CULTURA
| 30 OCT 2016, 12:00 AM

Jorge Severino, el príncipe pintor


Jorge Severino lee un libro en la sala de su residencia en Santo Domingo el jueves 27 de octubre de 2016.
Jorge Severino lee un libro en la sala de su residencia en Santo Domingo el jueves 27 de octubre de 2016.
20161030 http://www.diariolibre.com

Es una tarde cálida de julio y la tía Gertrudis está en el vestíbulo de un edificio rodeado de cayenas y flamboyanes florecidos en el distinguido sector Bella Vista, a pocos pasos del parque Mirador Sur en Santo Domingo. Como las mujeres de su familia, tiene mirada imponente y porte aristocrático. Su único atuendo es una delicada falda blanca con relieve, un top de cuentas rojas por el que asoman unos pezones muy oscuros y los accesorios tricolores que cuelgan desde su cabeza rapada y sus orejas. Tiene las manos juntas en el regazo como queriendo alejarlas de las dos flores de cayena que reposan a su izquierda y que el calor humano marchitaría con mayor celeridad. La tía Gertrudis es negra como el chocolate puro y las cuentas que le cuelgan del torso son las joyas de la familia, las de sus ancestros africanos, que luce con aires de nobleza... porque en el imaginario subversivo del pintor Jorge Severino la negritud no equivale a exclusión ni a pobreza ni es óbice para divertirse en las noches del Moulin Rouge parisino entre las bailarinas de cancán, ser amante de Henri Toulouse Lautrec o posar para artistas como Gustave Klimt o Alfons Mucha, cuyas musas fueron mujeres de pieles níveas.

―Jorge se ha estado todo el tiempo colocando socialmente a esas negras―, comenta Mary Loly Pérez, una consultora cultural y tasadora de artes visuales que conoce su obra e historia quizá tanto como él: es su admiradora apasionada desde 1975, año en que presentó su primera exposición individual, y su agente y esposa desde la década de los ochenta.

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    Jorge, con cuatro años, empuñando un saxofón.
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    Neney Severino -de pie, cuarto desde la izquierda- y la Orquesta Maravilla.
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    Puerto Plata en la actualidad

El día seis del diciembre de 1935, cuando la ciudad San Felipe de Puerto Plata tenía unos 12,000 habitantes y la República Dominicana no alcanzaba el millón y medio de almas, nació el primogénito de Jorge Alberto (Neney) Severino ―quien fue músico y director de la Orquesta Maravilla―, y de Elena Contreras, quien muchos años después habría de recordar que el niño solía meterse debajo de la mesa a dibujar paquitos para pegarlos en cajas de zapato recortadas.

―A las seis, por ahí, a esa hora, venían los amigos míos, pagaban un chele, y yo se los pasaba cuadrito a cuadrito y les iba diciendo casssshhhh, pummmm, con una vela detrás. Ahí recogía yo cuatro, cinco, seis cheles todos los días; eran muchos.

―Hoy ―repara Mary Loly― se llama performance.

―¿Performance? Sí, es un performance.

Jorge Alberto, el hijo, creció en una época en la que los niños de todas las clases sociales acudían a la misma escuela porque no había educación privada. La diferencia de clases en la convivencia del pueblo solo se sentía cuando los clubes de alta sociedad de Puerto Plata ofrecían bailes, pero no existían complejos que les impidieran a jóvenes de clases media y baja pararse en el parque a observar desde allí esas fiestas. Para Jorge era, más bien, diversión.

Neney tocaba el contrabajo ―bautizado como Marilyn y que Jorge conserva― y quiso que su hijo también fuera músico: en una foto en la que tenía cuatro años aparece empuñando un saxofón y llegó a tomar clases de piano. Con nueve años fue por primera vez de noche al Teatro Apolo a ver una película a color con un jovencito cuatro años mayor que tocaba el piano en la Orquesta Maravilla con su padre: Rafael Solano. Jugó béisbol hasta que deslizándose para tomar la segunda base se fracturó una pierna y estuvo unos seis meses enyesado desde el torso en el Hospital Militar Profesor Marión ―un tío materno era médico y capitán―. Y por las vacaciones los muchachos de su generación iban en trullas cada día a bañarse al mar Atlántico para terminar la temporada de asueto con las espaldas tostadas y el pelo achicharrado por el sol candente de verano.

Jorge Severino, el príncipe pintor
Jorge Severino en su residencia el jueves 27 de octubre de 2016.
Jorge Severino, el príncipe pintor
En 1968 Jorge ganó el segundo Premio de Pintura del Concurso de Arte Eduardo León Jimenes con La Oración

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Jorge Severino, el príncipe pintor
Cándido Bidó, Guillo Pérez, Elsa Núñez y Jorge Severino

Jorge tiene la piel canela y lleva barba circular y coleta corta en su pelo de tonos negro y plateado, amarrada a la nuca. Mide seis pies y dos pulgadas de estatura y a punto de cumplir 81 años luce una figura estilizada que realza aún más con un bastón ―complemento que usa desde su juventud ―y con el encanto de hombre caribeño que siempre saluda a las damas con dos besos.

