Margarita Cordero: “La historia dominicana tiene demasiados silencios”

  • Cordero publica un ejercicio valiente de desmitificación de la Guerra de Abril
$!Margarita Cordero: “La historia dominicana tiene demasiados silencios”
Margarita Cordero.

Margarita Cordero publica su primera novela, titulada Nosotras, las de entonces. La autora retoma el tema de las mujeres en la Guerra de Abril de 1965, pero esta vez desde la ficción. Es un relato a tres voces, en el que el género epistolar le permite recoger el mundo interior de las mujeres que vivieron aquellos días. (Porque... ¿fueron solo unos días?)

La vida, la política, las historias. La Historia, las amigas, los desencuentros... una novela breve que encierra un dolor compartido por aquellas mujeres, las de abril del 65, las de entonces.

Publicada por Editorial Santuario, la novela se pondrá en circulación próximamente en Santo Domingo, ya está a la venta y ha sido presentada en la feria del Libro de Madrid.

—¿Por qué eligió el tema de las mujeres en la guerra del 65 para su primera novela?

Porque para mí el papel que juegan las mujeres en Abril ha sido siempre muy importante. No solamente cuando lo pensé como testimonio político y escribí “Mujeres de Abril” (Cipaf, 1985), sino también cuando me atreví a pensar en ficción.

Primero, la Guerra de Abril, todas las guerras, sigue siendo un acontecimiento masculino. Desde el punto de vista de los vencedores y desde el punto de vista de los vencidos. En ese ámbito en que podría suponerse una visión distinta del papel de nosotras... fuimos accesorias.

De alguna forma es la oportunidad para consolidar el mito. Yo recuerdo que una de las consignas de las marchas que se hicieron con las mujeres que se entrenaron en la academia militar (academia militar que también tiene su propia historia) era “Hombro con hombro con nuestros hombres”. Una consigna que reflejaba cuál era el papel que nosotras estábamos jugando ahí. No había que hacer ningún análisis semántico, era demasiado obvio.

No bastaba decir “hombro con hombro”...

No, no... era “hombro con hombro con nuestros hombres”. Soy muy crítica con la historia dominicana; siento que la historia dominicana tiene demasiados silencios. La contemporánea posiblemente muchos más que el resto anterior de nuestra historia, que ya está normalizada. Pero la historia reciente está plagada de silencios, de... no voy a decir exactamente de mentiras.

¿Iba a decir silencios cómplices?, ¿amnésicos?...

Silencios que son como una ayuda para sublimar. Es no enfrentarte a la realidad desde un punto de vista crítico y decir esto fuimos. Es incorrecto decir hubiéramos podido ser porque es hacer una ficción. Pero yo creo que el no haber sido críticos frente a lo que aconteció sino simplemente apologistas, haber dado una visión totalmente heroica de lo que sucedió, impidió darle a ese movimiento una continuidad política que se expresara de una manera distinta a lo que sucedió después de la guerra del 65.

“Abril fue una expresión de una voluntad en la que convergieron muchas otras voluntades. Es unificar alrededor de una consigna, no de un proyecto”.

—¿Y cómo eran las mujeres de ese 1965?

En ese momento ni siquiera en los Estados Unidos comenzaba a expresarse la segunda ola del feminismo. Fue tiempo después en el 68 más o menos cuando Betty Friedan publica la Mística de la feminidad y habla del “problema que no tiene nombre”. No podemos pedir que tuviera una mirada de mujer lo que estaba sucediendo o lo que sucedió en ese proceso. No es desde ese punto de vista que yo quiero reivindicar. Por el contrario, cuando yo escribí Mujeres de Abril –de una manera muy osada también, apropiándome del bagaje conceptual de Agnes Heller sobre la vida cotidiana– lo que traté fue precisamente eso, recuperar el valor de la vida cotidiana en los valores sociales. Las mujeres en Abril lo que hicimos fue cocinar, atender en las clínicas, limpiar los comandos... hacer los papeles que hacemos tradicionalmente las mujeres.

—Trabajos de reproducción

Exacto, de reproducción. Pero el valor de la cotidianidad era reivindicable y por eso yo traté de reivindicarla quitándole, despojando a la participación de las mujeres en Abril de toda esa mística falsa, absolutamente falsa, que se trató de construir a través de un discurso que conocemos.

