Al levantarse la mañana de un lunes de otoño tras un sueño intermitente, dos días antes del último concierto que dirigirá en la Temporada Sinfónica 2017, José Antonio Molina no saltó de la cama para evitar pisar a Poochi ―o Puccini, como le gusta llamar a su perro―. La noche anterior, después de ensayar con la pianista china de la primera parte del repertorio, recién llegada al país, y de visitar a sus padres, llevó a Poochi con pesar a la cocina porque se quejaba, adolorido por una hernia discal. Hace 16 años que lo eligió, siendo un cachorrito de dos semanas de vida, y desde entonces siempre ha estado junto a él. Si José Antonio toca el piano se queda quieto en silencio, pero si en algún día lluvioso los truenos resuenan en la casa, el can corre a sus pies buscando protección. Ahora, mientras su inseparable compañero pasa unos días con el veterinario, el Maestro estudia unas partituras de Rachmaninov y de Mussorgsky para el concierto que conducirá de memoria y trabaja la Orquesta.

Para dormir apenas cinco horas, la habitación de José Antonio debe estar totalmente a oscuras y sin el menor ruido. A las cuatro y treinta de la mañana ya está alerta y si está componiendo se levanta para escribir en su estudio. Cuando se aproxima una función duerme menos y entrecortado, repasando las partituras en su mente antes de caer en ese trance soñoliento y al despertar, en tinieblas. Pero en estos días de preparación del concierto ya arrastra más de una mala noche. El martes previo le atacó una gripe que le impidió dirigir el primer ensayo de la Orquesta Sinfónica Nacional. Y en la semana anterior ―hace ahora 12 días― no tuvo calma la noche en que el Huracán María devastaba Puerto Rico. Su madre estaba en la isla vecina y hasta que logró hablar con ella y constató que estaba bien no recuperó el sosiego.

Hoy lunes, sin embargo, no se atisban en él señales de fatiga. A las cinco y cuarto de la tarde está sentado en el podio dirigiendo la prueba con la Sinfónica y la pianista Jie Chen, la primera en la Sala Carlos Piantini del Teatro Nacional, donde se realizará el concierto. Da instrucciones en español e inglés ―por los músicos extranjeros― y mientras ensayan el Concierto no.2 para Piano y Orquesta de Rachmaninov pide, por ejemplo, más prominencia en el oboe del segundo tema del tercer movimiento, tras la entrada de las violas.

―Yo tengo un sonido en mi cabeza y cuando eso no se reproduce en lo que yo estoy oyendo entramos en desacuerdo ―explicará días después del concierto―. Si es un sonido que está bajo de afinación, yo lo oí primero y por eso me di cuenta que está bajo. O si es una intención de un pasaje lírico y lo están cantando de otra manera, ese pasaje lírico yo lo tengo dentro de mí y cuando entra en desacuerdo con lo que estoy oyendo, entonces lo corrijo.

A veces, mientras Jie toca el piano, José Antonio mueve los dedos de su mano izquierda como si fuera él quien tocara las teclas en el aire... y sonríe. El de los dedos es un gesto que repite inconscientemente, sea en un ensayo o en una conversación, una second nature que le queda de tocar el piano desde los cuatro años, cuando apenas alcanzaba el teclado.

A las 6:32 de la tarde, después de una pausa de 22 minutos, el Maestro llega al escenario para ensayar los Cuadros de una Exposición que compuso Mussorgsky en honor a unas pinturas de Viktor Hartmann y que orquestó casi medio siglo después Ravel. Mientras interpretan a Mussorgsky va explicando lo que representa cada número, tararea la pieza y va llevando a la Orquesta a que toque las notas como suenan en su mente. Es un ensayo de muchas correcciones y culmina a las 7:53 de la noche.

Cuando José Antonio Molina Miniño se para en el podio lleva las partituras en las venas, no en un atril. Si sonríe o muestra un rostro adusto, si se balancea sutilmente o salta firme con los puños elevados, si se queda erguido o se inclina hacia atrás levantando los brazos cual si fuera un ave elevándose por los cielos... cada movimiento o gesto del Maestro es danza que, en perfecta armonía con el sonido de la Orquesta, contagia al espectador de una emoción indescifrable.

―Es un impulso incontrolable. Me asalta el duende y se hace dueño de mí... Yo me entrego al duende, yo me dejo vencer para que eso pase―, confiesa José Antonio sobre su trance de espaldas al escenario. El duende es ―en palabras de Lorca― ese poder con el que todo artista lucha al subir cada escala en la torre de su perfección. Era el poeta de Fuente Vaqueros quien decía que del duende «solo se sabe que quema la sangre como un trópico de vidrios, que agota, que rechaza toda la dulce geometría aprendida, que rompe los estilos, que se apoya en el dolor humano que no tiene consuelo...».

A los pocos minutos de entrar al escenario su pelo de plata ya se ha alborotado, a menos que esté dirigiendo el Himno Nacional... entonces no se despeina ―tampoco arruga el traje― y apenas mueve la batuta. Le han salido entradas en la frente y tiene la coronilla algo despoblada, pero cuida su cabello con esmero: se lo deja crecer hasta debajo de la nuca, se hace cortar solo las puntas cada dos meses, usa siempre el mismo shampoo y va a la misma peluquera.

A menos que le agenden una reunión o tenga ensayos en las mañanas, va cinco veces por semana al gimnasio, una rutina que le ha ayudado a mantener a raya los síntomas de una hernia, producida, quizá, por pasar largas horas sentado al piano desde niño y que hace unos años lo obligaba a dirigir con fajas bajo efectos de antiinflamatorios fuertes. Suele vestir jeans planchados con filo y jerseys ajustados, frecuentemente de cuello alto. No le gusta la ropa formal, pero cuando tiene un concierto es extremadamente coqueto eligiendo accesorios para el frac, como la pajarita o el chaleco.

José Antonio nació en una cuna mecida por la música popular el 4 de junio de 1960, primer hijo de la bailarina Josefina Miniño ―pionera de la danza moderna y un icono del ballet folklórico en el país― y octavo de Ramón Antonio ―Papa― Molina Pacheco, director de orquesta, trompetista, arreglista y compositor. Josefina bailó encinta hasta la primavera, poco antes de cumplir el octavo mes. Con junio empezaron los dolores de parto y al cuarto día, justo cuando cumplía 20 años, nació José Antonio a las 10 de la mañana. Casi se pasa de tiempo y pese a que nació morado por la falta de oxígeno era un niño sano de casi ocho libras.

Josefina Miniño y Papa Molina.
Josefina Miniño y Papa Molina. ( )

En el momento en que nació su primogénito Josefina ya tenía media vida entregada al arte. Había entrado a la emisora oficial La Voz Dominicana como cantante aficionada a los diez años y poco después ―cuando inauguraron la televisión en 1952 y la estación se convirtió en radio televisora― empezó a bailar con su hermano José. Su padre, José Oríspides ―hijo de José Antonio Miniño, un español afincado en Baní―, había sido militar. En la década de 1950 ser artista era tan mal visto que fue casi una afrenta para la familia que Josefina se interesara en el baile y sus dos hermanos paternos se fueron de la casa. Pero ya nada podría detener a esa atrevida niña a la que su madre, Juana Evangelista Rodríguez, tenía que salir a buscar cuando pasaba la hora de llegar de la escuela porque se quedaba bailando en las esquinas, con las amiguitas haciéndole la ronda. Para entonces vivían en La Vega, ciudad natal de la madre, y la futura artista tendría unos siete u ocho años y suficiente ritmo para marcarse unos pasos en cuanto escuchara una radio. Al regresar a Santo Domingo se mudaron muy cerca de las instalaciones de La Voz Dominicana, entre cuyos estudios la niña crecería al son de mambos y rumbas.