Sobre las cuatro de la tarde de un sábado Jorge se está vistiendo ―un jersey blanco como los que usa en el taller, pantalón grisáceo y botas negras― para salir a la sala de la casa, en un décimo piso desde el que se puede contemplar el Mar Caribe justo desde el ángulo de la butaca en la que se ha sentado. Pero ahora evoca a su Puerto Plata natal, bordeada por otro océano, en un domingo cualquiera en que veía desfilar rumbo a la Chorcha ―una iglesia evangélica― a mujeres negras ataviadas de blanco, a las que llamaban inglesas porque habían llegado desde las islas del Caribe inglés. Y dirá que la autobiografía marca mucho la obra de un artista, que el recuerdo de esas señoras influyó en las negras vestidas de blanco impoluto que ha pintado y que no hay manera de escapar de cuanto has visto en la vida.

De esa imagen surgió La Oración, un cuadro que muestra a una anciana sonriente con el pelo recogido en un pañuelo y sentada sosteniendo un rosario sobre la falda blanca, mientras detrás se vislumbran siluetas de personas pasando por la calle. Sus habilidades con el pincel las había adquirido por cuenta propia, pero con esta obra ganó el segundo Premio de Pintura del Concurso de Arte Eduardo León Jimenes de 1968. Entonces, ya premiado y acogido por artistas consagrados como Ramón Oviedo, Guillo Pérez ―ganador del primer galardón con Imagen del Río Yaque―, Elsa Núñez y Cándido Bidó ―quien obtuvo el quinto lugar con El Viaje―, se sintió realmente un pintor.

―Le pusimos El Príncipe, y se le ha quedado El Príncipe, porque estaba elegante, alto―, dice Elsa Núñez, y refiere que vieron en él a un joven talento que surgía con algo diferente, elevando la negritud, y lo consideraron parte de su generación de pintores, invitándolo a participar junto a ellos en exposiciones colectivas.

Jorge Severino, el príncipe pintor
Jorge Severino en la puerta de su taller en Santo Domingo el jueves 27 de octubre de 2016.

Aunque Jorge se recuerda siempre dibujando ―quizá desde que aprendió a tomar un lápiz―, cuando terminó la escuela pretendía ser médico, se mudó a la capital e ingresó a la Universidad de Santo Domingo. Pero quiso el azar que los cuartos no dieran para terminar la carrera de medicina y de regreso a Puerto Plata, Neney Severino le ayuda a encontrar un empleo como químico en el Ingenio Montellano. Cuando se terminaba la molienda se convertía en pintor... de brocha gorda, dando color a las casas de los empleados, las chimeneas y los camiones Catarey y haciendo letreros en el club del ingenio ―a Jorge le han contado por Facebook que aún conservan las figuras que estampó en las puertas de los baños, siendo un jovenzuelo―. El futuro artista se hizo contable en el Montellano y era muy probable que cada trabajador que entrara a su oficina se reconociera al mirar el cristal del escritorio, pero no en el reflejo sino en las caricaturas a lápiz que Jorge hacía de sus compañeros.

A esa etapa de ocho años debe la única vez que ha estado entre rejas, siendo el secretario general del Sindicato Azucarero en la postrimería de la tiranía trujillista. En las reuniones del sindicato ―en las que participaban otros como él, con simpatías hacia los revolucionarios del 14 de Junio (1J4) y el Movimiento Popular Dominicano (MPD)― se hablaba de la barbarie de la dictadura hasta que algún calié los chivatió. ¿El saldo para Jorge? Alrededor de seis meses de clandestinidad en una finca en Puerto Plata y el terror de dos semanas en prisión en un régimen que hacía esfumar a muchos opositores políticos.

Más tarde se fue a probar suerte a Puerto Rico, pero el primer empleo que encontró fue de aguatero en el muelle ocho de San Juan. Mas ese oficio duro no era lo que la ventura le aguardaba allí: luego entró como contador a una empresa, claramente una labor más confortable. Trabajando con la caña hasta que sus mieles se convertían en azúcar, entre libros contables o llenando cubetas de agua, Jorge nunca dejaba de dibujar y pintar. La mayoría de las obras de entonces se quedaron en Puerto Rico, pero al regresar ―dos años después― su afición tomaría otro camino hasta descubrir que su proyecto artístico estaba en sus orígenes y en su pueblo.

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Hospedado en el Hotel Comercial en la calle El Conde y buscando una pensión para mudarse se encontró con David Kauffan, un amigo norteamericano que se había casado hacía poco ―y con quien Jorge, miembro del 1J4, se había quedado unas dos semanas cuando salió de la Zona Colonial al estallar la Revolución, antes de irse a Puerto Rico―. Vivía en una casa amplia y le pidió al pintor que se fuera a vivir con ellos.

―Él me dio una habitación grande ―rememora Jorge―. Ahí había una mesa de dibujo, de esas que usan los ingenieros, y ahí fue que yo comencé a hacerles los retratos a los gringos, que los cobraba a 75 dólares cada uno, ¡que eran unos cuartos!

Esos gringos eran soldados de la invasión norteamericana que desembarcó cuatro días después de estallar la Revolución de Abril de 1965 para apoyar a los partidarios del golpe de Estado de 1963 ―quienes desde entonces llevaban las riendas del país― y sofocarla. Les entregaban fotos de carnet ―de ellos, de sus novias, de sus esposas ― y Jorge jugaba pintando un cuadro al pastel, de cuerpo entero, vistiendo a los personajes con smoking o elegantes trajes de novia que quizá nunca usarían. Con las ganancias fue a comprar materiales a la tienda Pol Hermanos ―en la calle El Conde, frente al Parque Colón― y empezó a pintar cuanta cosa se le ocurriera hasta que un día su amigo David le sugirió llevarle los cuadros al crítico de arte y poeta don Pedro René Contín Aybar, quien escribía para Listín Diario. Cuando los vio dijo que estaban bien, pero estaban pintados en seis u ocho estilos distintos. El sábado siguiente, Contín Aybar le dedicó un artículo ―Un aficionado a la pintura que no ha decidido todavía darse a conocer al público―, Jorge compró unos treinta ejemplares del periódico y algunos de ellos los conserva sin siquiera abrir.

