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Los Colores del Amor

La vida es un mega arcoíris con sus distintas tonalidades y matices de amor

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Los Colores del Amor
Reyna Bencosme, Juan Vargas y su nieta Giselle (SUMINISTRADA POR WILFRIDO VARGAS)

El amor es como un rayo de luz que puede tornarse de cualquier color dependiendo de la trayectoria y entorno en el que penetre y se propague.

En las relaciones humanas encontramos distintos y diversos matices del amor. Hay amor de pareja, de padres, de hermanos, de hijos, de amigos, amor incluso profesional, cuando te enamoras de las capacidades o habilidades de alguien en un campo específico.

Cada relación, así como los vitrales, son composiciones que logran integrar agradable y armónicamente los colores con sus matices y regalar su esplendor a todo el que los aprecie.

Sin duda, estos matices que alcanza el amor en cada relación son irrepetibles y difíciles de copiar. Los instantes, manifestaciones y expresiones entre las personas que se profesan algún tipo de amor son tan exclusivos y únicos que coincidir es algo estadísticamente improbable. Ahí es donde al amor le llaman suerte.

Por ejemplo yo, tengo la suerte y la fortuna de tener entre mis hermanos a Juan Antonio Vargas. De quien me ocuparé de hablar esta vez.

Este tipo es un caballero circunspecto al extremo. Su elegancia, mesura, decoro y sobriedad en su forma de concebir la vida, le confieren especial particularidad. Tiene la exactitud, precisión y fiabilidad de un reloj suizo; su exigencia es tan alta en todos los sentidos, que bien podría dirigir un pelotón del ejército con admirable disciplina militar. Recuerdo que en la época en que fue docente de las asignaturas física y matemáticas en el bachillerato del Colegio Loyola, entre los estudiantes no faltaban quienes lo odiaban, quienes le temían, quienes lo admiraban, pero todos los respetaban y hoy hasta lo aman. Nadie hace falso ademán cuando se trata de hacer referencia al respeto ganado. Siempre se reconoce con beneplácito su carácter férreo, pedagógico, responsable y forjador de personas de bien.

Hoy en día, muchos de los empresarios y profesionales exitosos de República Dominicana sienten y expresan su admiración y respeto por él. Yo soy famoso por él y viceversa. Jajajaja.

Por naturaleza coquetea con el buen gusto en todos los ámbitos. Juan es el que toca guitarra, siempre se lo he dicho. Y cuando yo toco guitarra con él, por ejemplo, su atención circunda en la densidad armónica. Para él un acorde simple carece de atractivo, es predecible y aburrido. Para hacerlo vibrar hace falta retar la escucha con elementos complejos.

Es el llamado al orden en nuestra familia. Se encarga que todo esté en los márgenes de la formalidad. Casi como un dosificador de etiqueta atento a los detalles, a cualquier descuido o gesto inapropiado. Te cuida la espalda con tal altura que su misión siempre es ver los puntos frágiles y hacerte consciente de ello amorosa, asertiva, pero disciplinadamente. Tal vez por eso, es “difícil de pasar”, como dirían algunos. Es un equivalente al vinagre que en la mesa se disfruta en comidas específicas, pero sin el cual no habría una verdadera sazón de contraste y contundencia. Es un tipo frontal, culto y de modales finos pero no por ello, evasivo o innecesariamente complaciente. Es una bocanada de verdad. Quienes no disfrutan de la verdad sino que hacen del malentendido su condición, lo pueden llegar a considerar incómodo.

Por alguna razón, en un solo día podemos acumular hasta 14 llamadas. Entre nosotros tenemos debates por cosas tan grandes, o tan “pequeñas” como una carcajada mía en una entrevista, o un pliegue mal doblado del cuello de mi chaqueta, o incluso como debatir circunstancialmente entre sí la conjugación correcta del verbo “Forzar” en presente simple, es (yo) “fuerzo” o “forzo”.