Y allí, entre arreglos musicales, surgió el amor de Josefina ―ya con 15 años― y Papa Molina, quien era primer trompeta de la Súper Orquesta San José de La Voz Dominicana ―de la que más tarde sería uno de sus directores más destacados― y le doblaba la edad. A pesar de su juventud Papa era un artista popular. Había nacido en Moca el 19 de diciembre de 1924, aprendió solfeo con el acordeonista Arístides ―Tilo― Rojas y con apenas 13 años era primer trompeta de la Banda Municipal del pueblo. Años después entró a la Súper Orquesta San José y cuando se enamoró de Josefina había tenido tres esposas y siete hijos con ellas.

―Él fue un novio muy bonito, muy romántico, muy puro. Me protegió, me cuidó mucho ―recuerda Josefina casi 59 años después de su boda con Papa, mientras él duerme una siesta sentado en la cocina, su lugar favorito de la casa.

Sin embargo, un año después del inicio de aquel noviazgo discreto ―pues trabajaban en el mismo lugar― ninguno de los dos habría pensado que esta tarde de viernes estarían aquí recordando el éxito de sus trayectorias y saboreando el de su primer retoño juntos: La Voz Dominicana los separaba. Enviaban a Josefina a Nueva York, a academias como la de Martha Graham, a estudiar varios tipos de baile ―danza moderna, acrobática, ballet clásico, danza española, jazz y afro jazz― para convertirse en la maestra de esa generación de artistas que se gestaba.

―Martha Graham me llama. Martha Graham es mi mundo, es mi vida. Voy a tener que dejar esto―, pensó la jovencita de 16 años antes de romper con Papa, soñando o no que escenarios desde América hasta Asia se rendirían ante sus coreografías, muchas veces acrobáticas. En la nostalgia por su partida y la esperanza de un regreso, el pretendiente le escribió una canción que grabó con la Súper Orquesta San José, con la cantante Elenita Santos: ¿Cuándo volveré a besarte?,/ a tenerte de nuevo junto a mí/ y decirte tantas cosas lindas que en mi alma he guardado para ti...

Y como Josefina seguía en su negativa, Papa le escribió un poema rogándole amor: Me negaste tu amor/ ¿por qué lo hiciste? / ¿es que acaso no tienes corazón? / Me negaste tu amor sin darte cuenta/ que mi vida no es vida sin tu amor/ toma mi corazón, hazlo pedazos/ destroza mi alma entera si la quieres/ pero dame tu amor... Con estos versos finalmente la convenció y a su retorno dos años después volvió el amor y se casaron el 25 de enero de 1959.

Evangelina, Papa, Josefina y José Antonio.
Evangelina, Papa, Josefina y José Antonio. ( )

En el primer cumpleaños de José Antonio no hubo celebraciones porque cinco días antes habían asesinado al dictador Rafael Leonidas Trujillo. Además de la incertidumbre y el miedo en ese momento convulso, Papa y Josefina no estaban en su mejor momento en La Voz Dominicana, administrada por José Arismendy ―Petán― Trujillo, uno de los hermanos del tirano. Cuando salió embarazada de José Antonio, la bailarina había ocultado su estado porque apenas empezaba a dirigir la Escuela de Danza Popular, Moderna y Folklórica de la televisora, por lo que la habían enviado a Estados Unidos. Pero al verla Petán en un ensayo con el vientre inflado, con cerca de ocho meses, se molestó y la envió a su casa. Y el mocano ―que además de trompetista era boxeador― había tenido un encontronazo con Petán, estando José Antonio recién nacido. Éste le habló en mal tono y Papa le dio un puñetazo tan fuerte que cayó entre los atriles de los músicos. En represalia se lo llevaron encañonado y duró varios días preso en una celda solitaria, mientras la familia se vestía de blanco temiendo que lo mataran.

Tras la muerte de Trujillo, suspendieron al personal artístico de La Voz Dominicana y Papa y Josefina formaron el grupo Fantástico Latino. Ahí empiezan las presentaciones en hoteles y night clubs del país y luego en el extranjero, giras que obligaban a tener siempre una nana para cuidar al pequeño, aunque el dinero no abundara. José Antonio se crio entre instrumentos, músicos, bailarines, maquillistas y las lentejuelas y plumas de los trajes de su madre. Y eran tan cercanos los amigos artistas de Papa que uno de ellos, al que decían Corchea, empezó a llamarle Chicho al niño, apodo que aún hoy le tienen su padre y algunos colegas que le conocen desde joven.

En cambio, Josefina ―que con él es una especie de Mamma italiana con ritmo caribeño― dice haberse acostumbrado a llamarlo por su nombre de pila desde que se hizo mayor, pero no deja de decirle «negrito» o «mi bebé» aunque tiene 57 años, ni de preocuparse por su alimentación y su vestuario cuando tiene un concierto. Su madre es también su timonel y confidente, quien lo alienta si algún proyecto no se da como esperaba y quien le recopila y archiva las entrevistas y noticias que se publican sobre él.

Además de la trompeta, Papa tocaba el piano y tenía uno de pared en casa. Un día llegó con unos amigos y al escuchar unas notas de Soldaditos de Chocolate ―de la opereta de Oscar Straus― preguntó a Josefina quién era el «intruso» que estaba tocando su instrumento.

―Que yo sepa aquí no ha venido nadie.

―Yo estoy oyendo el piano.

―¡Es Chicho, ven a ver!

Apenas tenía unos cuatro años y eran tan melódicas esas notas que Papa estaba convencido de que era un concertista «intruso» quien estaba en su piano y no su benjamín ―Josefina tuvo a Evangelina, su única hija y la novena y última del músico mocano, cuando el niño tenía cinco años―. Así le han contado la historia y ahora la recuerda tomando una infusión sin azúcar al caer una tarde de septiembre, con los ojos tristes por los efectos de la gripe pero de momento a gusto porque la música de ambiente está bajita y casi no hay gente en el lugar... porque entre las cosas que más desagradan al Maestro, quien nunca usa audífonos, están el ruido ―sobre todo en decibeles altos― y que, cuando se puede elegir, le pongan música en un encuentro al que le inviten, pues entonces su cabeza no para de trabajar.

―A mí se me hace difícil pensar en qué momento empezó la vida y en qué momento empezó la música ―dice José Antonio―. Nunca ha habido una línea que divida una cosa y la otra... Yo no recuerdo un día en mi vida sin tener asociación con la música.

Sin embargo, lo que se escuchaba en su casa era música popular ―desde los merengues locales hasta los discos de las big bands americanas, como la de Duke Ellington o la orquesta de Glenn Miller―, no la que hoy se adueña de él cada vez que sube al podio. Pero en una de las noches de sus 11 años encontró un disco distinto. La carátula era dorada con una foto en blanco y negro del pianista ganador del primer Concurso Internacional Tchaikovsky de Moscú... un concurso creado en 1958, durante la Guerra Fría, para mostrar al mundo la grandeza de los soviéticos. Y lo ganó Van Cliburn, un joven estadounidense de 23 años, egresado de The Juilliard School y que había sido alumno de la famosa maestra de piano Rosina Lhévinne. Eran, quizá, las 11:00 de la noche y el niño, sin conocer aún la historia, puso el disco en el plato y hasta el alba sonó, una y otra vez, el Concierto para Piano no.1 de Tchaikovsky. Esa noche José Antonio tuvo la certeza de cuál era el camino que quería transitar en la música: el clásico.