Paralelo a esa búsqueda de identidad en la pintura, trabajó en el Banco Central de la República Dominicana y como gerente financiero de la división local de la multinacional NCR ―fundada en 1884 y con sede en Dayton, Ohio―.

Jorge ya contaba su tercer matrimonio cuando la NCR lo envió a tomar clases del lenguaje de programación RPG, que era el utilizado en las computadoras de la tercera generación de IBM, la empresa rival. Cuando tomó el examen para la admisión sorprendió a la maestra al terminarlo perfectamente en el mínimo de tiempo.

―Yo quiero invitarla esta noche o una noche que usted decida―, se aventuró Jorge al final de una de las clases.

―¿Y para qué? Yo no salgo con alumnos―, respondió ella, Mary Loly. Aunque lo consideraba atractivo ―buenmozo, dirá― llevaba un tiempo divorciada y desconfiaba de las intenciones de cada hombre que se le acercara. Y fue tan cortante que Jorge dice que le bajó los humos y no se atrevió a invitarla más, aunque su obra ―sin él saberlo― sí.

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Mary Loly cuando era bebé.
Jorge Severino, el príncipe pintor
Mary Loly revisa carpetas de fotos de otras épocas.

Cuando Severino apenas gateaba en Puerto Plata, a mediados de 1936, un golpe de Estado ponía fin a la Segunda República Española y estallaba la Guerra Civil que concluiría con el ascenso al poder del dictador Francisco Franco en 1939. Mary Loly ―la primogénita del matrimonio entre Aurora Fernández Avella y Hermenegildo Pérez García― nació en Asturias un año después. La posguerra estuvo marcada por la escasez, y, por tanto, por el racionamiento de los productos básicos. Cuando tenía siete años murió la abuela materna y al funeral fue un tío que vivía en Puerto Rico, Manuel Fernández Avella. Al ver algo desmejorada a su hermana Aurora ―que había estudiado medicina y trabajado en el Hospital Psiquiátrico La Cadellada de Oviedo― le propuso que viajaran ella y sus tres niños a Puerto Rico con él, y que desde allí gestionara el reencuentro en la isla con su marido Hermenegildo, que estaba militarizado en una fábrica de armas.

En Puerto Rico vivieron unos seis meses ―los niños ya estaban en la escuela y a Aurora le habían ofrecido un empleo en un hospital psiquiátrico― hasta que vinieron a República Dominicana a esperar los permisos requeridos para quedarse en tierras boricuas. Pero encontró amigos de su pueblo natal en Santo Domingo y se enteró que abrirían una fábrica de armas en San Cristóbal ―lo que significaba oportunidad de trabajo para su marido, el padre de Mary Loly―, por lo que se quedaron aquí. Era 1948 y él llegaría después, tendrían la cuarta hija, trabajaría un tiempo en la fábrica de armas y luego se iría a dirigir una de clavos de la familia García San Miguel ―fundadora de la Ferretería Americana―, donde estuvo hasta su retiro.

Jorge Severino, el príncipe pintor
Mary Loly y Jorge Severino en la sala de su residencia el jueves 27 de octubre de 2016.

Mary Loly de Severino ha vivido enamorada del arte desde que iba muy niña a las exposiciones y al teatro con su madre; y ya adulta lo ha promovido en La Galería ―pinacoteca que tuvo por más de 20 años, impulsando a jóvenes artistas― y difundido desde el programa televisivo Artes Visuales, donde entrevistaba a pintores y coleccionistas de diversos países entre 1991 y 2006.

Lleva el pelo a lo garçon y es muy blanca ―Fernando Ureña Rib definía a Jorge como un pintor de contrastes, por la combinación entre las mujeres negras y las ropas y fondos claros en su obra...―. Y ahora, pasada la medianoche de un día de septiembre, en el estudio de su casa, Mary Loly recuerda entre risas que no había reparado en diferencias de colores de piel hasta que en el colegio le dijeron “desteñida”, ―aquí, donde es común identificarse como indio o blanco por más que se tenga el negro tras la oreja... ya lo escribió Juan Antonio Alix―.

―Y me sacó a mí―, dice un Jorge coqueto sentado a su izquierda, con un Chivas con hielo en la mesa, mientras le toma de la mano.

Mary Loly asistía a clases de pintura en el estudio de Pedro García de Villena, profesor de la Escuela Nacional de Bellas Artes, y llevaba sus trabajos a enmarcar a la Galería Auffant, en la Calle El Conde. Un día, al llegar, un cuadro le atrajo.

―¿Y éste quién es?―, preguntó al empleado de la galería que le acercó la obra.

―Jorge Severino.

―¿Jorge Severino? ¿Por casualidad él trabaja en la NCR?

―No sé. Él pinta y trae sus cuadros aquí.

Noches después, en una exposición en la misma Galería Auffant, se encontró con el crítico de arte Humberto Soto Ricart, quien al verla la invitó a conocer al artista que le iba a “tumbar la quijada a todo el mundo”. Era lejos, en la Galería Otero ―en la avenida Gustavo Mejía Ricart, donde hoy está la panadería y repostería árabe La Libanesa― y se fueron en el carro de Mary Loly. El pintor ―que el año anterior había ganado el tercer premio de la XIII Bienal Nacional de Artes Visuales con un cuadro de una mujer negra vestida de blanco― estaba montando la exposición que al día siguiente inauguraría la galería cuando escuchó que tocaban la puerta y fue a abrir.

