, la actriz. No descansas. Lo hago porque además de disfrutar de la Casa de Teatro, quiero que se lleven algo de la belleza de mi país, y Samaná reúne eso y más. Dormiremos una noche, nos bañaremos en el mar, comeremos con unos amigos, cenaremos en algún restaurancito del pueblo y nos pasaremos el día a sol y mar, contemplando parte de esta isla que espero los enamore.

Vamos en el carro, ponemos a Víctor Víctor en la radio, luego les presento a Sonia y así van desfilando todos los hijos de la Casa de quienes siempre estoy orgulloso. Desde que comenzamos a caminar, Nico no para de admirarse del paisaje, que si las grandes palmas, que las montañas cortadas… Es pura fiesta en el carro, nosotros tres, yo como un abuelo y sus nietos importados, hablamos de teatro, de amigos comunes. Quiero quedarme, me dice Diana, este país me tiene enloquecida, Nico la abraza, son melosos y cariñosos y pareja desde hace ya unos pocos años. Me tengo que tomar un café les digo, y ofrezco uno, y de paso, pasar por el baño. Los ancianos tenemos ese defecto, necesitamos un baño cerca para no pasar vergüenza. Ellos ríen, Diana me da un beso en la mano, Nico me aprieta fuerte con un abrazo. Me parqueo en la primera estación de gasolina que encuentro y les digo: vayan pidiendo un café expresso para mí que regreso al instante, lo mío es rápido.

Salgo del baño y ya mi café está en el mostrador; ellos beben el suyo. Un señor delante de mí me parece conocido. Lo miro detenidamente, pero aún no logro recordar su nombre. Claro, es amigo, pero con tantos años de ausencia ha cambiado algo. Él siente mi mirada y se voltea y sonríe, es mi amigo, ahora estoy seguro, pero aún no adivino su nombre, lo abrazo con inmenso cariño y recibo la misma respuesta. ¡Freddy, qué casualidad verte! ¡Hace un año que estoy pensando en ti! Abro los ojos asombrado. ¡Quiero darte un millón de pesos para tu Casa de Teatro!, me dice seriamente. Mi carcajada explota, ¡hay tanta gente que me dice lo mismo! Agradezco su intención, él se pone serio y ratifica: ¡No estoy bromeando! Chequeo el reloj, son las 8:36 am, muy temprano para estar bebiendo. ¿Muy buen chiste o supo de mi necesidad?¿Lo buscas o te lo llevo? No sé qué hacer, estoy nervioso me tiemblan las manos, él mirándome seriamente me dice que no es juego y como si me hubiera dicho ¡buenos días! esboza una amplia sonrisa. Yo, aún en silencio sin saber qué hacer. Llega su esposa, la beso atortojado y siento que se me humedecen los ojos, ¿estaré soñando? Tengo miedo a hacer el ridículo, me despido rápido sin saber qué decir.

-¿Oyeron lo que él me dijo? -les pregunto a los colombianos.

-¡Síiii! ¡La verdad que ustedes los dominicanos son espléndidos!

Flotando, llegué a la playa. El lunes temprano tenía el cheque de un millón de pesos en mis manos. ¡¡¡Ha sido el mejor café de mi vidaaaaaa!!!

Ando buscando más estaciones de gasolina donde vendan café. ¡Nadie sabe!

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Freddy Ginebra Giudicelli es un contador de anécdotas cuyo mayor deseo es contagiar su alegría y llenar de esperanza a todos aquellos que leen sus entrañables historias.