—Se construye un relato de heroicidad... ¿Por qué se asume que desde la normalidad no se va a lograr lo que se persigue?

No, no se podía, no podíamos ver la vida como la vida se estaba presentando. Y en el plano político, como se estaba presentando la política. Yo creo que Abril es un momento de la historia moderna dominicana importante, muy importante. Lástima que desde mi punto de vista no tuvo una lectura correcta.

—Entonces, ¿qué fue Abril del 65?

Abril fue una expresión de una voluntad en la que convergieron muchas otras voluntades. Es unificar alrededor de una consigna, no de un proyecto. De una consigna que era la vuelta a la constitucionalidad con Juan Bosch. Pero incluso en sus orígenes ese ni siquiera era el propósito: el propósito era salir del Triunvirato e instalar un gobierno provisional de carácter cívico militar y después ver qué pasaba. Los primeros días eso dividió a los militares y eso es lo que da también como resultado que muchos se vayan del lado de las fuerzas que pidieron la intervención porque no había unidad de criterio. La reivindicación de la vuelta de la constitucionalidad fue un mito y yo creo que eso, haberse unificado alrededor de una consigna y no de un proyecto, es uno de los déficits de ese movimiento histórico.

Los intentos de expandir el movimiento fuera de las 19 cuadras de Ciudad Nueva fracasaron estrepitosamente con un costo en vidas muy alto. En San Francisco de Macorís los militantes fueron masacrados de una manera brutal.

—¿“San Francisco de Macorís” era un comando?

Era un grupo grande, amplio, que trató de iniciar, de despertar un movimiento que pudiera respaldar lo que estaba sucediendo en la capital. Al principio, los primeros días había muchos militares que dijeron simpatizar con el movimiento, pero en la medida que no logró consolidarse...

¿...se echaron para atrás?

Exacto, se retrajeron y por eso en Ciudad Nueva no se peleó excepto los días 15 y 16 de junio, que es cuando las tropas norteamericanas lanzan un ataque feroz contra la zona. No hubo combates significativos, había ataques esporádicos. Combates sólo hubo el 15 y 16 de junio porque la gran resistencia se dio en la zona norte y la dio el pueblo de manera desorganizada.

—La novela está escrita a tres voces, tres mujeres que pueden ser dos, pueden ser la misma, ser muchas... ¿Recuerda qué querían, qué pensaban esas jóvenes de Abril del 65?

Estamos viviendo en el año 1965. Un año que coincidió con un período que había comenzado un poco antes en América Latina donde la lucha armada era la opción. No te olvides que acababa de desligarse la Intercontinental, después se celebró en La Habana luego en el 67. Esa era la época de las guerrillas, era la época de “1, 2, 3, 4 y 5 ...Vietnam”, era la época en que el Che Guevara estaba en Angola, África; era la época de los Montoneros, era la época de Puente en el Perú. Eso era lo que se vivía en América Latina.

—Eso era lo que les movía.

Claro, porque en definitiva, las mujeres de las que yo escribo, excepto la Mujer número 3, son mujeres de la clase media vinculada a los partidos. Y ese era su modelo: la perspectiva política en la que entendíamos que había que actuar porque eso era la historia, eso era estar del lado de la Historia.

—Y en tiempo real.

En tiempo real. Acuérdate además de las mujeres que estaban con Fidel Castro: Celia Sánchez, Haydée Santa María, Melba Hernández... eran mujeres que venían con Fidel desde el asalto al Moncada, todo el movimiento 26 de julio y que se fueron con él a la guerrilla. Eran nuestros ejemplos, eran lo que queríamos ser. Por ejemplo, en Argentina con los Montoneros había una cantidad significativa de mujeres.

—¿Pedían permiso? ¿Cómo se avisaba en casa que una se iba a la guerrilla?

Creo que nadie pedía permiso y que de alguna manera había muchos conflictos. Fíjate que cuando me fui de casa, cuando estalló la revolución, y me encontré después con mi mamá cuatro días después me dio una bofetada que me tiró al suelo.

—¿Literal?

Literal. Yo no regresé a mi casa porque yo estaba en un comando con mi hermano Alfredo, pero la reacción de mi madre al encontrarnos fue darme una bofetada que literalmente me tumbó. ¡Pero yo estaba cumpliendo con la Historia!