―¡Oh, profe!―, dijo Jorge, asombrado.

―¿Él es que pinta?―, cuestionó Mary Loly a Humberto.

―Sí, ―le confirmó― él es el pintor.

Cuando Mary Loly recuerda la noche en que conoció a Jorge, el artista, ríe y comenta que al día siguiente llevó a unas amigas y a su profesor de pintura a la exposición, pues al ver las obras, le fascinó... ¿el pintor?

―Yo le fasciné―, aclara Jorge, en un tono encantador de altivez.

Dos años después, en 1977, Mary Loly había dejado CECOM, la empresa en la que trabajaba cuando conoció al pintor, y entrado a la NCR como ejecutiva de cuentas. Aunque fue el propio Jorge quien habló maravillas de ella al gerente, llegó a percibir que él sentía cierta suspicacia porque la contrataron para un puesto muy privilegiado y, además, el viaje que solía ganarse cada año, y que esa vez era a Rio de Janeiro, fue para ella.

―Ahí vino el recelo grande, ―comenta Mary Loly, convencida― pero él como quiera tenía su mala intención conmigo.

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Y como se entendían en el arte, cuando él recibió la invitación para participar en la Primera Bienal Latinoamericana de São Paulo con el tema Mito y Magia, en 1978, fue a ella a quien acudió. Quería ir a una botánica y ella lo llevó a visitar las del mercado de la Avenida Mella. La tienda podía llamarse Anaísa y allí le sedujo la oración Santa Marta la Dominadora, a la que rezan ―en general― mujeres despechadas. Marta es una de las deidades de la División Guedé ―liderada por el Barón del Cementerio― del vudú dominicano.

En el texto Breve Introducción al Vudú, el escritor Carlos Esteban Deive dice que a principios del siglo XVII en la América Española se invocaba a Santa Marta la Dominadora (Foto anterior), que se habría originado por el año 1,400 en África cuando amansó una serpiente que estaba a punto de asfixiar un niño. La oración, según Deive, busca remediar necesidades, proteger de daños y lograr la fidelidad del esposo. Para entonces, el profesor Manuel Marino Miniño afirmaba que la introducción de Santa Marta en el sincretismo religioso católico-vudú dominicano era reciente en 1978, de no más de 50 años, probablemente traída por inmigrantes de las Islas Turcas que llegaron al país por Puerto Plata.

Jorge quiso conocer más de la santa y fue con Mary Loly donde el profesor Manuel Miniño; y con él, a visitar altares. En el primero había piedras, huesos, calaveras y mierda de paloma... y no les gustó. En el segundo, de una señora llamada Luz, Jorge se encandiló con un altar a la división liderada por Ogún ―apellidado Balenyó en el vudú, una encarnación del guerrero valiente y apadrinado por el Santiago Apóstol católico― y supo que para ofrendar a Santa Marta se necesitaba aceite de caramanchel y un higüero con moro, arenque y batata, cocinados sin sal. La idea no era presentar solo un cuadro en la bienal, así que pidió a Arturo Rodríguez Fernández, José Alcántara Almánzar y Armando Almánzar que escribieran tres cuentos inspirados en la metresa para luego filmarlos leyéndolos ―La Santa, La Oficiante y Hasta que venga a mis brazos y pies a parar― . El cineasta Pericles Franco filmó una fiesta de palos y el grupo de poesía coreada Calíope recitó la oración en varios tonos, que fue grabada.

Desde la mirada de Severino, quien no es creyente, Santa Marta la Dominadora es una negra de facciones gruesas y abundante pelo crespo como suspendido en el aire ―mitad blanco, mitad oscuro―, con dos serpientes enrolladas en los brazos, una a la altura del vientre y otra sobre su cabeza.

Santa Marta Dominadora, amánsale, no me lo dejes en silla sentarse ni en cama acostarse y que no tenga un momento de tranquilidad hasta que venga a mis pies a parar. Por el caramanchel que vas a consumir hoy, óyeme, atiéndeme, por amor de Dios, amén.

Así reza la oración en los bordes de la pintura, y hoy ―viernes 29 de julio, fiesta de Santa Marta la Dominadora― Mary Loly la recita de memoria, casi a la perfección, mientras evoca la historia con Jorge.

En la Bienal el artista montó un altar a Santa Marta ―con el cuadro, los vídeos de los cuentos y la fiesta de palos, la grabación de la oración y su ofrenda―y otro a la división de Ogún, entre las aristas de una casa sin paredes... todo trasladado desde República Dominicana. A Jorge le divertirle contar que tuvo que explicar muy bien en el aeropuerto, en Brasil, por qué viajaba con arenque y todas esas cosas nada usuales en la maleta de un viajero. La instalación fue exitosa... al punto que los asistentes lloraban y dejaban ofrendas en los altares.

En São Paulo el grupo CAIC lo invitó a participar en la Trienal Latinoamericana de Grabado, que se celebraba en Argentina en julio de 1979.

―Jorge, ¡pero tú nunca has hecho grabado!―, le espetó Mary Loly.

A Jorge le divertirle contar que tuvo que explicar muy bien en el aeropuerto, en Brasil, por qué viajaba con arenque y todas esas cosas nada usuales en la maleta de un viajero.