Es martes tres de octubre y José Antonio regresa al Teatro Nacional para el penúltimo ensayo del concierto del día siguiente. Esta mañana pasó tres horas con la Orquesta y se siente satisfecho con las dimensiones que va tomando el repertorio, pero está convencido de que aún el de este miércoles por la mañana es un ensayo de trabajo, de correcciones. No cree en pruebas perfectas ni en que el concierto deba ser una repetición de los detalles corregidos o perfeccionados antes.

―El concierto debe tener una magia por sí solo ―dice José Antonio―. Tiene que haber espacio para que algo importante ocurra en términos emocionales, en términos del momento y la espontaneidad de la noche. Si es sencillamente una réplica de lo que pasó entonces es un poco aburrido. Claro, para tomarse esas libertades... hay que trabajar y trabajar... porque solamente cuando tú tienes las cosas bajo control puedes tomar libertad. Una libertad sin control entonces es un caos.

Son las 5:00 de la tarde y, desde el camerino, hace una llamada por el móvil para que le lleven un termo con el té de manzanilla que acostumbra tomar durante los ensayos. A las 5:09 empieza a dirigir la Orquesta, con el Concierto de Rachmaninov.

Unos minutos después Carolina Betances entra a la sala y se sienta a ver el ensayo. Ella conoce como pocos las aficiones y manías del Maestro, sus desvelos y soledades, sus trances y alegrías. Él tendría 13 años y ella 12 cuando se conocieron en la Urbanización Real ―sector de Santo Domingo en el que vivía el chico y donde ella solía visitar unos familiares―. Se enamoraron por teléfono y un par de años después, cuando ella cumplió 15, sus padres lo aceptaron. Carolina es la única novia formal que tuvo José Antonio y se casaron cuando ella tenía 20 años y él uno más. Hoy tienen tres hijos, una nieta y más de cuatro décadas juntos. En la pausa, después de hablar con algunos músicos, José Antonio baja del podio a la platea a saludar a Carolina y se sienta junto a ella hasta el reinicio de las pruebas.

Cuando era niño, no asumía sus hazañas en el piano como un don especial. La música era, en fin, el ambiente al que estaba expuesto desde antes de nacer. Pero en algún momento temprano tuvo que entender que ese oficio al que soñaba dedicarse no era uno corriente, que le exigiría muchas jornadas de aislamiento, muchas horas de sueño. Carolina cuenta que al conocerse desde niños ha podido entender mejor esa manera de vivir... que también requiere decibeles bajos. Como José Antonio no es un fanático cabal de canciones populares, en el hogar no se suele escuchar esta música si él está allí. Pero cuando Papa ―como Carolina llama a su esposo― sale de casa puede sonar alguna pieza de Gatica, de Javier Solís, de Aznavour. Y si se devuelve... se ríe al identificar «esa música que están oyendo», no precisamente en el volumen que su oído percibe como agradable.

El ensayo de este martes terminó alrededor de las 8:00 de la noche. Fue más fluido que el de la tarde anterior y ya el Maestro prefiere hablar poco: desde los días previos al concierto va entrando en una especie de trance, mirando hacia dentro de sí para ir despertando al duende, evocando a ese «poder misterioso que todos sienten y que ningún filósofo explica», como decía Goethe al hablar del violinista y compositor italiano Niccolò Paganini.

José Antonio empezó a estudiar piano a los 13 años.
José Antonio empezó a estudiar piano a los 13 años. ( )

Como estudiante José Antonio fue malo y cambió de colegio más de cinco veces. Compañeros de dos de ellos coinciden en que no se metía en problemas y siempre estaba concentrado en temas musicales, no en matemáticas, por ejemplo. Aunque no era indisciplinado en una ocasión le exigió a su padre que lo cambiara del colegio católico en que estaba, harto de la «dictadura» del cura director, que si se lo encontraba en un pasillo le reiteraba que siempre debía llevar «peine y pañuelo» ... pero tener el pelo a ras del cráneo y perfectamente arreglado nunca ha sido compatible con el halo artístico de José Antonio. Él reconoce que terminó el bachillerato porque era un requisito de admisión en las academias de música de Estados Unidos en las que más tarde pondría toda la dedicación que no tuvo en colegio alguno en el país.

A los 13 años empezó a recibir clases formales de piano en la Escuela Elemental de Música Elila Mena con una profesora llamada Atala Escobar y luego pasó al Conservatorio Nacional con Vicente Grisolía, quien no aceptaba alumnos de primer ciclo, pero hizo la excepción a petición de Papa Molina. En cuanto le tomó el pulso al jovencito estuvo feliz de haber roto su regla y fue su maestro y mentor hasta que se fue a estudiar al Manhattan School of Music en Nueva York con 20 años.

Se mudó con su hermano paterno Guillermo Antonio. Papollo ―como le llaman... porque a Papa le encantan los apodos― vivía con su mujer, Mercedes, y sus dos hijos, Willy y Dorian, críos para quienes José Antonio se convirtió en un segundo padre. Antes de que Guillermo se levantara ya el joven artista había salido para tomar el primer tren y llegar tan temprano al Manhattan que tenía que hacerse amigo de los vigilantes para que lo dejaran entrar. El piano que tenía su hermano en casa era vertical, no de cola, y por eso prefería ensayar en la academia. Y lo hacía con una entrega que rayaba en lo obsesivo, ensayando nueve horas si tenía presentación, regresando muy noche a casa después de un día completo entre clases y prácticas y buscando evadir las invitaciones que su hermano y su cuñada ―preocupados― le hacían para que saliera, fuera a una fiesta, se divirtiera.

La única distracción fuera de la música clásica que se permitía era trabajar, tratando de amortiguar el sacrificio que hacían sus padres para enviarle 270 dólares todos los meses. Tocó con grupos de merengue colombianos y con Machito y su banda de jazz Afro-Cubans. Un saxofonista dominicano llamado Mario Rivera fue quien lo presentó con Machito. Lo invitaron a un baile, le pusieron el repertorio delante sin ensayos previos y al parecer al cubano le gustó porque trabajó un par de años con él. Pero por maravillosa que fuera esa experiencia en grupos populares para José Antonio no era más que una vía de obtener algo de dinero para alcanzar la meta que se trazó al salir de Santo Domingo. Quería ser el mejor pianista clásico del mundo. Y sobre todas las cosas no quería defraudar a ese músico que hoy reconoce como el que más ha influido en él, por más que estudie a los grandes maestros clásicos: Papa Molina.

Cuando José Antonio le dijo a sus padres que quería ser pianista clásico su madre lo tomó, en principio, con mucho escepticismo: «Ay, se me morirá de hambre», llegó a temer. Pero su padre insistió. Si quería ser clásico tenía que estudiar en una buena academia y para pagarla invertirían todos sus ahorros si era necesario. Ahora bien, no quería músicos a medias en casa. Tenía que ser un gran concertista de piano. Por eso, cada vez que Papa escuchaba a su Chicho tocando un tumbao se desanimaba. Le daba miedo que algún conjunto popular conquistara a su hijo, que abandonara los estudios. Pero eso no ocurrió y en 1984 terminó su bachelors de piano. En la graduación ―a la que Papa y Josefina asistieron― tocó el Concierto en La Menor para Piano y Orquesta de Grieg y en el verano de ese año vino al país.

El Maestro Julio de Windt dirigiría ese mismo concierto en la Temporada Sinfónica de 1984 y tenía un contratiempo. El pianista que lo acompañaría, Manuel Rueda, había cancelado su participación un mes antes. Cuando vio a José Antonio le propuso que debutara con él tocando a Grieg. Era lo que el pianista quería: una oportunidad. Y debutó el 10 de septiembre en el Teatro Nacional.