—¿Se hicieron amigas? El tema de la amistad entre mujeres es un tema muy literario por un lado y muy discutido. Pero en un conflicto de guerra... ¿qué es?

No, no. Mis amigas siguieron siendo mis amigas de antes, las otras seguían siendo compañeras del partido. Nunca, para nada. Porque es indudable que las que tenían posiciones más destacadas en la jerarquía del partido, era obvio, que se sentían superiores al resto. Ellas habían llegado adonde nosotras no podíamos llegar. O sea, había una suerte de mirada por arriba del hombro a todas las demás. Cuando yo escribí Mujeres de Abril muchas compañeras que estuvieron en comandos con esas dirigentes hablaban con mucha franqueza no exenta de dolor de cómo la diferencia no era sólo de jerarquía política sino de clase, que se expresaba en las relaciones cotidianas.

—¿Diferencia de clases dentro del movimiento revolucionario?

Sí, porque hay que ver las cosas desde su realidad. Nosotros no éramos comunistas, éramos de izquierda: izquierda guevarista, izquierda fidelista... La Unión Soviética nos parecía horrible, vendrían después las divisiones ideológicas. Pero en ese momento no. La verdad es que éramos izquierdistas enamorados de la revolución cubana, enamorados de esa heroicidad mesiánica que nos convertía en salvadores de la patria, de la humanidad. No es que hubiera una conciencia de clase ni mucho menos, todos veníamos de una pequeña burguesía. Yo venía de una pequeña baja burguesía, si nos vamos a la categoría que definió Juan Bosch después. Yo no venía de un estrato más acomodado de la clase media y eso se reflejaba.

—¿Ni siquiera la guerra iguala?

Los relatos que se han hecho durante estos cincuenta años son relatos de clase media. Todos son las memorias de fulano, las memorias de perencejo, “esto que yo hice, aquello que hizo el otro”. Pero no son análisis sociológicos de la composición de los combatientes ni de cómo esa composición tan heterogénea marcó los rumbos de esos días. Son relatos heroicos y yo creo que bastante, quizás...

—¿Egoístas, sobreestimados?

Sí. Yo creo que sí.

—¿Muy personalistas en todo caso?

Y todo lo que aconteció después lo demuestra. El fraccionamiento, como si fueran esporas de la izquierda, el mismo conflicto que hubo, porque en los años inmediatamente posteriores a la guerra en medio de la represión del balaguerismo, aquí hubo enfrentamientos armados entre grupos de izquierda distintos.

Margarita Cordero: “La historia dominicana tiene demasiados silencios”


—¿Por qué eligió esa estructura, narrar en primera persona a tres voces?

Porque yo no soy novelista, no tengo la técnica.

—Funciona muy bien.

No sé si funciona, quisiera que funcionara, pero fue algo que fue surgiendo. En principio yo la pensé exclusivamente como la que narra la guerra en tiempo real. No las mujeres que se escriben sino la que narra la guerra en tiempo real. Pero de pronto me di cuenta que habían tantas vinculaciones entre eso que nosotras éramos, lo que fuimos y lo que habíamos sido antes, que sentí la necesidad de rescatarla, incorporar a la historia que se reflejó en la conducta de cada una de nosotras.

—¿Por ejemplo?

Por ejemplo... yo siempre tuve desde antes de la guerra algunos conflictos con sectores de la organización, porque mi visión de la vida era muy distinta. No sólo de por donde yo venía, sino porque mi imaginario evolucionó a un ritmo distinto de la gente que me rodeaba. No de la sociedad, sino de la gente que estaba más inmediatamente a mi alrededor. Aunque no es una novela autorreferencial, ahí yo mezclo demasiadas cosas, porque me he pasado 50 años hablando con compañeras sobre esto.

—Entiendo que un personaje puede ser muchos.

Sí, muchos; eso es. Por ejemplo es cierto que cuando entré a la universidad descubrí un mundo. La universidad de aquella época no es la universidad de hoy. A la carrera de periodismo entró gente que de pronto venía de una extracción social distinta a la mía, en términos superiores, con un bagaje intelectual muy superior al mío y que me abrió un mundo. De cierta forma yo era medio esquizofrénica, yo tenía dos vidas: la de mi militancia, de mi organismo y la de mis amigos. Y eso te repito puede crear ciertas fricciones. Yo era de las que me sentaba en una esquina a beber cerveza en la calle, y estoy hablando del 62 o 63... No era para nada decente, pero bueno... yo lo hacía porque sí, porque me daba la gana y creía que podía hacerlo.