―No, ―admitió Jorge― pero lo voy a hacer porque ya estoy contra el tiempo. Y ya sé lo que voy a hacer.

Era la etapa pop del arte de Jorge. Para no pintar personas muertas en los Doce Años de Balaguer, pintaba muñecas tristes y resquebrajadas. Y para la trienal fotocopió muñecas destartaladas, desarmadas, con los herrajes a la vista... Él, que nunca había hecho grabado, compitió con el colombiano Omar Rayo, el mexicano José Luis Cuevas, el dominicano Iván Tovar... y su obra reprográfica fue reconocida con la primera mención.

―¿Por qué se suicida una niña?―. Treinta y seis años después, Jorge aún se escucha conmocionado al hacerse esta pregunta. Un día escuchó en la radio del vehículo que una niña llamada Amantina Villalona se había suicidado en San Cristóbal. De esa conmoción surgió la serie Vida, Pasión y Muerte de Amantina Villalona y de ella el tríptico ganador del Gran Premio de la XIV Bienal Nacional de Artes Visuales de 1979. En el tríptico hay muñecas que yacen lapidadas y apiñadas, un señor sentado, sellos, la Virgen de los Dolores, un papa muerto y Amantina de pie, en una pose que parece sacada de Las Meninas de Velázquez.

―Yo tenía que culpar a todo el mundo, es decir, a la Iglesia, al Estado... Es que yo no encontraba cómo explicar la muerte de Amantina.

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Jorge, sentado frente al cuadro Prima Patricia debutando en sociedad, en el Country.
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Jorge con la Prima Teresa, que era amante de Toulouse, en el Moulin Rouge.

Prima Teresa, que era amante de Toulouse, haciendo antesala en el Moulin Rouge. Tía Gertrudis con las Joyas de la Familia. Prima Patricia debutando en sociedad, en el Country. Son títulos de obras de la exposición Álbum de Familia, de 1984, en la que también presentó cuadros irreverentes como Mi Abuelo el Papa o el de la tía que se casó con un plebeyo.

―Es una de las propuestas y de los discursos más extraordinarios ―dirá el crítico, historiador del arte y artista Danilo de los Santos una tarde de octubre, en su casa en Santiago―. Yo creo que hay mucho de proyección de vivencias, vivencia familiar, vivencia étnica... Entonces la negritud, la mulatería, es ineludible a su condición. Él mitologiza en cierta manera a sus parientes.

Un amigo de Jorge había encontrado un viejo álbum en una casa en la Zona Colonial y se lo compró. Era de una familia blanca y se inspiró en él para colocar a las negras en ambientes refinados. Más tarde siguió usando los nombres familiares inspirándose en pintores que admira para pintar a sus negras, como en Tía Clotilde posando para Klimt o Tía Matilde posando para Alphons Mucha.

―Es un método compositivo de dos tiempos ―comenta Danilo sobre el recurso de Jorge de utilizar obras de pintores de otras etapas del arte, con temáticas muy bien elegidas, para colocar en ellas a sus mujeres―... Y lo hace con mucha elegancia porque en vez de coger y copiar un cuadro completo de Toulouse Lautrec él lo que hace es un fragmento... como si la negra estuviera en ese cuadro o en ese instante.

―Yo ―confiesa El Príncipe― normalmente estoy diciendo algo. Por más simle que tú veas el cuadro, algo estoy diciendo.

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Mary Loly y Jorge Severino en la sala de su residencia el jueves 27 de octubre de 2016.

Luego de la primera exposición individual de Jorge, Mary Loly vio que él siempre aparecía junto a una mujer en las fotos: supo que estaba casado y eso era un freno para ella. Ya trabajando en la misma empresa, tenían que ir juntos a reunirse con clientes en el interior del país y ahí el recelo que él podía sentir cedió porque vio que ella también lo apoyaba. Y así se fueron acercando.

Mary Loly notaba además que el matrimonio no andaba bien porque él solía escaparse de casa por las noches:

―Me llamaba y me decía “¿qué tú estás haciendo? ¿Puedo ir para allá?” Y nos poníamos a oír música―, recuerda.

Y un día le contó que se había ido de casa y se estaba divorciando, y ella le ayudó a encontrar un piso para que se mudara con su hermana Maritza Severino y su sobrina. Y luego se fue a vivir con Mary Loly.

―Mira ―le advirtió Jorge un día― esta es la tercera y última vez que te digo que nos casemos.

La respuesta de Mary Loly parecía más chanza que negativa: le dijo que después que una mujer tenía 13 años acostándose del lado de la cama que se le antojara, de tener todo el clóset y el gavetero para ella sola y no preocuparse por la hora de llegada a casa ―uno de sus hijos estaba en la universidad y el otro, terminando la educación secundaria― le era difícil volver a casarse.

―¡Pero tú eres un ser egoísta al extremo!―, recuerda Mary Loly entre carcajadas que le contestó Jorge. Y, por supuesto, aceptó.

En 1982 Mary Loly había inaugurado La Galería, un espacio que buscaba, ante todo, impulsar jóvenes artistas, tanto de la plástica como de la fotografía ―rama que las otras galerías no incluían porque se entendía que no vendía―. Dos veces al año había colectivas de artistas consagrados, como Ada Balcácer, Guillo Pérez, José Rincón Mora, Ramón Oviedo, Iván Tovar y el mismo Jorge.

―La Galería no era con la intención de vender. La obra de Jorge se vendía aquí, en el taller... El objetivo primordial era ir descubriendo talentos.

