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VIDEO | El Sol nunca se apaga

La historia entre El Show del Mediodía y Wifrido Vargas

Nunca me he considerado particularmente esotérico o metafísico, pero cuando pienso en El show del mediodía, resulta imposible ignorar el halo de magia que lo reviste. De este fenómeno se ha hablado mucho: ¿causalidad, suerte o destino? No recuerdo quién dice “los pájaros de la casualidad” para aludir al delicado hilo conductor que se teje entre puntos esenciales de la vida, como si una inteligencia superior narrara los sucesos que se conectan de forma sutil pero fundamental, y organizara el caos para hacer del vuelo de mil aves una coreografía magistral.

Tras el estallido de la Guerra de Abril del 65, llegué a Santo Domingo como un exiliado de mi casa, Altamira. Siendo un joven apenas, cargaba la música a todas partes como un refugio. Y de tanto refugiarme en ella di con la idea de llamar un buen día, a la hora indicada, a mi primo Ulises Polanco. ¿Cómo iba yo a saber que él era amigo de Jose Augusto Thomén? ¿Cómo anticipar esa llamada como la primera de las fichas del dominó universal que sería la plataforma para la carrera musical de Wilfrido Vargas? Imposible de calcular, pero así sucedió.

En el momento justo y con toda insistencia de mi parte, mi primo llamó al señor Thomén, quien pidió que enviaran al joven talento a la Publicitaria Retho, fundada por René del Risco Bermúdez, para que estuviera en El show del mediodía.

En ese momento, este programa televisivo ya sentaba las bases de una verdadera clase intelectual, allí estaba la crema y nata de la cultura dominicana, gestores del nuevo pensamiento del país, gente que desempolvaba ideas necesarias, una ventana indispensable; eran un equivalente mediático al Ministerio de la Cultura. Por eso lograron, con su creatividad y su talento, incidir tanto en nuestra ciudadanía.

Antes de ellos y desde que yo había dejado Altamira, nunca sentí un hogar, hablando en términos mediáticos y musicales, como El show del mediodía. Así como una casa vacía y desolada no es un hogar; tampoco lo es un nómada que no tiene dónde plantarse para echar raíces y dar sus frutos. Fue en el año 73 cuando el hilo conductor universal me hizo sonar como nunca en la televisión dominicana.

Juntos, Wilfrido Vargas y El show del mediodía generamos una química especial y nos volvimos un hogar; una plataforma de puertas abiertas mas allá del tiempo, como dijo una vez ese genio sin igual de la televisión llamado Ivan Ruíz, quien ha sabido adaptarse con éxito a los tiempos, las tendencias y las corrientes de hoy, para ponerle su sello al programa.

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Claro que esa es mi casa, siempre me sentiré un habitante natural del Show del mediodía, eso ya estaba decidido desde más arriba: soy accionista espiritual y cultural de ese mágico espacio que fue tan mío. No quiero decir con esto que el uno sin el otro no existiría, pero causal o casualmente, como usted prefiera creer, nos unimos en un solo relato, que fue determinante y quisimos contarle y cantarle a toda la República Dominicana.

Mucho le debe el fenómeno musical de Wilfrido Vargas en los años setenta a la que fue una de las plataformas más importantes para su proyección, porque El show del mediodía, al igual que lo fueron las otras iniciativas del mismo grupo empresarial, era indiscutiblemente el programa líder de la época en su horario de emisión. Antes de mi internacionalización, ellos fueron un gran soporte para mi carrera artística. Y por eso les estaré eternamente agradecido.

Dicen que no hace falta con ser el mejor. Muchas veces un atleta entrena durante años y logra desempeños increíbles, pero en determinado momento de una contienda falla en plena competencia. Tales elementos como el “éxito” y el “fracaso” no están necesariamente ligados solo al potencial, al talento, al empuje, la preparación y la cantidad de personas unidas hacia ese mismo fin común. Hay algo que excede todos estos criterios para que ese potencial se mantenga por décadas, algo que suena como un narrador superior con sentido del humor, buen gusto y suma mesura, pues nosotros somos los personajes que representamos su voz etérea en nuestras propias ideas y diálogos.

¿Suerte tal vez? ¿Destino? ¿Voluntad divina? Cada uno responde libremente esta pregunta. Yo, cuando pienso en El show del mediodía, pienso en la palabra “inevitable”. Ellos fueron, son y serán inevitables. ¡Me honra poder felicitarlos para su cumpleaños número 50! Y como si fuera una ecuación celestial, no puedo dejar de pensar que con ellos se hizo mi hogar, porque Wilfrido Vargas también celebra 50 años de carrera artística. Nacimos y nos hicimos en el mismo tomo de este libro que parece de fantasía. ¡Feliz quinta década, brillante como el sol que baña al Show del mediodía!

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