Una invitación y unas notas por el Día Internacional del Libro
Nunca ha habido, y probablemente tampoco habrá, una tecnología tan disruptiva como el libro

En algún momento de la historia reciente, los países adoptaron el hábito de destinar un día para cada cosa. Da igual lo que sea, desde el orgasmo y los besos hasta la discriminación, la tierra, el jazz o ir sin ropa interior, lo inimaginable encuentra una fecha del calendario que lleva su nombre.
El libro no podía ser menos. El error de cálculo entre el calendario juliano y el gregoriano hizo que el 23 de abril tuviera un significado tan alto.
Por ese equívoco, se llegó a creer que William Shakespeare y Miguel De Cervantes murieron en la misma fecha, lo que, de haber sido así, hubiera sido una casualidad tan simbólica como la que se espera de ella.
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El libro: al alcance de todos

Con todo, ese fallo fue el origen de una celebración que todos los días tiene más retos. El Día Internacional del Libro se encuentra en medio de un mundo cada vez más raro para quienes leen.
De un lado, un artefacto que tiene la capacidad de posibilitar conversaciones más allá de la barrera del tiempo, la distancia y las culturas, carga con la idea de que su consumo es para unos pocos. Hay un tufo elitista, de falsa superioridad intelectual a su alrededor, que evita que muchos quieran acercarse.
Hicieron con el libro lo que solían hacer algunas familias con sus miembros ilustres. Poco a poco escondieron lo que le da humanidad para convertirlo en un monumento polvoriento, de acceso restringido.
Vendieron la idea de que textos como Hamlet y Otelo, de Shakespeare, o Don Quijote, de Cervantes, son obras de una altura inalcanzable y obligatoria.
Olvidaron decir que todas las obras de Shakespeare están llenas de juegos sexuales y de otro tipo, que tiene más en común El Alfa -cuando dice “En 4k”o “me fui en segueta”- con él que cualquier poeta nacional de cualquiera de nuestros países.
Por citar un ejemplo, en Romeo y Julieta se da este diálogo:
MERCUCIO: Tu ingenio es un dulzor muy amargo: es una salsa de lo más picante.
ROMEO: ¿Y no es entonces una buena idea servirlo en un dulce ganso?
En la época de Shakespeare, se utilizaba la palabra “ganso” como un eufemismo para prostituta de burdel. Esto, debido a que en el siglo XVI las compañías de teatro operaban alrededor de los burdeles de las afueras de Londres, en una propiedad del obispo de Winchester.
Las trabajadoras sexuales debían pagarle al obispo para poder tener los burdeles ahí, por lo que era popular utilizar la expresión los “gansos del obispo” para referirse a estas mujeres.
Así, la salsa en el ganso deja de ser una conversación gastronómica, en favor de algo más divertido.
Pero aunque hoy nos parezca una gran metáfora, ese era el lenguaje de la calle. Fue una de las razones por las que el crítico inglés, Samuel Johnson, en una lista de críticas que hizo a la obra de Shakespeare, señaló la vulgaridad como una de sus mayores faltas.
Y así hay otras tantas referencias, como cuando Hamlet le dice a Ofelia: “¿cree que me refería a cosas del campo?”, utilizando “Country Matters”, donde la primera sílaba llevaba una pronunciación que hacía referencia a la vagina.
De otro lado, hoy El Quijote es la obra excelsa del español. Sin embargo, en su momento fue considerada un texto que solo podía gustarle a los incultos, a la gente sin educación. Lo que se decía hace unos años de las comedias de Telemicro es exactamente lo que se opinaba de esta novela.
Y qué bueno que fuera así. Las grandes obras de la historia universal nacieron para llegar a todo el mundo, en masa.
En cambio, esa apertura fue secuestrada por las universidades, los críticos y gente que leyó sin entender. Si tuviera el ánimo de conspiración, diría que ese esfuerzo fue hecho para lograr que la gente leyera menos y tuviera la vocación hacia el absolutismo que hay hoy.
Pero en realidad, el mundo viene cayéndose a pedazos desde siempre.
Censura y exclusión

El extremo más alto del secuestro de los libros se ha dado en los últimos años entre quienes promueven la censura.
Hoy existen asociaciones dedicadas a exigir que los libros que aborden temas que no les parezcan morales sean excluidos de las bibliotecas. Y, poco a poco, apuestan por un catálogo único de las ideas, en donde la diversidad quede invisibilizada.
De otro lado está la visión miope de gobiernos que han decidido que en los tiempos que corren hay que invertir en STEM porque ese es el futuro. Dejaron de lado la inversión en humanidades, porque asumieron que la cultura no genera soluciones.
Pero olvidaron que un ingeniero, un matemático, un desarrollador de software sin imaginación y sin la idea del mundo es incapaz de diseñar una solución que contribuya a la humanidad, porque nunca aprendió a leer desde perspectivas distintas.
El Día del Libro es una fecha para ponerle otra capa de polvo a la tecnología más revolucionaria que jamás se ha inventado. Porque sí, entre transistores, líneas de código, inteligencia artificial y tierras raras, nunca ha habido, y probablemente tampoco habrá, una tecnología tan disruptiva como el libro.
Pero también es un espacio para invitar a leer. Y en esa línea, algunas personas estamos invitando a quienes quieran sumarse a la comunidad Minúsculas de Lectura. De manera periódica leeremos, comentaremos y disfrutaremos de leer algunos libros.
El espacio es abierto, sin censuras y con la seguridad de preguntar, expresarse sin pose ni pretensiones.
- Proponemos volver a los libros compartidos como vehículos para conversar y viajar juntos. Para formar parte, pueden sumarse a través del enlace: https://chat.whatsapp.com/C7fiu9uOURq7S0z3nVEEY7?mode=gi_t
El compromiso es hablar de libros. Para cuestiones de gansos y otras materias de campo, están las obras. Ojalá encontrarnos por ahí.

Belié Beltrán