El kitsch nuestro de cada día
Kitsch se denomina a la categoría estética que define el mal gusto, lo pretenciosamente bello y enfáticamente ridículo. Ejemplos: esas figuritas de yeso que pretenden representar ángeles; las flores plásticas imitaciones de las naturales; la ramplonería de las canciones de Arjona; el humor pedestre de algunos programas de televisión que han saltado a la pantalla grande de los cines; las parlotadas de esos entusiastas izquierdistas de café con leche, de los programas radiales matutinos, que nunca serían capaces de sobrevivir una semana sin democracia ni carne roja. Pues sí, pues sí, vivimos rodeados de kitsch. A veces uno mismo cae en lo kitsch por mucho que se trate de proteger. Sea en la manera de vestir, con tal de ser políticamente correctos o en el silencio dramáticamente ridículo ante muchas cosas que quisiera decir.
La lista del kitsch nuestro de cada día es ardua. ¿Recuerdan aquella aciaga fecha que nos nacieron un mono con testículos (que otros más ridículos exigieron cortarlos), un elefante, una araña, todos de piedra en el denominado Zooberto? Ese día el kitsch nacional ascendió a grados récord. La gente lo criticó con entusiasmo casi coreano, pero su creador, un hombre que llegó a la alcaldía después de pasar por el arte del humor, se hizo el desentendido.
El kitsch es un virus bastante generalizado dentro de muchos de la clase política, de los nuevos ricos y de los regaetoneros. Observe usted cómo visten: unos grotescamente almidonados, otros como adefesios y terceros con absurdo sentido de lo estrafalario. He visto señoras encopetadas con vestidos que más parecen bizcochos de quinceañeras, que casi siempre ostentan el título de los Guinnes en cuanto a kitsch. He visto esa moda angustiosamente patética de los que enseñan los calzoncillos hasta más abajo de las nalgas. En fin... uno lo más que puede hacer es reírse de ellos.
Hay otros que son esencialmente ridículos con el dinero nuestro, como esos bustos de héroes que lejos de homenajear son una afrenta para las figuras históricas a quienes están dedicados. El más reciente busto que vi inaugurar a bombo y platillo fue el ¿Luperón? en la confluencia de la Ave. Luperón y la Anacaona.
Hace tres noches vi avanzando por la 27 de febrero, una patana con la torre Eiffel encima. Era una torre Eiffel que hubiese sido una vergüenza para Gustave Eiffel. Pensé que iría camino a Metaldom. Provenía no de París, sino de la Lincoln con Independencia, del exterior de una discoteca abierta allí, de dudoso origen –según las malas lenguas–que hasta hace muy poco tenía tremendo éxito, y de pronto dizque quebró. Vendían la caricatura de torre Eiffel en dos millones, y según el comprador –el alcalde de Santo Domingo Oeste– fue por mucho menos que eso. Pero no con su dinero personal. No con su salario. Sino con el de los contribuyentes. Dinero que debió ser destinado a ayudar a las víctimas del diluvio regional que afecta el norte del país, por ejemplo.
Alerta: el kistch nuestro de cada día crece como la basura en Duquesa.
alfonsoquinones@gmail.com
Alfonso Quiñones
Alfonso Quiñones