Enriquillo Amiama, su boda con el arte
El estudiante de matemáticas que decidió conquistar la pintura

Enriquillo Amiama presentó su primera muestra individual en 1984 e hizo correr la voz de que el día de la inauguración celebraría su boda. Llegó a la galería vestido de esmoquin, acompañado por una modelo con traje de novia.
Bajo un arco de flores, uno de sus cómplices proclamó la llegada de los novios. El catálogo de la exposición revelaba el montaje, pero muchos creyeron estar asistiendo a una boda verdadera. Con aquel performance, Enriquillo se casó con el arte.
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La muestra se tituló Buscando mundos apacibles. Con ella, Amiama quería convencer a su padre y comprobar por sí mismo que podía vivir de la pintura. Vendió doce de las diecinueve obras expuestas. Apenas cuatro años antes había ingresado en la Escuela Nacional de Bellas Artes con la calificación mínima.
Su expediente escolar apuntaba hacia un rumbo muy distinto. Se graduó del colegio con el mejor promedio del bachillerato y rechazó una beca para estudiar Ingeniería en Estados Unidos. Paradójicamente, Dibujo figuraba entre las pocas asignaturas en las que no le iba tan bien.
Aun así, a los catorce años ya había decidido ser pintor. Su razonamiento era sencillo. Si podía resolver cualquier problema de álgebra o trigonometría, también podía aprender a pintar.
Aquella vocación obstinada encontró en su madre un impulso decisivo. Ella misma había querido ser escultora y emprendió con él lo que Amiama recuerda como «una campaña ideológica». Le regalaba acuarelas, témperas, lápices de colores, libros para colorear y un caballete.
Al verlo en desuso, le advirtió que lo regalaría. Fue entonces cuando Enriquillo improvisó un lienzo con una sábana vieja sobre un cartón y recreó una fotografía en la que aparecía en brazos de su madre. Así nació su primer cuadro.
En el lenguaje pictórico de Amiama confluyen el fotorrealismo, el hiperrealismo y el expresionismo. En sus primeras obras, cubría con sábanas a sus modelos y transformaba los contornos de sus cuerpos en colinas y paisajes.
En esas composiciones, los mangos dispuestos en pareja funcionaban como símbolos eróticos. Con el tiempo incorporó la abstracción, las letras y elementos del pop art. Su pintura comparte su inquietud y su curiosidad y, como él, continúa evolucionando.
La docencia ha acompañado buena parte de su carrera artística. Después de catorce años alejado de las aulas, sus hijos lo animaron a regresar.
Así nació El jardín del color, un espacio donde ofrece a sus estudiantes los atajos que él tardó años en descubrir, sin imponerles estilos ni técnicas. Allí observa sus inclinaciones y los ayuda a fortalecer un estilo propio.
Quizá esa sea otra manera de renovar sus votos con el arte, cultivando en otros la confianza necesaria para expresarse con libertad.

Jarouska Cocco