Se casaron el tres de febrero de 1984, pero como ambos eran altos ejecutivos de una multinacional el matrimonio fue discreto hasta que Mary Loly le aconsejó que dejara la empresa y se dedicara por entero a la pintura. En principio, privarse de un trabajo cuyos beneficios consideraba magníficos llegó a asustarle, pero al verse libre para pintar todo el tiempo que quisiera se sintió feliz. Y le fue muy bien.

“En su discurso, que es uno de los discursos más importantes de este país, es un tratadista de la luz. El blanco es la luz. Como dice Ada Balcácer, la luz es blanca y blanca es la luz”, comenta Danilo de los Santos.

En las paredes del piso de Jorge y Mary Loly se puede hacer un viaje por las artes plásticas dominicanas desde el pasado siglo: Ramón Oviedo, Alberto Ulloa, Ada Balcácer, Darío Suro, Iván Tovar, José Cestero, Cándido Bidó, Yoryi Morel, José Rincón Mora, Fernando Peña Defilló, Mariano Eckert, Gilberto Hernández Ortega, Manuel Montilla, Enriquillo Rodríguez Amiama, León Bosch, Silvio Ávila, Inés Tolentino...y, naturalmente, Jorge Severino.

Nunca fue a una escuela de bellas artes ni ha usado jamás caballete. Desde que pintaba en la mesa de dibujo en la casa de David trabaja en horizontal. Y cuenta que su mayor transición fue pasar del óleo, con el que podía pintar un día y perfeccionar al siguiente, al acrílico, que seca en minutos.

―Todos los cuadros míos ―afirma Jorge― están terminados en óleo y en acrílico, más pan de oro, más brocha de aire, más lo que se me ocurra meterle... Tú no te imaginas las locuras que se le ocurren a uno en el taller...

Para Danilo de los Santos, la precisión con la que el artista utiliza la brocha de aire es impresionante.

―Hay que mirarlo ―matiza el crítico―. Es como si estuviera tirando un tiro, una cosa increíble. Entonces con ese pincel, más la sensibilidad que él tiene y la altura que él tiene, él logra una calidad asombrosa, trabajando sobre todo el blanco.

Rodeado de sus pinturas de Marochas y Luases, De los Santos ―también nacido en Puerto Plata, ocho años después que Jorge― resalta que el blanco es parte de la historia de Severino al haber crecido en una ciudad victoriana en la que este color predominaba sobre todo en los ritos religiosos:

―En su discurso, que es uno de los discursos más importantes de este país, es un tratadista de la luz. El blanco es la luz. Como dice Ada Balcácer, la luz es blanca y blanca es la luz.

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Mary Loly, Lady Di y Jorge Severino en la sala de su residencia el jueves 27 de octubre de 2016.

En el estudio de la casa de los Severino hay una foto en la que se ven paletas, botes de pintura, cabezas de maniquí y Jorge pintando en una mesa larga, en la que incluso se sentaba si los lienzos eran muy grandes. Era 1986 y llevaba una rutina rigurosa, levantándose temprano para subir al taller hasta la noche, aunque fuera a limpiar los pinceles, siempre con música: empezaba con Cantos Gregorianos, daba un paseo por el Barroco y el Clásico, al mediodía quizá iba por el período Romántico con Chopin y Chaikovski y al anochecer esperaba a Mary Loly con un trago, pintando y bailando a la vez con música de Juan Luis Guerra y otros artistas tropicales. Uno de esos días, pintando un desnudo, encontró una delicada blonda en la máquina de coser de Mary Loly, que estaba en el taller. Cuando ella llegó por la tarde de La Galería se escandalizó al ver todos sus encajes de seda ―que se los trajo su madre de Suiza― pintados de azul marino.

― ¡Coño, Jorge! ¿Tú sabes cuánto cuesta esta vaina?

― ¿Y esta?―, recuerda Mary Loly que él le replicó, mostrándole en el lienzo la sensualidad de una mujer negra y grácil apenas cubierta por un velo semi transparente agitado por el viento. Había utilizado una brocha de aire para imprimir la blonda suiza en el cuadro y así hizo con otras obras de la serie de las Novias para Ogún.

Este sábado todos los cuadros están en su lugar, menos los de Jorge, que están apilados contra la pared. Los estaban filmando para un documental sobre su obra ―con guión de la crítica de arte Marianne de Tolentino y dirigido por el cineasta Héctor Montás―.

Son las 6:50 de la tarde. Jorge está mirando por la ventana, de frente al mar, y luce algo impaciente. Espera al director del documental y va a abrir la puerta con Lady Di ―su inquieta y cariñosa Bulldog francesa― siguiéndole. Está entusiasmado, han grabado unas cincuenta obras y esta noche hablarán de la música.

A muchos cuadros les han perdido el rastro, pero esto no parece preocuparle, como no lo hacen la variedad de interpretaciones que el espectador puede dar a su pintura.

―El arte, desde mi punto de vista, no hay que explicarlo. Si hay que explicarlo, para mí no sirve. Una obra de arte debe valer por sí misma.