El Maestro Molina habla con soltura del éxito de cualquier etapa de su carrera, pero rehúye escuchar a los demás hablar de él.
El Maestro Molina habla con soltura del éxito de cualquier etapa de su carrera, pero rehúye escuchar a los demás hablar de él. ( )

El primer día que hablé con el Maestro Molina, director titular de la Sinfónica desde 2009, fue el tercer martes de septiembre. Estaba en la Sala Carlos Piantini en el ensayo del joven director de la Orquesta Guillermo Mota ―con un repertorio de Rossini, Cecil Forsyth y Sibelius―. Lo acompañaban Julio de Windt y el otro joven conductor, Santy Rodríguez. Había visto a José Antonio Molina en el segundo concierto de la Temporada el 23 de agosto, hacía ya cuatro semanas, dirigiendo el Preludio y Muerte por Amor de la ópera Tristán e Isolda de Wagner, el Concierto para Violín no.4 en Re Mayor de Mozart y una de sus obras favoritas, la Sinfonía no.4 en Fa Menor de Tchaikovsky. Aunque estábamos en contacto desde el día siguiente al concierto, este primer encuentro tuvo que esperar casi un mes... por su propensión a esquivar o al menos postergar las entrevistas.

Al presentar a De Windt ―quien es director, ya retirado, y toca violín, piano, flauta y bandoneón― José Antonio deja entrever no solo admiración, sino un cariño de muchos años. Además de supervisar el ensayo ―aún mientras hablábamos estaba pendiente de cada sonido de la Orquesta― fue esa tarde al Teatro porque él y otros músicos grabarían unos cortes que la telefónica patrocinadora, Claro, quería para sus redes sociales. Cuando los camarógrafos buscan otras locaciones fuera de la sala, me siento con De Windt en el lobby del Teatro.

―Chicho es un prestigio para este país ―afirma sin ocultar la fascinación que le profesa―. Y no lo digo como un hombre alabancioso. Lo digo con sinceridad porque él vale como por cuatro músicos. Es pianista, arreglista, compositor y director de orquesta... Y tiene la Orquesta muy bien.

―¿Cómo lo veía usted cuando debutó?

―¡Oh, como un sobredotado! Como lo que es.

En ese momento José Antonio pasa a su lado y oye lo que acaba de decir.

―Ahhhh, ya yo vi que tengo que irme de aquí―, comenta con rubor.

―No, no te vayas que eso es así―, le dice De Windt.

Pero igual se alejó. Aunque José Antonio habla con soltura del éxito de cualquier etapa de su carrera o del último concierto que dirigió, rehúye escuchar a los demás hablar de él, quizá por algún resquicio de timidez.

―Tiene una memoria privilegiada y un poder de comunicación de los sentimientos de la música fabuloso, de manera que estremece al público. Al público le gusta, lo comprende... Sentir la música y proyectarla es de lo más difícil porque todo el mundo no tiene el atributo de poder hacer sentir el sentimiento de la música en el público... Cada director tiene su música interior y él tiene bastante―, destaca el Maestro De Windt.

José Antonio se sabe los nombres de los más de 80 miembros de la Sinfónica y, aunque en alguna ocasión usa atril, cuando tiene un concierto pasa semanas estudiando las obras del repertorio, aprendiendo cada detalle para no leer la partitura. Su memoria es, precisamente, lo que primero resalta el chelista François Bahuaud, un francés que entró a la Orquesta Sinfónica Nacional en 1956. Al poco tiempo de llegar desde París, Bahuaud fue contratado también en La Voz Dominicana, donde coincidió con Papa y Josefina, por lo que conoce al Maestro desde que era niño. Tocó el violonchelo en el debut de José Antonio como pianista y también las primeras veces que dirigió en el país.

―Cuando uno lo ve dirigiendo una sinfonía como la Novena de Beethoven de memoria o un concierto o una sinfonía de Brahms, un concierto para piano como el otro día (el de Rachmaninov) ... Mira, no es cualquier director que dirige eso de memoria, dando entradas a las secciones. Es un estudio que no se hace de un día a otro. O sea, que ese talento no es todo el mundo que lo puede tener―, afirma François Bahuaud, claramente otro admirador de José Antonio.

Josefina Miniño, José Antonio y Papa Molina.
Josefina Miniño, José Antonio y Papa Molina. ( )

Es una noche fresca de sábado y Papa Molina está en el apartamento con Miriam, la señora que vive con ellos hace más de 30 años. Josefina salió esta mañana de viaje a Puerto Rico y no volverá hasta el final de noviembre. A las 8:00 suena el timbre y Miriam abre el portón del edificio. Es José Antonio que va a visitarlos y Papa ―en pijama de rayas azul cielo― sale a la puerta a esperarlo, pero ha durado mucho para llegar.

―Chicho, ¿qué pasó? ¿Por qué subiste por ahí? ―, le dice al verlo ascender al sexto piso por las escaleras.

―Es que no me gusta tomar el ascensor.

―¿Cómo es la cosa?―, pregunta Papa, que en un mes y un día cumplirá 93 años y desde hace un tiempo tiene que usar audífonos para escuchar.

―El ascensor, que cuando estoy solo no me gusta cogerlo. ‘Ción Papi―, le dice José Antonio, besándolo en la cabeza.

―Dio’ te me bendiga y te me libre dei mai―, le responde, con esa pronunciación tan característica del norte del país, tan salida de las entrañas de Moca y los otros pueblos del Cibao.

José Antonio le muestra la botella de vino tinto que le ha traído y su «viejito» asiente alegre y le dice, como cada vez que lo ve o hablan por teléfono, que ya a estas alturas no toma whisky sino vino. Van a la cocina, Papa se sienta en la misma silla en la que la otra tarde dormía una siesta y José Antonio le prepara un vaso de vino con hielo, como lo toma. Para él, uno de Glenlivet, su whisky y trago favorito, también con hielo. Se sienta a su lado y le habla muy cerca del oído. «A mí me oye mejor que a nadie», asegura feliz.

A Papa le gusta contar historias de su infancia. Solo tienen que mencionarle alguna frase para darle el cue y empieza a recordar. José Antonio se las sabe de memoria, pero cuando las vuelve a escuchar se ríe como si fueran inéditas. Esta noche el «viejito» se ha animado a cantar sus composiciones a cappella, mientras José Antonio y Luisito ―hijo de Miriam, de 27 años y estudiante de piano por influencia, sobre todo, del mocano― le siguen. Se ha emocionado cantando «Evocación», «Cuando volveré a besarte», «Tu partida», «Sufro por ti» y «Nunca te lo he dicho» y, al tomar un poco más rápido el vino, le dio sueño. Sobre las 10:00 de la noche su hijo prefiere irse para dejarlo dormir.

José Antonio heredó la nariz larga de Papa, pero sus ojos, su boca y sus facciones son casi un calco de Josefina. No es la persona que alguien se encontraría fácilmente en un bar o una fiesta, pero sí de compras en Carne & Co o recogiendo un capuchino italiano ―que como toda bebida consume sin azúcar, cuidándose de la diabetes que sufre su madre― en Panavisa, después de su rutina de pesas en el gimnasio y de tomar una batida proteica. Presume de sus bíceps, pero es algo en lo que también se asemeja a su padre, que esta noche lleva las mangas del pijama remangadas para que se vean bien sus músculos. La tarde en la que durmió una larga siesta los levantó como fisiculturista cuando Josefina dijo: «Mírale los brazos. 93 años».