Mi hermano tuvo mucho que ver con eso. Yo he contado esta historia antes y no me voy a cansar de contarla nunca. Soy la cuarta de cinco, Alfredo es el tercero, Alfredo me lleva 6 años. Y Alfredo quería un hermanito y nací yo.

“Lo he dicho siempre: mi hermano Alfredo me enseñó a ser libre, a vivir con el privilegio de ser hombre”.

—Y le moldeó...

Lo he dicho siempre, que él me enseñó a ser libre, a vivir con el privilegio de ser hombre. Con Alfredo yo me iba a pescar, Alfredo me enseñó a fumar a los 13 años, me enseñó a beber a los 14. Yo me iba de pesca con él y con sus amigos y yo era la única mujer que iba con ellos a ver los conciertos de rock que daban en el teatro San Carlos, en los años 57, 58 y yo era una niña de trece años. Los amigos de Alfredo llegaban a la casa y mientras mis otras hermanas tenían que irse al patio, dejarle su espacio, yo me quedaba en el grupo. Mi mundo siempre fue muy masculino, Alfredo no me trató como una hermana, me trató como un hermano; creo que eso también me dio una dimensión de la vida diferente.

—En su novela no habla de mujeres de clase alta. ¿No estuvieron allí?

No, no, no... es lo que te digo, era la clase media. En aquella época, la clase alta era muchísimo más reducida que ahora. Nosotros éramos una población 70% rural, el 30% vivía en lo que llamábamos la zona urbana y había que ver qué era aquello... teníamos una mentalidad aldeana. El 70% era rural, en términos reales y en términos de mentalidad. Además de que no estaban en mis esquemas, no entraban, las mujeres que pertenecían a esa clase estaban vinculadas al régimen. No podíamos coincidir.

—¿La vida dentro del comando era tan machista como la describe en la novela?

Claro, claro que sí. Era una rutina casi diaria: cocinar, limpiar, lavar de vez en cuando... En las noches eran más democráticos, nos poníamos a leer poemas, coincidían universitarios, gentes que tenían inquietudes intelectuales.

“Yo quise contar desde la imaginación muchas cosas de las que fui testigo y de las que he sido confidente y de las que viví, porque obviamente también hay parte de mí, eso no lo puedo negar”.

—¿Reconoce en otros relatos sobre la Guerra de Abril lo que ustedes vivieron?

Mira, con toda franqueza yo he evitado leer... perdón, evitado no es la palabra correcta. Se ha escrito bastante sobre esa época, pero en esa perspectiva que te digo, debe rescatarse una heroicidad imaginaria. Los libros que yo he leído sobre la Guerra, he tratado de leer libros escritos por extranjeros que tienen una perspectiva más distante...

—No más neutral... más distante.

Más distante de las cosas. Son más descarnados en sus datos además no son libros escritos desde la emoción o los recuerdos, son libros documentados y creo que a partir de esto, son una fuente más confiable para poder analizar alguna vez lo que pasó. Pero la verdad es que sí, yo he estado en lugares sobre todo de mujeres, donde yo he sentido que soy extraterrestre, y donde no he dejado de ruborizarme porque yo creo que los seres humanos tenemos que ser condescendientes con nosotros mismos para poder soportar la vida, pero que también eso tiene un límite, la autocondescendencia debe tener límites.

—¿Quién pone límite?

Debería ser la conciencia. La conciencia de la propia humanidad. Si yo no me reconozco lo que soy, si yo no soy crítica con lo que soy, yo me estoy falsificando. Entonces estás viviendo una vida impostada, estás viviendo una vida que no es.

—¿Qué pensaría la Margarita de aquellos 18 años de la de ahora?

Yo creo que la generación del inmediato post trujillismo fue una generación idealista, una generación que quiso transformar el mundo. No voy a restarle méritos a esa gente de la que hablo, al punto de no reconocer que, equivocados o no, creían que podían hacer cosas y que la vida dominicana podía cambiar. Yo creo que nunca nos planteamos muy claramente qué queríamos. La evidencia son los bandazos políticos ideológicos que dio la izquierda dominicana en esa época. Si yo veo lo que fui... bueno yo creo que si no hubiese sido la que fui no sería la que soy hoy. De todas maneras si me dieran a escoger tampoco sería quién soy hoy.

