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Redes Sociales

¿No te has sentido a millón?

La autoexigencia, las redes sociales y la obsesión por aprovechar cada minuto nos están haciendo olvidar algo esencial: también necesitamos tiempo para disfrutar de la vida

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¿No te has sentido a millón?
No siempre necesitamos organizarnos mejor ni hacer más cosas. A veces, recuperar el bienestar emocional comienza por revisar nuestras prioridades y aprender a bajar el ritmo. (SHUTTERSTOCK)

Estos días no ha habido columna. La verdad, sin mayores explicaciones, me consumió el día a día. Pensaba escribir sobre lo maravilloso y complicadísimo que resulta crecer, pero creo que ya tienen bastante clara la idea. A veces, simplemente sostenerse puede convertirse en una tarea bastante cuesta arriba.

El asunto es que, en mis intentos por cumplir con todos los pendientes, me vi en la necesidad de priorizar y dejar algunas cosas para después. Evidentemente, no les atiné a todas, porque escribir es algo que disfruto muchísimo.

Entonces, tratando de ser responsable y organizar mejor mi tiempo, terminé dejando de lado una de las actividades que más me llenan, me completan y me ayudan a gestionar el estrés. Irónico, ¿no?

Autoexigencia personal

Y es que parece que últimamente tenemos una lista interminable de cosas que debemos hacer para sentir que estamos viviendo correctamente.

Ser productivos, cumplir con los pendientes, comer saludable, ejercitarnos, sacar tiempo para la familia y los amigos, buscar pareja o dedicarle tiempo a la que tenemos, avanzar profesionalmente, hacer algo bueno por el planeta, reservar espacios para uno mismo, estar presentes, nutrir la mente, leer un libro y, por supuesto, dormir las ocho horas reglamentarias.

Mientras tanto, las redes sociales nos bombardean con personas que se despiertan a las cuatro de la mañana y, para las siete, ya estudiaron, hicieron ejercicio, limpiaron la casa, salvaron tres gatitos y resolvieron algún asunto de relevancia mundial.

Uno todavía está tratando de decidir si desayuna o se baña primero, y ya siente que lleva medio día de retraso.

Entonces andamos a prisa, como si se nos estuviera acabando el tiempo para llegar a un lugar que ni siquiera tenemos muy claro. Y en esa carrera comenzamos a perder la capacidad de disfrutar el camino que nosotros mismos decidimos recorrer.

Nos acostumbramos a medir el valor de nuestros días por la cantidad de tareas completadas, confundiendo estar ocupados con avanzar. A veces seguimos caminando el sendero de otros, intentando alcanzar una versión de éxito que nunca nos detuvimos a cuestionar si realmente nos pertenece.

Desde la psicología, la autoexigencia no es necesariamente negativa. Puede impulsarnos a crecer, desarrollar disciplina y alcanzar objetivos importantes. El problema aparece cuando dejamos de utilizarla como una herramienta y comenzamos a convertirla en una medida de nuestro valor personal.

Cuando descansar nos genera culpa, cuando sentimos que siempre deberíamos estar haciendo algo más y cuando incluso las actividades que antes disfrutábamos terminan convirtiéndose en otra tarea pendiente.

Por eso, la pregunta que quiero plantearte hoy es: ¿para qué?

Verás, existe una diferencia importante entre decir «estoy en este trabajo porque tengo que mantener a mis hijos» y «estoy en este trabajo porque quiero ofrecerles a mis hijos una mejor calidad de vida y mayores oportunidades».

Aunque ambas afirmaciones pueden describir exactamente la misma responsabilidad, la segunda nos invita a conectar con el propósito que hay detrás del esfuerzo.

Ya no hablamos únicamente de cumplir con un horario o generar ingresos, también hablamos del tiempo que compartimos con ellos, del ejemplo que les ofrecemos y de la vida que queremos construir juntos.

Y, por supuesto, este ejemplo no se limita a quienes tienen hijos. Llévalo a tu propia realidad. ¿Para qué estás haciendo lo que haces? ¿Qué tanto necesitas parecerte a ese ideal que te venden en redes sociales?

¿Cuánto de lo que persigues responde a tus necesidades y cuánto nace de la sensación de que deberías estar haciendo más?

Porque también habría que preguntarnos cuántas veces tuvo que grabarse la persona que nos muestra su maravillosa rutina de las cuatro de la mañana, preparando un matcha con leche de almendras, haciendo yoga y leyendo un libro de desarrollo personal antes de salir a trabajar.

Y que conste que no hay nada de malo en ello, si es una rutina que realmente disfruta y puede sostener. El problema comienza cuando convertimos la vida de otros en el parámetro con el que evaluamos la nuestra, olvidando que detrás de cada pantalla existen circunstancias, recursos y responsabilidades completamente diferentes.

Últimamente siento que le estamos metiendo muchísimo estrés a la idea de desestresarnos. Hemos convertido el autocuidado en otra exigencia y la búsqueda de estabilidad emocional en una especie de competencia por demostrar quién tiene la vida mejor organizada.

Como si para estar bien necesitáramos cumplir religiosamente con una rutina de bienestar, hacer ejercicio todos los días, meditar, alimentarnos perfectamente y, además, mantener una actitud positiva frente a cualquier adversidad. ¡Qué agotamiento!

¿Y si simplemente bajamos el ritmo?

Pienso en cómo eran algunas cosas antes. En los años noventa, por ejemplo, había que esperar hasta la semana siguiente para ver un nuevo episodio de nuestra serie favorita. Si queríamos buscar algo de beber, aprovechábamos los comerciales y, mientras veíamos televisión, generalmente eso era lo que hacíamos: ver televisión.

No estábamos contestando mensajes, revisando correos y buscando qué otra cosa productiva podíamos hacer durante los siguientes veinte minutos. Hoy tenemos la posibilidad de consumir una temporada completa en una noche y, aun así, sentimos que no nos alcanza el tiempo para nada.

No pretendo romantizar el pasado ni negar las maravillosas posibilidades que nos ofrece la tecnología. Lo que me interesa es que reflexionemos sobre nuestra relación con el tiempo.

Hemos normalizado tanto la estimulación constante y la necesidad de aprovechar cada minuto que, cuando finalmente tenemos un espacio libre, muchas veces no sabemos qué hacer con él. Y entonces buscamos otra tarea, otro compromiso o alguna actividad que nos permita sentir que no estamos desperdiciando el día.

Quizá lo que necesitas hoy no es organizar mejor tu agenda, levantarte más temprano o añadir otra actividad a tu rutina. Tal vez necesitas detenerte, revisar tus prioridades y reconocer qué cosas estás sacrificando en nombre de una productividad que, paradójicamente, te está alejando de aquello que te hace sentir bien.

Y si esta semana no llegaste a todo, si dejaste algo pendiente o si tuviste que elegir entre cumplir con otra tarea y regalarte un momento de tranquilidad, recuerda que tu vida no es una lista de pendientes que debes completar para merecer disfrutarla.

A veces, avanzar también significa detenerse lo suficiente para recordar hacia dónde querías ir.

Deja que tu mente hable en voz alta.

TEMAS -

 Diseñadora, Psicóloga, especialista en intervención en crisis y traumas, manejo de estrés y ansiedad. Especialista en Gestión integral de riesgos de desastres.