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literatura medieval
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El amor es una digestión medieval y la poesía de Guy De Coucy

Durante unos 350 años, la poesía europea tuvo muy presente el canibalismo como acto de castigo y venganza

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El amor es una digestión medieval y la poesía de Guy De Coucy
En la crítica de la literatura medieval existe lo que se conoce como "el motivo del corazón comido". (IMAGEN GENERADA CON CHATGPT)

En el siglo XIII, el poeta lírico francés Jkemes escribió El romance del conde de Châtelain y la dama de Fayel.

El poeta, a quien posteriormente se ha identificado con un trovador de la corte de Roberto de Artois llamado Jacques de Baisieux, solía componer textos picarescos, en cierto modo burlones y con un humor cercano a lo turbio.

El romance cuenta la leyenda en torno al châtelain de Coucy y la dama de Fayel. Guy de Coucy era un noble que solía escribir poesía lírica. Según se cuenta, partió a pelear en la Cuarta Cruzada, donde murió hacia 1203.

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Guy de Coucy tenía muchísimo poder y riquezas. Los historiadores lo describen como un señor feudal que, aunque era vasallo del rey, tenía mucha autonomía. Un dato llamativo es que Coucy fuera tan poderoso y buen poeta.

Su poesía se recoge en selecciones como la Antología de la poesía lírica medieval francesa, compilada por Gonzalo Suárez Gómez y editada por Visor en 1982.

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Sin embargo, ha pasado a la memoria colectiva en la voz de Jakemes, con quien se dio inicio a una tendencia muy frecuente en la creación literaria de la Europa medieval.

La cuestión es que Coucy se enamoró de la dama de Fayel, quien tenía su marido. A ella dedicó varios de sus poemas y la dama le correspondía.

Mientras anduvieron juntos en sus dominios, la relación permaneció fuerte, al margen del marido, de quien se ha dicho que era un sujeto celoso y vengativo.

Pero, cuando Guy de Coucy tiene la certeza de que morirá en el campo de batalla, pide a uno de sus servidores que extraiga de su cadáver el corazón y se lo entregue en un cofre a la dama, como muestra de su amor.

El esposo celoso descubre al mensajero con su encargo y le quita el encargo. Luego invita a su esposa a cenar y le ofrece un plato exquisito. Ante la pregunta de qué era aquello que estaba tan bueno, él contesta que se trata del corazón del Châtelain de Coucy.

Pasa lo típico que sucede cuando te dicen que te acabas de comer al tipo que te escribía poesía. En un gesto lógico y nada patético, la mujer hace una sana digestión y decide que en esa boca no entrará ningún otro alimento jamás.

Y según la leyenda, la dama de Fayel tuvo el inesperado resultado de morir mucho antes de lo previsible.

Hay que tomar un par de cuestiones en cuenta. Primero, en aquella época, la declaración de amor por encima de toda fuerza terrenal podía tener consecuencias fatales, debido a la relevancia de la Iglesia sobre la vida cotidiana de la gente.

Por eso, el romance entre Coucy y su dama, aunque relativamente reciente cuando se publicó, llegó tintado de tanta tragedia. Bajo esta está la lección de que contravenir la fidelidad y los mandatos de Dios lo que hay es tragedia y castigo.

Claro, es hermoso el acto de entrega y recepción de los gestos de amor. Pero en este caso, aunque se presenta al marido como celoso y vengativo, se le resarce.

Literatura medieval

Tras la publicación de aquel relato, vinieron otras muchas obras en las que hubo personajes ficticios y la historia tuvo giros diferentes. En cada ocasión, la separación de los amantes y la ingesta del corazón son los elementos constantes.

De hecho, en la crítica de la literatura medieval existe lo que se conoce como "el motivo del corazón comido". Este parte de la obra Das Herzmære, El corazón comido, del poeta y narrador alemán Konrad von Würzburg (1225-1287), en el que se cuenta prácticamente la misma historia.

Del mismo período son Lai Guirun, anónimo (1155-1160); Lai Ignaure, de Renaut de Beaujeu, de finales del siglo XII; Vida de Guillem de Cabestany, anónimo (1240-1270). También abordan este tema el primer y el noveno relato de la cuarta jornada del Decamerón, de Boccaccio (1349-1351); Histoire du comte d´Arimino Monte, anónimo (1392-1400); Bremberger-Ballade, anónimo, entre los siglos XV y XVI, e Historia CXXIV de los Sermones parati de tempore et de sanctis, anónimo del siglo XV.

Es decir, durante unos 350 años, la poesía europea tuvo muy presente el canibalismo como acto de castigo y venganza.

Y como sucede cuando las pasiones ocupan el centro del pensamiento, en el interín surgieron obras maravillosas que trascendieron en la historia. Y claro, estoy seguro de que hubo también auténticos bodrios, que gracias al tiempo como podador, hoy han sido olvidados y quitados de en medio.

El adiós a la amada

[Guy De Coucy]

A ti Amor, más que a ningún otro

Es justo que me queje de mi dolor,

Pues tengo forzosamente que partir

Y separarme de mi leal compañera,

Cuando la pierdo no me queda nada.

Sabe bien, Amor, de un modo cierto,

Que si alguno ha muerto por pena semejante

No le dedicaré nunca estrofa ni poema míos.

¡Dios mío! ¿Qué será de mí en tal momento?

¿Convendrá que acabe por despedirme de mi dama?

Sí, por el Señor, no puede ser de otra manera

Tengo que irme muy lejos y separarme de ella.

No creo, en adelante, evitar grandes males,

Puesto que me falta su consuelo y presencia

Y no espero alegrías de ningún otro amor

Excepto del suyo; no sé si eso ocurrirá jamás.

¡Dios mío! ¿Cómo podré privarme

Del feliz encanto de su intimidad

Y de los placeres que acostumbraba a darme

La que es mi dueña, compañera y amiga?

Cuando me acuerdo de su franca acogida

Y de las dulces palabras que me dedicaba

¿Cómo me puede seguir latiendo el corazón?

Si no se para, es ciertamente un malvado.

Dios no ha querido darme gratuitamente

Todos los placeres de mi vida,

Sino que me los hace pagar caros,

Y me temo mucho que su precio me mate.

¡Gracias, Amor! Si un dios puede hacer villanías,

Una es, sin duda, romper un gran cariño:

Yo no puedo arrancar la pasión de mi pecho

Y me veo forzado a dejar a mi amada.

Se pondrán contentos los taimados envidiosos

A quienes les pesaban los bienes que tenía;

Pero nunca seré tan bondadoso peregrino

Que tenga consideración con ellos,

Podría por eso perder el fruto de mi viaje;

Ya que los traidores me han hecho tanto mal

Que, si Dios quisiera obligarme a quererlos

No podría cargarme de fardo más pesado.

Me voy, señora: a Dios todopoderoso

Le encomiendo vuestra persona, donde quiera yo esté.

No sé si algún día veréis mi regreso:

Puede ocurrir que no os vea más.

En el nombre de Dios, os ruego, en cualquier caso,

Bien retorne o me quede, que cumpláis lo prometido.

Y pido a Dios me conceda tanto honor

Como fiel os he sido en nuestra dulce amistad.

TEMAS -

Es consultor en comunicación estratégica y escritor. Sus textos han sido publicados dentro y fuera del país, fue traducido al alemán y el italiano.