—¿Y aquella Margarita estaría orgullosa de la de hoy?

Yo creo que esa mujer de 18 o 19 años construyó la zapata de lo que soy hoy y yo agradezco enormemente que me diera las pautas y que me ayudara a encontrar mis caminos, si es que encontré alguno. Pero la veo también más críticamente, aunque la miro con cariño. Creo que es común, mis amigas, las mujeres con las que yo hablo, también se ven a sí mismas con objetividad, no están detenidas en el momento para nada.

—La relación se ha mantenido con los años...

La amistad durante todos estos años... son más que amigas, son hermanas, en la novela también están sus sentimientos. Se la di a leer a una de ellas antes de que saliera publicada, cuando ya más o menos estaba decidida a hacerlo y me dijo: “Es que tú no sabes lo que esto ha significado, es como verme en ese momento, en esa época incluso antes, antes de la guerra. Verme cuando era una adolescente”.

—La dictadura era una sociedad un tanto homogénea.

La dictadura nos había marcado ideológicamente, de manera que era tan homogénea en el autoritarismo. Las mismas normas para todo el mundo y cuando la dictadura cae es cuando las mujeres encontramos un mundo distinto junto con los hombres. Un mundo distinto que no todas pudimos asimilar de igual manera, procesarlo de igual manera, pero hubo puntos de coincidencia.

—Cayendo la dictadura caían ciertos muros entre los géneros.

Yo todavía no me atrevería a hablar de género en esa época porque al final los partidos siguieron mandando las mujeres al frente porque las mujeres tenían menos riesgos de que fuéramos objetos de la represión, lo que era una mentira.

“Alguien me decía que en la novela hay mucho dolor y yo estoy dispuesta a aceptarlo”.

Al contrario, pero las mujeres encabezaban manifestaciones bajo el supuesto de que eran menos vulnerables a ser aniquiladas por la represión. No hubo una ruptura, hubo una presencia. Yo te hablaba de las mujeres en la guerrilla urbana de América Latina pero estaban también las Hermanas Mirabal, Sina Cabral, estaban las mujeres que participaron en las resistencias del Movimiento clandestino del 14 de Junio y que estuvieron en la 40.

—¿Tampoco se ha contado esa historia?

Vamos a estar ahí... ¿como qué? ¿Como mujeres que dan la vida por la patria, como mujeres que quieren para sus hijos esto o lo otro...? Esa frase que viene de la Grecia antigua de “Prefiero ser la viuda de un valiente a la esposa de un cobarde”... Ese tipo de cosas. O sea, sí estamos en la calle, somos presencia y las mujeres tuvieron una presencia muy activa en las luchas del postrujillismo pero... ¿viéndose a sí mismas como qué?

—¿Y cómo es verse a sí misma escribiendo esta novela? ¿Se ha autoentrevistado?

No, no, no... quiero decir que no me siento una escritora. Yo soy una periodista, eso es lo que yo soy. Que ama la palabra y que creyó quizás con mucho atrevimiento que podría utilizar la palabra para contar algunas cosas, de una manera menos objetiva, seca, que lo que podía hacer la periodista. Escribir más o menos bien no implica que tú seas una escritora. Escribir algo que a la gente le pueda gustar, utilizo el verbo gustar con una cierta reserva, no es que tú seas una escritora ni que lo que escribiste merezca el adjetivo de la novela o la categorización de novela. Yo quise contar desde la imaginación muchas cosas de las que fui testigo y de las que he sido confidente y de las que viví, porque obviamente también hay parte de mí, eso no lo puedo negar.

—¿Se ha sentido cómoda?

No.

—No es lo mismo entrevistar a otro que entrevistarse a sí mismo.

No, no es lo mismo revolverte las entrañas que entrevistar a nadie o escribir nada, como periodista. Alguien me decía que en la novela hay mucho dolor y yo estoy dispuesto a aceptarlo.

—¿Está dispuesta a aceptar lo que piensen las mujeres de abril cuando la lean?

Sí, absolutamente. Creo que si no siguen parapetadas en esa construcción ficcional de su propio heroísmo se encontrarán en alguna parte.

20190611 https://www.diariolibre.com

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