El humus literario de Diego Pérez Ordóñez
El escritor y abogado se considera un ensayista, alguien que siembra una idea y la deja respirar, un cabo suelto que nunca termina de cerrarse

Diego Pérez Ordóñez camina el mundo con atención. Antes que escritor y abogado, se considera un observador.
Aprendió su oficio en la lectura y también en ese gesto antiguo de andar y ver: detenerse ante un detalle mínimo, una conversación que se abre en una sobremesa, una memoria compartida. Allí se alimenta todo.
Piensa el Derecho como un calidoscopio, un oficio que exige escribir y escuchar, pues nada es completamente exacto. En la literatura ocurre lo mismo: la verdad nunca es absoluta.
Ambas disciplinas comparten la necesidad de oír el matiz y aceptar que no hay certezas. Esa convivencia sin jerarquías sostiene su forma de estar en el mundo.
Creció en un ambiente donde la conversación era el verdadero lujo. En ese lugar aprendió lo que él llama el arte de la conversación pasiva: escuchar sin prisa, dejar espacio, no competir por la palabra.
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Esa forma de atención atraviesa también su escritura. Se declara enamorado del español, de su música, su elasticidad y su capacidad para bordear una idea hasta encontrar la palabra posible.
Lee en voz alta para escuchar cómo respira una frase. Más que la pasión, lo mueve la obsesión por la belleza que el lenguaje puede revelar cuando se trabaja con paciencia.

Pérez Ordóñez es articulista desde hace años en distintos medios. Esos textos —publicados en páginas de opinión y reunidos en un blog personal— encontraron después forma de libro.
Así nació Cabaret Montaigne (2022), un guiño a Michel de Montaigne, que reúne breves ensayos sobre sus obsesiones constantes: la música, la literatura y los lugares que han marcado su memoria.
En Los extravagantes (2025) aparece su interés por el claroscuro: personajes excéntricos, desbordados, llenos de contradicciones.
No busca biografías ejemplares; busca una luz oblicua, la grieta donde algo humano queda expuesto sin solemnidad. Dice que escribir perfiles es armar un rompecabezas con piezas que nunca encajan del todo, y aceptar esa incompletud es parte del oficio.
Se considera un ensayista, alguien que siembra una idea y la deja respirar, un cabo suelto que nunca termina de cerrarse. Al final, todo vuelve al mismo gesto inicial: escuchar antes de escribir y mirar antes de decir. De esos materiales está hecho su humus literario.

Jarouska Cocco