A Jorge le gusta el whisky y la música de Piazzola, Sinatra, Louis Armstrong, Elton John, Stevie Wonder, Martirio, Mayte Martín, Tete Montolío, El Cigala, Sabina, Serrat... y es buen bailarín. Le gusta el cine de ficción y a veces se inspiran en él para pintar ―ha creado una princesa Leia, el personaje de La Guerra de las Galaxias, negra y con un rubí en la frente―. Le gusta el sancocho, el mondongo, las pastas, las catibías... Por sobre todas las cosas odia la cebolla, y, exceptuando los molondrones, tampoco es muy entusiasta con los vegetales. Además de los títulos de sus cuadros, busca nombres fantásticos para sus mascotas: tuvo una chihuagua llamada Catalina la Grande y un gatito negro y enamoradizo llamado Belié ―a Lady Di fue Abril quien la bautizó así en el pasaporte para enviársela desde España―.

Jorge Severino, el príncipe pintor
Jorge comparte en Facebook una foto de una de las obras de la serie Juana la Loca

Anochece entre nubes grises y Juana la Loca está junto a una hoguera con el féretro de Felipe el Hermoso, su marido, y soldados y mujeres que rezan. El cuadro, que Francisco Pradilla Ortiz pintó en 1877, se exhibió en el Casón del Buen Retiro, una extensión del Museo del Prado, en 1991. Jorge estuvo allí y la pintura centenaria le atrapó. En los retratos de Jorge ―en los que la bailarina de danza moderna Ginny Ocaña hizo de modelo―, la reina destronada siempre lleva una máscara blanca en su rostro aciago.

―Juana la Loca me permite fantasear mucho, ser surrealista―, comenta Jorge.

La ha pintado empollando un huevo de ángel, presa en su cárcel de cielo ―obra en la que está de pie con las manos en la cintura y con un personaje de Goya asomado por una ventana celeste observándole―, camino a Lieja pasando por Puerto Plata ―en la que va sobre un caballo negro con un pez enjaulado y otros flotando― y en la tercera alucinación ―un díptico en el que sale ¡Batman! cargando a una mujer envuelta en la bandera estadounidense mientras ella está sentada abajo, desnuda, con una manta blanca cubriéndole el pecho y el vientre―.

Jorge Severino, el príncipe pintor
Jorge Severino en la sala de su residencia en Santo Domingo el jueves 27 de octubre de 2016.

Jorge tiene tres hijos biológicos de sus tres matrimonios pasados ―Jorge Alberto, Roberto y Jorge Luis― y Mary Loly dos ―Claudio y Samuel―. Jorge siempre decía que si tenía una hija la llamaría Abril.

―Mira ―le dijo un día Mary Loly mientras comían―, para acá viene Abril.

―¿Está encinta Lissette?― preguntó al pensar que se trataba de una nieta, de Samuel y su esposa Lissette.

―No, es para esta casa.

Jorge miraba sin entender cuando llamaron a Mary Loly de La Galería para que fuera: la bebé, de un año, había llegado. En el camino le explicó: era hija del vigilante de La Galería, la madre no estaba y él no podía atenderla. Cuando la niña vio a Jorge se le colgó del cuello y se quedaron con ella.

En la sala hay un díptico de 1996 pintado por él y por Abril, pero ella ―que entonces tenía menos de diez años―no recuerda detalles de esas vivencias en el taller. A la derecha de la obra un rostro de perfil contempla el cuadro de la izquierda ―el de ella―. Sin embargo, la vocación de Abril Mora García, de 30 años, no es la plástica:

―Canta como un ángel―, aprecia Mary Loly.

En República Dominicana un Jorge Severino se cotiza entre los US$5,000 y los US$40,000. Entre los coleccionistas internacionales admiradores de su obra resaltan el fallecido presidente venezolano Carlos Andrés Pérez y la empresaria Leonor (Tita) Giménez de Mendoza, del Grupo Polar, quien llegó a hacer escala en Santo Domingo en su avión privado para recoger un cuadro y traerle una colección de discos del tenor Alfredo Sadel o para ir al Vesubio a comer un asopao con Mary Loly y Jorgito, como ella le decía.

―Jorge Severino ―entiende Danilo de los Santos― se posiciona como uno de los maestros inevitables y quizá como uno de los maestros que más ha entrado a colecciones internacionales.

Pero Jorge también puede ser un poco pertinaz, como cuando a finales de la década de 1980 se negó a hacer dos cuadros para Juan Antonio Samaranch, quien fuera gran coleccionista y presidente del Comité Olímpico Internacional. Se había enamorado de la obra de Jorge al ver una pintura en el Hotel Radisson y luego de tres visitas de emisarios suyos a La Galería y una llamada insistiendo en comprar dos cuadros grandes del artista, como él quisiera pintarlos, Mary Loly llevó los bastidores al taller. Pero no les hizo caso hasta que recibió una llamada del gestor cultural y periodista Freddy Ginebra para que expusiera dos obras en el aniversario de Casa de Teatro. Unos meses después del evento, preguntó por qué Freddy no le había devuelto sus cuadros y Mary Loly le explicó: se los había enviado a Suiza a Juan Antonio Samaranch, quien ya le había escrito una carta pidiéndole el número de cuenta y que fuera a exponer a Mallorca, a La Caixa, entidad financiera de la que era presidente. Pero Jorge ni lo consideró, pues si lo sacan de su ritmo ―confiesa Mary Loly― puede ser muy rosca izquierda.

―Yo no puedo pintar por encargo―, admite el artista.

El mismo Jorge que se negaba a pintar para Samaranch y que no le interesó ir a exponer a Mallorca lamenta que no le avisaran que Gabriel García Márquez ―que vino al cumpleaños de Juan Bosch en 1979― estaba interesado en una obra suya. Había hecho una serie sobre Remedios la Bella, la niña que subió al cielo en Cien Años de Soledad, y el Gabo quería la pintura de la primera comunión.

