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La tragedia en Venezuela nos recordó que la vida es ahora

La mayor lección que nos deja una catástrofe de esta envergadura es la fragilidad de la vida misma

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La tragedia en Venezuela nos recordó que la vida es ahora
Con frecuencia, el ritmo diario y las ambiciones profesionales provocan que descuidemos a nuestros seres queridos, ofreciéndoles solo nuestro cansancio. (FUENTE EXTERNA)

Creemos que siempre habrá tiempo mañana. Hace apenas unos días, miles de personas en Venezuela se acostaron pensando que al día siguiente seguirían con su rutina. Algunos habían dejado una conversación para más tarde.

Otros pensaban visitar a un familiar el fin de semana, terminar un proyecto o simplemente volver a casa después del trabajo. Pero en cuestión de segundos, un terremoto les recordó una verdad que preferimos olvidar: la vida puede cambiar sin previo aviso.

No necesitamos vivir una catástrofe para perder de vista lo que realmente importa. Nos pasa todos los días.

Vivimos ocupados, corriendo de un compromiso a otro, respondiendo mensajes, revisando el teléfono, persiguiendo metas y resolviendo problemas.

Y cuando por fin llegamos a casa, quienes más amamos reciben lo que nos queda: el cansancio, la impaciencia, el mal humor, el silencio y la atención que no les dimos durante el día. Les prometemos: "después hablamos", "el fin de semana salimos", "cuando tenga más tiempo".

Nos preocupamos tanto por darle una buena vida a quienes amamos, que a veces olvidamos darles lo único que nunca podremos recuperar: nuestra presencia.

Una de las frases que más escucho en consulta la dicen quienes ya perdieron a alguien que amaban: "Ojalá hubiera pasado más tiempo con él", "Nunca imaginé que esa sería nuestra última conversación" o "Pensé que todavía tendríamos tiempo para arreglar las cosas".

Es curioso que damos por sentado lo único que nunca hemos tenido garantizado: el mañana.

Vivir el presente

Esto no significa que debemos vivir con miedo, ni pensar constantemente en la muerte. Significa vivir con intención. Decir "te quiero" mientras la persona puede escucharlo. Pedir perdón antes de que el orgullo levante un muro demasiado alto.

Apagar el teléfono para prestar atención. Abrazar a los hijos sin mirar el reloj. Visitar a nuestros padres sin esperar una fecha especial. Orar sin tener que estar enfermo. Cuidar el matrimonio antes de que la distancia emocional nos convierta en extraños.

Las relaciones no suelen romperse de un día para otro. Se desgastan en pequeños descuidos diarios. En conversaciones aplazadas. En abrazos que nunca dimos. En personas que asumimos que siempre estarían ahí.

Quizá la mayor lección que nos deja una tragedia es la fragilidad de la vida misma. Nos recuerda que ningún trabajo, ninguna cuenta pendiente y ningún éxito profesional reemplazarán el tiempo que dejamos de compartir con quienes amamos.

La vida es ahora. No cuando termine este proyecto, no cuando haya más dinero, no cuando los hijos crezcan ni cuando llegue el próximo fin de semana.

Porque el mejor momento para amar, para escuchar a Dios, para reconciliarse, para llamar, para abrazar y para estar presente nunca ha sido mañana. Siempre ha sido hoy. El único día que tenemos seguro.

 

 

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Psicóloga clínica y terapeuta familiar y de pareja. Directora del Centro de Sanidad Emocional y Psicoterapia. Contacto de consulta: 809-848-7008