Algo tan sencillo como la conjugación de un verbo puede llevarnos a discurrir largas y no consensuadas discusiones que desenvuelven enfrentamientos por los campos y conceptos de la filosofía, la psicología, la ciencia, la música, la espiritualidad, la política, en fin por una postura podemos resultar distanciados una semana. Pero como es natural, en la solidez del amor fraterno cualquiera de los dos rompe el hielo para reencontrarnos con lo que más nos gusta, la “acabadera”, expresión que en mi país se refiere a la burla sana que hace botar lágrimas de risa al ver situaciones entre políticos, empresarios o personajes públicos que parecen caricaturas inconscientes del ridículo que su pose genera. No hay alma que se nos salve en procura del antídoto para esa diversión de adolescentes, es decir, “acabamos” con todo el que pase por el frente.

¿Y cuando se acaba la risa? Ahí es donde la suspensión de densidades entre nosotros se hace heterogénea. Somos como agua y aceite en un sentido esencial. El rol no nos define, pero sí refleja la honestidad de quienes somos: un ingeniero y un músico que ven y asumen su día a día de forma diferente y aun así no pueden evitar estar pendientes y al tanto del otro.

Dicen que el amor es una lotería y sin haber comprado una sola boleta, mi hermano se ganó el premio mayor. Su nombre es Reyna Bencosme. Reyna es la fruta más dulce que ha brotado del árbol de Moca, en mi amada República Dominicana. Es una mujer hermosa en el sentido completo de la palabra. Revestida de honor en su ser y proceder, una dama y compañera de valores intachables y admirables, que como una chimenea, en la tibieza a su alrededor convoca la unión de la familia.

Y en este proceso, siguiendo con Juan, empecé a notar algunos cambios en él. Se sentía como algo lograba permear ese envase de apariencia estricta y rígida.

Un día contesta su celular, con una voz respirada y fresca me cuenta que está en la zona colonial degustando una cerveza. A los días, mencionaba casualmente estar caminando 7 kilómetros diarios. Eso me extrañó me pareció raro pero en el respeto que mantenemos, nunca he invadido la privacidad de mi hermano con preguntas, pero algo me decía que estaba experimentando un cambio.

Dicho y hecho. Un día Juan se me aparece con barba, pantalones cortos, chancletas y unos lentes que le dan un “look” de Marqués Francés. Para mí fue una mezcla entre asombro y risa. ¿Quién es este hombre?, me pregunté en ese momento. ¿Dónde está mi hermano? Me lo cambiaron?

Y bueno, así como la fe mueve montañas, el amor mueve mentalidades. Algo mucho más difícil de mover en ocasiones. Mi hermano se había ganado la lotería y como todo hombre que pasa a tener una fortuna, su mentalidad cambió. No fue una metamorfosis inmediata, no fue un truco de magia donde se saca algo nuevo de un sombrero. La solidez y rigidez de su carácter sutilmente se fueron tornando en una curva con forma de sonrisa sincera, amplia y relajada mientras más días pasaban al lado de Reyna. Sin dejar de ser él mismo en esencia, ahora yo tenía un hermano mucho más alegre, inevitablemente feliz como lo es quién ya ganó el premio mayor y por delante tiene una vida entera para cuidar y cultivar su fortuna. Por eso se casó. De lo que Juan no se percató en ese momento es que no sólo se había ganado el premio mayor, también se ganó un “Premio Seco”, eso en mi país se llama “ñapa”. Y qué ñapa! Este premio extra resultó ser una bendición de 8 años llamada Giselle, nieta de Reyna. Este ángel, inocente y amorosamente ha generado más de una discusión tierna de celos de pareja porque literalmente tiene al abuelito “embolsillao”. Tiene a Juan abueleando y disfrutando el abuelazgo a cabalidad. Giselle lo mueve con el dedo meñique, le salta encima, se revuelcan juntos entre carcajadas y ella tratando de morder su nariz en juego. Hay que verlo, da gusto.

Pero lo mejor de todo esto es que Juan sigue sonriendo con más frecuencia que antes, haciendo de su día a día una “acabadera” más jocosa y espontánea, tiene muchas razones para sentirse vivo y llorar de la risa. Vive feliz, así lo refleja y se siente. Mírenlo.

Juan nunca dejará de ser un reloj suizo que marca la hora indicada, como la marcó cuando encontró a Reyna y quiso ser un Rey a su lado. La vida es un mega arcoíris con sus distintas tonalidades y matices de amor.

Que viva el amor!

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