José Antonio Molina en el concierto que considera como su debut en República Dominicana en 1987, con la Sinfonía Española de Lalo y la Patética de Tchaikovsky.
José Antonio Molina en el concierto que considera como su debut en República Dominicana en 1987, con la Sinfonía Española de Lalo y la Patética de Tchaikovsky. ( )

Dentro del programa de estudios de piano en el Manhattan School of Music, José Antonio tomó clases de composición con el profesor que más marcó su carrera artística, Giampaolo Bracali, un italoamericano que solía venir a República Dominicana con compañías de ópera, cuando la maestra de piano Aída Bonelly dirigía el Teatro Nacional. Entre las prácticas y las composiciones, Bracali vio algo en José Antonio que quizá nadie antes había visto: era muy buen pianista, pero tenía un talento mayor para la dirección. Era capaz de explicar detalles de una partitura a sus compañeros pianistas o violinistas para que interpretaran mejor la idea del compositor, el espíritu de la obra. Bracali no solo lo ponía a dirigir la orquesta de cámara en las clases, sino que le daba lecciones particulares de disciplinas de conducción. Hubo un momento en que no tenía cómo pagar esas clases y había dejado de tomarlas... hasta que el maestro le reclamó. Cuando supo cuál era el problema le dijo a José Antonio que por escasez de dinero no faltara y le dio clases gratuitas mucho tiempo.

Bracali y José Antonio fueron tan cercanos que el profesor conoció primero que él a sus hijos. Él y Carolina se habían casado hacía más o menos un año y el primer embarazo fue doble... Adrian y Alexander nacieron un 15 de febrero en Santo Domingo, cuando su padre hacía el segundo año de piano en Nueva York y no podría permitirse un viaje hasta mayo. Bracali vino a presentar una ópera, conoció a los niños y le llevó una foto de ellos a José Antonio, quien había sentido tanto terror al saber que serían mellizos que pensó que su sueño musical se había terminado, que tendría que dedicarse a un oficio menos sublime para sostener a su familia. Pero lo bueno de los temores es que no tienen por qué convertirse en realidad.

La semilla de la dirección de orquesta y la composición fue germinando en José Antonio desde las clases con Bracali y en 1986 ―al terminar el Máster de piano― entró a Juilliard en un programa con el mítico director italoamericano Vincent La Selva, el fundador de la New York Grand Opera, quien falleció este otoño a sus 88 años. Entonces, en el Alto Manhattan, seguía saliendo temprano a tomar el tren para llegar a la academia, encontrándose escenas muy típicas de su país natal en los alrededores de la estación: puestos de venta de plátanos y otros productos caribeños cuyos dependientes se alegraban las mañanas con merengues; y restaurantes populares dominicanos, como La Caridad ―donde solía ir a comer copiosos platos de bistec encebollado―.

José Antonio recuerda con orgullo sus presentaciones como concertista. En 1986 tocó el Concierto de Schumann, dirigido por el Maestro De Windt en Santo Domingo. Margarita Copello ―su principal mecenas, fundadora de Sinfonía, fundación promotora de la música clásica en el país por más de 30 años― lo envió al curso de interpretación pianística organizado por Paloma O’ Shea en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo de Santander, donde quedó entre los 14 finalistas e interpretó la Sonata no. 17 de Beethoven, La Tempestad, en la noche de clausura. Pero se define como un pianista tenso. Con la dirección ha sido distinto:

―Para mí es una responsabilidad mucho mayor que tocar un instrumento como el piano, pero estoy mucho más en el hábitat que yo creo que es mi pequeña misión.

Siempre que habla de su formación, el Maestro Molina reconoce que la libertad que hoy siente al frente de una orquesta se la debe a La Selva y a Bracali, con quienes aprendió técnicas operísticas.

―Un director puede estar lleno de las ideas más hermosas del mundo, pero si no tienes cómo traducirlas a la orquesta te quedas con ellas adentro. Y ellos, los italianos, tienen la convicción de que el director debe transmitir todo con sus manos y sus gestos. Ya el habla es una cosa que aporta, pero la formación integral como director debe discurrir sin tú abrir la boca, a través del contacto visual y, sobre todo, la técnica de dirección, que es una técnica universal.

Pero dominar las técnicas, aun cuando se tiene el talento, puede requerir tiempo. Cuando era un joven aprendiz de director, José Antonio ensayaba mucho el gesto que mostraría en el escenario frente a un espejo en la sala de la casa de Guillermo, con la música sonando en un estéreo. Eran los tiempos de buscar referencias, de ver cómo conducía Karajan o su héroe, su director más admirado, el fascinante Leonard Bernstein. Pero hace mucho que dejó de ser así. Ahora él es el Maestro Molina y ya «es la música la que produce el gesto automáticamente». Se compenetra tanto con ella que a veces parece que está a punto de estallar en llanto si las notas evocan melancolía y cuando dirige algún merengue sinfónico deja en evidencia que no sólo heredó un parentesco físico de su madre bailarina folklórica.

Desde que sintió que su vocación más fuerte era la conducción, José Antonio tocó puertas para debutar en República Dominicana, pero no fue tan fácil como con el piano. Sin embargo, en Venezuela sí le dieron la oportunidad de mostrar su talento en 1986, antes que su propia nación. El pianista dominicano Oscar Luis Valdez Mena, egresado de Juilliard unos años antes que él, hizo las gestiones con el director de la Orquesta Sinfónica de Maracaibo, Eduardo Ran, para que José Antonio dirigiera en un programa de Gershwin, y él tocara como concertista. Así fue y José Antonio dirigió los Cuadros Sinfónicos de la ópera Porgy y Bess, la Obertura Cubana, el Concierto en Fa para Piano y Orquesta y Rhapsody in Blue. Más de tres décadas después del debut, el Maestro siente una gratitud y deuda eterna con Venezuela.

En 1987, en el programa de las Bodas de Oro en la música de Carlos Piantini ―quien había sido nombrado director de la Sinfónica dominicana dos años antes―, José Antonio condujo también los Cuadros Sinfónicos de Porgy y Bess en una presentación de unos quince minutos. Pero el momento que considera como su verdadero debut en el país es el día en que dirigió la Sinfonía Española de Édouard Lalo y la Sinfonía no. 6 de Tchaikovsky, la Patética que lo enloquece desde entonces. En un pasillo en la casa de sus padres se exhibe la fotografía de ese momento: un José Antonio de 27 años, delgado, con el pelo abundante por la nuca, un poco ensortijado y aún oscuro, inclinándose levemente hacia atrás y sin atril. Sin partitura, como le insistía Bracali.

Aída Bonnelly ―también egresada de Juilliard, fallecida en 2013― es una de las personas que José Antonio tiene en el pedestal de la gratitud. Le confió una composición para el aniversario dieciséis del Teatro Nacional, hasta hoy la única pieza que ha encargado esta institución. Molina trabajó alrededor de año y medio en la escritura y el jueves 17 de agosto de 1989 estrenó su Fantasía Merengue ―entonces reseñada en los periódicos como Merengue Fantasía, por la traducción del inglés en que la tituló originalmente―, una obra sinfónica de poco más de treinta minutos basada en merengues, bolemengues y pambiches tradicionales dominicanos como Compadre Pedro Juan, Los Algodones, El Jarro Pichao o Papá Bocó. Una manera de aprovechar las raíces folklóricas que ―matiza― no es ningún descubrimiento: ya lo habían hecho Piazzolla con el tango, Ginastera con el malambo argentino, Manuel de Falla con música popular española y un largo etcétera.

