Fin de año y las metas que no cumplí
Tal vez la meta no sea hacer más, sino vivir mejor, aunque eso no siempre luzca tan atractivo en redes sociales

Se acabó el 2025. Otra vez nos invaden los mensajes de buenos deseos y prosperidad, y vuelve esa sensación conocida de que todo será posible, de que podemos organizar la vida y estructurar los próximos doce meses como si se de la programación de estrenos de Netflix se tratara.
Todo planificado, todo bajo control, todo en perfecto orden.
Se ponen de moda los tableros de visión y, muchas veces, los construimos sin detenernos a observar con honestidad cuáles son las pautas reales de nuestra vida actual.
Vuelve a aparecer en el programa el cuerpo de gimnasio, los estudios pendientes, el viaje perfecto, aprender un nuevo idioma y, por supuesto, la promesa de "no postergarme más".
Revisar las metas

Revisamos entonces la lista de metas de diciembre de 2024 y, casi sin darnos cuenta, tenemos argumentos muy bien estructurados para explicar por qué se quedaron en el camino. Falta de tiempo, cansancio, prioridades que cambiaron, circunstancias que no estaban bajo nuestro control.
Y aunque muchas de esas razones son válidas, pocas veces nos detenemos a revisar si aquellas metas eran realmente nuestras.
Este año quiero invitarte a hacer algo distinto, atrévete a mirar hacia dentro antes de escribir cualquier meta.
Antes de pensar en lo que está de moda o en lo que socialmente se considera "estar mejor", pregúntate con honestidad: ¿esto es algo que realmente quiero lograr?, ¿voy a poder sostenerlo en el tiempo?, ¿me edifica?, ¿estoy en un punto de mi vida en el que lo necesito?
Porque muchas veces perseguimos objetivos que no nacen de nuestras necesidades reales, sino de comparaciones silenciosas, de expectativas externas o de la idea de que "debería querer esto", "debería tener aquello a esta edad".
Meta 2026: vivir mejor
Y cuando las metas no conectan con lo que somos hoy, lo más probable es que se abandonen antes de mitad de año, dejando detrás una sensación innecesaria de fracaso.
¿Qué tal si cambiamos el cuerpo de gimnasio por un cuerpo sano? ¿Si ese nuevo idioma se transforma en aprender a tocar un instrumento, en mover el cuerpo con más libertad o en dormir mejor?
Tal vez la meta no sea hacer más, sino vivir mejor, aunque eso no siempre luzca tan atractivo en redes sociales.
También es importante recordar que una meta mal planteada suele ser una meta incumplida. No basta con desearla: necesita tiempo, forma y pequeños pasos concretos que nos acerquen a ella.
Roma no se construyó en un día, y nuestra vida tampoco se transforma de golpe con una lista escrita el 31 de diciembre. Los cambios reales suelen ser silenciosos, progresivos y profundamente humanos.
Cuando las metas se crean desde el conocimiento y la aceptación personal, todo cambia. Ya no se trata de cumplir una estructura rígida como si fuera el horario escolar, sino de tener una guía flexible que nos recuerde qué áreas de nuestra vida queremos mejorar para sentirnos más en coherencia con nosotros mismos.
Y, sobre todo, ojalá este cierre de año nos invite a ser más amables con nuestra propia historia. Lo que no se logró puede moverse al año siguiente, pero con la conciencia tranquila de que algo se trabajó, algo se intentó, algo se construyó y aprendió.
Porque crecer no siempre es avanzar rápido, a veces es simplemente seguir caminando con más conciencia y menos culpa.
Deja que tu mente hable en voz alta.

Linandra Javier