―Ni me avisaron. Yo se la hubiera regalado.

Jorge Severino, el príncipe pintor
Jorge y Mary Loly saludan al Rey don Juan Carlos de Borbón, a la reina Sofía y a los entonces Príncipes de Asturias -hoy Reyes- Felipe de Borbón y Letizia.

En 2004 Jorge fue designado como Agregado Cultural en la Embajada Dominicana ante el Reino de España y dos años después como Ministro Consejero. Durante ocho años la diplomacia fue su aventura y ―explica Mary Loly― ese papel lo absorbió y sólo expuso Damas en 2007 en Puerto Rico.

Un día, en Madrid, Jorge estaba a punto de comprometerse con Jesús David Álvarez Díaz, ―de Bodegas Vega Sicilia― a pintar un cuadro con dimensiones de mural, cuyo bastidor no cabría en el piso. Mary Loly, que escuchaba la conversación, les interrumpió para proponerles que en lugar del mural optaran por un tríptico, cuyas medidas ―pensaba― sí cabrían. Pero aún dividido en tres el espacio resultaba pequeño. Para entonces, en 2008, la nombraron como vicecomisaria del Gobierno dominicano en la Feria de Zaragoza, por lo que debía mudarse allí unos meses para su organización y desarrollo. El piso que le asignaron era grande y luminoso y se le ocurrió que Jorge podría trasladarse a Zaragoza a pintar. Y así lo hacía por las mañanas, pues cuando entraba la tarde y salía el Circo del Sol Jorge se iba tras él como un niño y se quedaba en la Feria con Mary Loly, compartiendo con las delegaciones de los distintos países.

En esos años Jorge se entretenía escribiendo en cualquier papel o servilleta graciosos micro relatos de escenas que veía en bares y calles y en el Metro de Madrid. La mayoría de los títulos son nombres de estaciones: Lista, Mar del Cristal, Estrella, Chueca, Guzmán el Bueno, Bilbao...

Las escenas que Jorge presencia pueden quedar estampadas en cuanta superficie encuentre al alcance de sus manos: periódicos, portavasos de bares, manteles de papel y ¡piedras!

En Madrid, cuando Mary Loly iba de compras por el centro, Jorge la esperaba en el bar de El Corte Inglés, donde al verlo le buscaban su orden sin tener que pedirla: whisky y aceitunas. En los bares a los que solían ir ―como el Handicap de la calle del General Oraá, muy cerca de su residencia en el barrio Salamanca― ya le conocían tan bien que le guardaban las botellitas de Mahou como le gusta a Jorge la cerveza: ceniza.

Jorge Severino, el príncipe pintor
Jorge Severino en la entrada a su taller en Santo Domingo el jueves 27 de octubre de 2016.

―¿Es un artista realista? ―se pregunta Danilo de los Santos― Al principio, sí... ¿Es un pintor neofigurativo? ¿Se inscribe en la nueva figuración dominicana? Sí, también, por la belleza, por la exploración de la belleza. ¿Es un artista que tiene que ver con el pop? También tiene que ver con el pop... En cierta manera hay realismo mágico... ha terminado siendo un maestro del realismo mágico, de lo insólito, de lo increíble... Pero de todas maneras, con todas esas señales, establece sobre todo la culminación de lo que yo podría decir su liberación.

El taller de Jorge está en la Roberto Pastoriza #53 en una casita verde inspirada en la arquitectura campesina y que recuerda a Puerto Plata. Pero para llegar allí no tiene que conducir por esa avenida sino subir las escaleras de su casa y atravesar el balcón: la señalización la recogió entre las devastaciones del ciclón David, que golpeó República Dominicana en 1979. Hoy Jorge no lleva la rutina de pintura de antaño y la casita verde tiene puesto un candado. En vez de subir temprano al taller, El Príncipe lee los periódicos en papel ―de principio a fin― con una taza de té Lipton y Lady Di jugueteando en sus pies como quien pide mimos, cariño, atención. Entra a Facebook, felicita a los conocidos que cumplen años y comparte allí fotos de sus obras o de su álbum personal. Y sube al balcón a cultivar otra de sus pasiones: un pequeño huerto con macetas de lechuga, puerro, albahaca, hierba buena, orquídeas, cayenas...

―Es una flor hermosa, pero es frágil ―dice Jorge sobre la cayena―. Tú la arrancas y no dura nada.

La cayena está en muchas de las obras de Jorge, adornando la escena o coronando hermosas negras ataviadas de elegantes trajes, de collares de perlas que a veces se rompen, de suntuosas joyas... En sus pinturas también hay llaves, mariposas y pequeños peces de colores vibrantes, como los que aparecen de entre la arena en cualquier playa de Puerto Plata.

Al pie de las escaleras de la casa hay colgada una jaula con periquitos cantores. Es tarde, las avecillas se han callado... sólo se escuchan los cubos de hielo chocando en el vaso de whisky de Jorge y su voz recordando a una negra que quizá sea la única imposible en su vida. La pintó unas cuatro veces y nunca tuvo solución... pues para él el tiempo ideal a dedicar a cada obra va de una a dos semanas, dependiendo del ritmo de los materiales.

―El cuadro te lleva ―manifiesta El Príncipe, el pintor―. Mientras más dura el cuadro menos me gusta. Los cuadros buenos salen rápido.

Jorge Severino, el príncipe pintor
Jorge Severino con una copa de whisky en las rocas en su residencia el jueves 27 de octubre de 2016.
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