Un año después envió un vídeo para aplicar en el Affiliate Arts Conductors Program en Nueva York, que buscaba nuevos talentos para la dirección. Entre más de 100 directores que aplicaron eligieron un grupo más reducido para la audición con la Orquesta Sinfónica de Rochester y José Antonio fue uno de ellos. Las audiciones se realizaron en el Eastman School of Music... muchas obras, varios rounds, más los segmentos teóricos y auditivos. El Maestro recuerda que seleccionaron solo tres finalistas: dos mujeres y él. Este resultado le abría las puertas para audicionar con grandes orquestas de Estados Unidos para una plaza de asistente.

Fue a Houston, sin suerte. Antes había ido a la Orquesta Filarmónica de Buffalo y no lo habían elegido. El director de la orquesta en esa época, el chileno Maximiliano Valdés, es ahora el titular de las orquestas sinfónicas de San Juan y del Principado de Asturias en España y en 2016 lo llevó a Puerto Rico a dirigir la Obertura Corioliano de Beethoven, el Concierto para Violín no.4 de Mozart y la Patética de Tchaikosky. De esa noche el crítico puertorriqueño Luis Enrique de Juliá dijo que para hacerle honor a su versión de la obra del ruso necesitaría escribir un ensayo y que Molina «condujo la orquesta a excelsos niveles de expresividad, afinación, sonoridad, color y precisión en las dinámicas y en el pulso del selecto grupo de las grandes orquestas filarmónicas internacionales. Nunca había escuchado a la Sinfónica (de San Juan) sonar así».

Guillermo Antonio Molina había solicitado la residencia para José Antonio, Carolina y los mellizos en 1982, pero al ser un hermano el trámite culminó a los diez años, dos después del nacimiento de la única hija de la pareja, Arianna. En 1992 la familia se mudó a Nueva Jersey donde una tía de Carolina, ya que el artista no tenía ingresos estables.

Eugenio Van der Horst, su amigo y copista, y Víctor Sánchez, un compadre bajista al que llama El Mamut de cariño, se encontraron con Juan Luis Guerra en un tren. Estaba trabajando en el disco Areito y había buscado varios arreglistas reconocidos para que adaptaran los acordes que había hecho para Cuando te beso en la guitarra, pero hasta ese momento ninguna propuesta le había complacido. Los músicos le dijeron a Juan Luis que Chicho estaba en Nueva Jersey «en olla» dando clases de piano y aceptó probar con él.

José Antonio se sentó al piano de pared que tenía su hermano y le hizo el arreglo a la canción. Fue al Estudio 440, en Nueva York, a grabar el demo tocando él mismo todos los sonidos en un teclado. Juan Luis lo escuchó por teléfono y le enviaron la grabación al hotel donde se hospedaba esa misma noche. A primera hora del día siguiente lo llamó.

―¡Chichov!―Juan Luis y la cantante Maridalia Hernández rusifican su apodo recordando al orquestador Rimsi-Kórdakov, maestro de Stravinski―. Eso es lo que yo andaba buscando. Vamos a grabar mañana.

Cuando te beso, escrita por Juan Luis, es una canción rebosada de sensualidad, a lo que también influye el solo de violonchelo de la introducción. Luego Juan Luis canta «Cuando te beso/ Todo un océano me corre por las venas/ Nacen flores en mi cuerpo cual jardín/ Y me abonas y me podas, soy feliz...Y un gemido se desnuda y sale de tu voz/ Le sigo los pasos y me dobla el corazón...».

José Antonio, que allí solo tenía picoteos como instructor de piano y tocando el órgano en una iglesia los domingos, ganó por primera vez cuatro mil dólares «que no los había visto juntos nunca». El arreglo le permitió alquilar un piso en el mismo estado e independizarse, pero aún faltaba la nota que impulsaría su carrera.

El tenor italiano Lucciano Pavarotti y José Antonio Molina.
El tenor italiano Lucciano Pavarotti y José Antonio Molina. ( )

En 1993 Raúl di Blasio ofreció el concierto «En tiempo de amor» en el Teatro Nacional. Josefina Miniño se encontró con él y, sin conocerse previamente, le habló de José Antonio. Le anotó el teléfono en un papel, que el pianista guardó en su chaqueta quizá por cortesía. Poco después Raúl iba a Argentina y tuvo diferencias con su arreglista, Jorge Calandrelli. Estaba a punto de grabar Piano de América II, no tenía arreglista ni director y ya había dado un adelanto a la London Symphony Orchestra para la grabación. En el aeropuerto encontró en los bolsillos el papel que Josefina le había dado y llamó a José Antonio para ofrecerle el trabajo. A su regreso a Estados Unidos, unas dos semanas después, se lo llevó a su casa en La Florida.

―En una semana hice doce arreglos... durmiendo solo lo necesario ―recuerda El Tigre, como le dice Di Blasio―. Me metía en un cuarto y Van der Horst pasando la música. Yo escribo, él copia, yo escribo, él copia.

Piano de América II salió a la venta en 1994. Di Blasio se presentó luego en el Braward Center for the Performing Arts de La Florida y fue José Antonio quien lo dirigió. Emilio Estefan estaba en el público y fue entre bastidores a hablar con él. Quería que dirigiera el concierto de Gloria Estefan en El Vaticano, por el aniversario 50 de la ordenación del Papa Juan Pablo II, en menos de un mes. Así lo hizo y Emilio Estefan se convirtió en un padrino para su carrera como arreglista y productor en momentos en que Miami era el centro de las producciones discográficas latinas.

José Antonio fue arreglista y condujo la orquesta del disco Di Blasio Latino, de 1995, producido por Phill Ramone, a quien ya había conocido en los estudios de Emilio Estefan. Y ahí se abrió otra puerta. Lucciano Pavarotti había contratado a Phill para producir el cuarto concierto Pavarotti and Friends y el tenor italiano quería un conductor que pudiera dirigir música clásica, pero también popular. Al ver a Molina, Ramone creyó que era el indicado. El dominicano pensó que solo estaría en el Pavarotti and Friends de 1996, pero fue director y arreglista principal en los seis conciertos que siguieron ―desde 1998 hasta el último en 2003―. Tuvo una relación cercana con el Maestro Pavarotti, quien siempre pensó que José Antonio había puesto Arianna a su niña ―que a veces iba con él a los ensayos― en honor a la ópera Ariadne auf Naxos de Strauss. También trabajó con Pavarotti, Plácido Domingo y José Carreras en un concierto de Los Tres Tenores en China.

Aunque el Maestro Molina no logró una plaza como asistente tras la competencia de 1990, cuatro años después se convirtió en el director de la Palm Beach Symphony, primer dominicano en ser el titular de una orquesta sinfónica en Estados Unidos. Fue entonces cuando se mudó a Miami, donde también dirigió la Florida Symphony y la Miami Latin Pops Orchestra y consolidó su faceta de arreglista, participando en producciones con Di Blasio, Gloria Estefan, Julio Iglesias, David Bisbal, Ricky Martin, Thalía, Alejandro Fernández, Cristian Castro y otros artistas españoles y latinos.

Un día, mientras hacía unos arreglos para el disco Azul, con Cristian y Kike Santander, el productor, José Antonio se sentó al teclado y empezó a tocar una melodía que había compuesto sin pretensiones de grabarla porque no se considera autor de canciones. A Cristian Castro le atrajo la música y le pidió que cantara la letra. Si pudiera le encantó y la incluyó en el disco, pese a algún resabio de Santander: Si pudiera/ Yo nadara como un pez/ Entre tus venas/ Si yo pudiera/ Hoy cambiaría mis sonrisas/ Por tus penas.../ Si pudiera/ Te llevara a algún rincón/ Cerca del cielo/ Donde la lluvia/ Y un arco iris/ Se confunden en un beso/ Cada mañana/ Tenerte aquí/ Para decirte/ Que te quiero...

