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“Nimrod”, un cuento de Valentín Amaro

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“Nimrod”, un cuento de Valentín Amaro
Valentín Amaro, narrador. (FOTO: FUENTE EXTERNA)

Y Cus engendró a Nimrod, quien llegó a ser el primer poderoso en la tierra.

Génesis 10:8

Hoy te despiertas con un temblor inusual en las piernas. Cosas de andanzas dices, mientras tratas de estirarte. Ayer fue un día titánico. Tus hombres avanzaron varios niveles en la torre con la que pretendes llegar al cielo. Desde allí, has comenzado a adorar al sol y la luna.

Has sido vigoroso cazador. Los reyes anteriores se conformaban con estar al mismo nivel de su prójimo y aunque cada hombre reinaba en su casa, ninguno pretendía ser más. Sin embargo, tú estabas decidido a enseñorearte de tus vecinos. Por labios de los ancestros, escuchaste la historia de los gigantes antes del diluvio, quienes fueron terribles y poderosos. Sin dudas, el espíritu de estos se revivió en ti. Ya has fundado Nínive, Erec, Acad y Calne en las tierras de Sinar. Nadie duda de tu poderío ni de los presagios que te acompañan cada día de tu muerte. Lo sabes y ríes, eres la leyenda viva de Mesopotamia: Eres Nimrod. “Muchos escribirán de ti. Serás conocido como el primer poderoso en la tierra y un osado hijo de los dioses”. Así dijo la pitonisa que te visitó anteayer, recordándote que, al nacer, Anais, la parturienta que te recibió gritó de dolor y angustia y murió días después de tu nacimiento a causa de las constantes visiones.

Eres nieto de Cam y bisnieto de Noé. A pesar de tu origen, estabas signado para el caos y la destrucción, tu nombre significa tirano y rebelde. Al crecer elegiste la astrología y el ocultismo. Intentaron enseñarte otra religión, pero fue en vano, elegiste rápido otro camino, queriendo ver más allá de tu círculo y el viejo Cus, aunque rasgaba sus vestiduras ante tu tozudez, no se opuso. Al fin fue como querías: explorar otras formas de ver y sentir el mundo. Ya en el trono, quisiste cambiar las cosas. No fue fácil despegar a la gente de su creencia en Dios. Estaban convencidos de que Él era la fuente para la felicidad en la tierra y la vida del más allá. A sangre y espada impusiste el criterio de que es el hombre quien labra su destino. Así, te hiciste un tirano.

Ya has dejado de estirarte. Desde fuera te llegan los retazos de un viento helado y los perros prosiguen su intento de asustar el inmenso ojo amarillo colgado del cielo. Vuelves a dormir. Sueñas que con setecientos setenta y siete niveles más llegarás al cielo. Sin embargo, te molesta que de pronto la gente que te rodea hable en lenguas extrañas, desconocidas para ti, los ves como aterrados, corren de un lado a otro confundidos, y gritando en idiomas que nunca hablaron. No lo niegas, sientes algún temor; te arrinconas, pero en el mismo sueño piensas que es un sueño, un terrible sueño del que muy pronto, muy pronto, esperas despertar.

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