Es la única canción que ha compuesto el Maestro Molina y asegura que no es producto de ninguna experiencia personal, sino de la generalidad de amores o sueños imposibles que cualquiera podría vivir. A nivel discográfico, ha producido Caribbean Gems y Caribbean Treasures, arreglos sinfónicos de temas dominicanos de merengues y boleros.

José Antonio afirma que la música popular corre por sus venas y considera que su flexibilidad como artista, por la influencia de sus padres, ha sido determinante: si fuera un músico exclusivamente clásico quizá nunca hubiese llegado a Pavarotti ni hubiese sido arreglista popular, lo que para él ha sido una fuente de ingresos importante. Su gran manager ―nunca ha tenido uno― ha sido su trabajo, desde Di Blasio. Por eso dice que ninguna tarea se puede tomar con ligereza porque cada cosa que un artista haga con rigor, aunque no sea el centro de su vocación, puede abrirle otras puertas. La impresión que causa en sus espectadores ha sido su leitmotiv para nuevas oportunidades. Está en deuda con la música popular, pero su razón de vida es la clásica.

―Cuando yo estoy trabajando la música de los grandes maestros pasa algo visceralmente en mi alma y en cada parte de mi cuerpo que no pasa haciendo ninguna otra música. Es una experiencia inolvidable―, contaba José Antonio la tarde del té.

Sus hijos viven en Estados Unidos y no han seguido sus pasos en el arte: los mellizos son farmacéuticos y Arianna ―madre de Camila, su pequeño amor de dos años que le dice «Amazing Abo» cuando lo ve o habla con él por videollamada― estudia terapia del habla. Que se dediquen a otros oficios no es algo que le afecte pues José Antonio no recomienda a nadie, aún si tuviera talento, dedicarse a la música si puede entender su vida sin ella. Él no es capaz.

Tras haber hecho carrera en el extranjero, aunque con idas y venidas frecuentes para presentaciones en el país, a José Antonio le tocaba volver al puerto de origen. En 2009 fue designado Director Titular de la Orquesta Sinfónica Nacional de la República Dominicana.

José Antonio Molina Miniño es el Director Titular de la Orquesta Sinfónica Nacional desde 2009.
José Antonio Molina Miniño es el Director Titular de la Orquesta Sinfónica Nacional desde 2009. ( )

En la pausa del ensayo de Guillermo Mota, algunos músicos se acercan a José Antonio para conocer su impresión sobre cómo han tocado ―aunque hable durante las pruebas, su oído identificaría cualquier sonido que no se toque como va― y él elogia el trabajo que han hecho. Si tuviera correcciones para un músico, siempre hablaría con él a solas. Luego se aproxima el joven director:

―Muy bien, papi―, le dice el Maestro a Guillermín, como le llama, con una cercanía un tanto paternal.

Cuando van a grabar los cortes para la telefónica con el Maestro Molina eligen el segundo nivel del Teatro, con unas lámparas circulares de luces amarillas de fondo. Esta tarde José Antonio viste un jersey azul marino de mangas largas y cuello alto y pantalones jeans oscuros. Se aclara la garganta, se peina con las manos ―grandes y con los dedos largos―, apoya un codo en la barandilla y empieza a responder, reiterando que la música clásica no es arte para élites.

―El acceso a la música clásica pienso que es un derecho que tiene cada ciudadano dominicano. No es un privilegio ―afirma―. Es un deber nuestro llevar la Orquesta a todos los sectores de la sociedad dominicana, a escuchar música clásica, música universal.

Lograr que la música clásica sea cada vez más escuchada en el país es uno de sus anhelos. Y avanza algún paso cuando dirige la Sinfónica fuera del Teatro ―como en los Conciertos Altagracianos que patrocina el Banco Popular en la Basílica de Higüey― o cuando lo hace con su propia orquesta, la Filarmónica Molina. El primer día de diciembre se presentó con ella en una abarrotada Plaza España, en la Zona Colonial de Santo Domingo, en un concierto que arrancó interpretando su composición Obertura Yaya ―así le dice a su amiga Maridalia Hernández, a quien está dedicada―. Era la segunda edición del concierto gratuito, promovido por la Alcaldía del Distrito Nacional y el periódico Listín Diario, y Maridalia interpretó canciones populares con arreglos sinfónicos y, entre esas piezas, «Salsa pa’ tu lechón» con el carismático merenguero Johnny Ventura, quien la canta originalmente.

Si le pusieran a leer con un prompter, José Antonio se pondría nervioso. Aunque a veces lee algún discurso, preferiría improvisarlo o aprenderse de memoria las notas que toma a lápiz ―cuando compone música también lo hace a mano― pues entiende que así tiene menos margen para equivocarse... como al dirigir se siente al control dominando cada nota de la partitura.

Al regresar a la sala termina el ensayo y le dice a Guillermo Mota que el repertorio es fresco y siente que la Orquesta lo está disfrutando. Y esta es una de las muchas cosas que a Margarita Copello, presidenta de Sinfonía, le gustan de José Antonio: «Él no es egoísta con su obra, con su dirección. Les da oportunidad a otros... Le da paso a la juventud».

Aunque hay músicos en la Sinfónica que ya la integraban cuando José Antonio debutó en 1984, hay también muchos jóvenes, como Guillermo y Santy Rodríguez, quienes han ido aprendiendo técnicas de dirección con una orquesta de más de 80 miembros, ventaja que no tuvo el Maestro Molina en sus inicios.

―A la juventud con talento o te la tiras en las narices o hay que abrirle campos ―opina Josefina Miniño―. A él (José Antonio) le encanta darle oportunidades porque él fue casi una víctima de eso.

Cuando Santy Rodríguez estudiaba flauta en La Vega, con 12 años, lo llevaron a un concierto conducido por Molina. No conocía mucho de la música clásica, pero en ese momento pensó que quería ser como ese director. Luego de que estudiara flauta en España, su mecenas, Arelis Rodríguez ―quien también le abrió algunas puertas al Maestro desde sus inicios― lo puso en contacto con él. José Antonio lo integró a la Orquesta como practicante y hace dos años entró formalmente como director residente.

―Es una persona sumamente respetuosa con el oficio ―afirma Santy de José Antonio, a quien ve como un padre, en la música y en la vida―. Súper trabajadora, súper disciplinada. No se conforma... él quiere más, pide más, pide más, pide más. Con una coherencia exquisita a la hora de interpretar cualquier tipo de repertorio.

Al terminar un ensayo, José Antonio reconoce con aplausos a la Orquesta, para la que es no sólo director, sino también líder. Es muy afable y cercano con los músicos, pero por el respeto que le tienen ninguno de los jóvenes lo tutea y cuando algún intérprete llega un minuto tarde al ensayo, encontrando al director en el podio, debe esperar la pausa para integrarse. Si surge un problema de disciplina en el grupo, José Antonio lo resuelve sin titubeos. Camelia Pérez Vidal, su asistente desde 2009, cuenta que en todo momento está presto a ayudar a los músicos, que nunca salen de su oficina con una respuesta negativa.

Durante casi dos décadas la dirección artística y musical del Festival Musical de Santo Domingo ―creado por la Fundación Sinfonía, entidad que administró la Orquesta Sinfónica Nacional desde 1990 hasta 2002― estuvo a cargo de directores extranjeros. Pero la undécima edición del festival bianual, en mayo pasado, la dirigió el Maestro José Antonio Molina. En 2007, para el décimo aniversario del Festival, había compuesto la Fanfarria Novis Tempuris para percusión y metales y dirigió un concierto con el trompetista Arturo Sandoval. Y en 2015, como preludio a su designación como director musical, condujo el concierto de clausura con un repertorio de Strauss, Ravel y Tchaikovsky con su Sinfonía no.6 en Si Menor.

―Es un gran director ―comenta Margarita Copello―. Transmite la música. Tiene esa facilidad de transmitir y los músicos le escuchan. Le obedecen. Es un placer verlo dirigir. Y yo creo que es una gran suerte tener una persona como él.

Para estrenarse como el primer dominicano en dirigir el Festival Musical de Santo Domingo, el Maestro incluyó en el repertorio la Sinfonía no.9 de Beethoven, su compositor favorito, para interpretarla con un coro creado desde cero para la ocasión... porque a José Antonio le apasionan los retos, no la comodidad. La soprano Paola González y Elioenai Medina ―director del Coro Nacional y pianista que también considera al Maestro como un padre musical― duraron cerca de un año formando el coro y unos cuatro meses ensayando con esmero para que José Antonio no tuviera detalles que corregir.

―¿Y al final no los encontró?

―¡Sí, claro!, admite Elioenai entre risas.

La noche de la Novena José Antonio no sólo llevaba la partitura en las venas; también sabía de memoria el Himno a la Alegría y lo cantaba junto al coro, mientras giraba sobre el podio en las puntas de sus zapatos lustrados o saltaba cuando la música iba in crescendo. Aunque no habla alemán aprendió con un coach la pronunciación y el significado de cada verso; igual hace con las óperas, como cuando dirigió La Bohème de Giacomo Puccini o Cavalleria Rusticana.

―Él tiene un sabor dominicano que también me gusta. Su forma de sentir la música, como nos gusta aquí sentir la música, tiene un toque especial que yo creo que es importante, que todo director tiene, dependiendo de dónde viene, su sabor... auténtico―, cuenta doña Margarita, para quien el artista es también una persona entrañable... nunca olvida el momento en que salió de una cirugía de rodilla, hace unos diez años: cuando entraron a verla sus hijos, ahí estaba José Antonio, como un miembro más de su prole.

José Antonio conduce su último concierto de la Temporada Sinfónica, el miércoles 4 de octubre.
José Antonio conduce su último concierto de la Temporada Sinfónica, el miércoles 4 de octubre. ( )

José Antonio es un aficionado de los carros deportivos ―preferiblemente negros, aunque su color favorito es el blanco―, del buen trago y de los animales. Desde que eran niños, él y su hermana Evangelina siempre tenían mascotas, pese a que ella es alérgica a los perros y a su madre no le gustan mucho. A Poochi ―un Cavalier King Charles Spaniel inglés― lo eligió para Arianna, pero se lo trajo de Miami cuando regresó al país. Era muy apegado a su hija y a Carolina, pero él es quien representaba la figura protectora cuando el cachorro sentía miedo.

Aquel lunes previo al concierto, Carolina lo llevó al veterinario, pero el diagnóstico esperaría hasta el jueves porque el entorno del Maestro Molina lo aísla de cualquier situación que turbe su paz en los días previos a una presentación. Él irá entrando en su trance sin saber que Poochi no está respondiendo bien a los antibióticos. Al día siguiente, mientras se sienta desbordado de felicidad por el éxito de su concierto, tendrá que lidiar también con la tristeza: el veterinario le dirá que lo mejor es «dormirlo». No se despedirá de su Puccini porque prefiere recordarlo alegre, con los ojos vivos y a sus pies mientras estaba en el piano.

―Yo veía en los ojos de Poochi la incondicionalidad de un amigo ―dirá José Antonio luego de asimilar el dolor―. Y me sentía totalmente invulnerable.

El ensayo final del último concierto del Maestro Molina en esta Temporada Sinfónica fue el mismo miércoles, hasta las 11:35 de la mañana. Nunca antes habían terminado la prueba en apenas hora y media, señal ―afirma José Antonio― de lo «bien montado» que está. Ahora se irá a casa, descansará toda la tarde y tomará una sopa de vegetales antes de volver al Teatro Nacional diez minutos antes del inicio.

A las 8:00 de la noche ya hay mucha gente en el lobby del Teatro. Dos niñas, con el programa de la Temporada Sinfónica en las manos, se hacen fotos con un móvil frente a un busto de Beethoven y una señora que parece ser su abuela, de pelo gris con un corte a lo garçon, se les acerca. Un fotógrafo toma algunos retratos de las tres y cada quien sigue su camino. A las 8:20 los asistentes empiezan a ocupar sus asientos en la Sala Carlos Piantini; los músicos se han ido organizando en el escenario. A las 8:40 José Antonio Molina y Jie Chen salen y empiezan a interpretar el Concierto no.2 para Piano y Orquesta de Rachmaninov. No es la primera vez que están los dos en el mismo escenario: ya han tocado juntos en una presentación con la Qatar Philharmonic, con la que José Antonio ha dirigido tres veces, la primera de ellas con Fantasía Merengue, su composición.

Cuando el conductor gira a ver a la concertista tocando sin partitura, sonríe. Jie ha ganado más de diez certámenes de prestigio, entre ellos los concursos internacionales de piano Van Cliburn, Paloma O’Shea y Arthur Rubinstein, el pianista que más admira el Maestro Molina. Al final de la noche ella le dirá que nadie la había dirigido de memoria en una pieza de Sergei Rachmaninov. A las 9:15 termina la primera parte y el auditorio despide a la concertista con un aplauso de casi dos minutos.

José Antonio Molina, de frac y zapatos brillantes, vuelve al escenario a las 9:32, tras el intermedio, y empiezan a tocar los Cuadros de una Exposición de Mussorgsky. En ocasiones va de un lado a otro en el podio como si estuviera contemplando una pintura, sus labios se mueven como el pico de un polluelo cantando o cierra el puño izquierdo como si llevara una linterna en la mano recorriendo las Catacumbas de París. Cuando entran los platillos da unos saltos sin perder la cadencia de sus movimientos y al terminar se queda unos segundos más de espalda para recuperar el aliento. Son las 10:02 de la noche y el Maestro sale del escenario para volver enseguida, hacer una reverencia, ir de nuevo al lateral izquierdo y regresar a agradecer las ovaciones de unos tres minutos de su público, que ya está de pie, hechizado.

―Cuando voy es como si Dios me llevara a dar un paseo por el cielo, infinito, porque me llena, me llena ―dice Josefina Miniño sin disimular su orgullo― ¿Y yo tuve este vientre con este niño que está ahí tocando?... Yo soy su primera admiradora... jamás pensé que iba a tener una cosa igual, un hijo tan virtuoso.

Al final del concierto Josefina va a verlo entre bastidores. «¡Mi hijo!», le dice, eufórica, y lo abraza con fuerza. A la salida del Teatro Nacional se ven en el cielo varios nubarrones y apenas se atisba alguna estrella. Es una noche cálida y húmeda de otoño y José Antonio irá a cenar con Carolina, Jie Chen y algunos músicos. Lo que suele ―y prefiere― hacer tras un concierto tardará un poco más: ir a casa, sentarse en el balcón y tomar un trago de Glenlivet con hielo mientras deja escapar al duende, aunque tenga que esperar los primeros colores de la aurora.

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