NO PUBLICAR/ La tecnología y otras realidades han ampliado el vocabulario de los dominicanos con palabras nuevas y readecuadas

En República Dominicana, como en el resto del mundo, en los últimos 15 años se vive la explosión del Internet en hogares y oficinas, y con ello la incorporación de múltiples palabras relacionadas con la tecnología. En el mismo período, en el país, otros términos se han readecuado para definir nuevas realidades o hábitos de consumo muy particulares.
La lista de palabras se amplía con un ejercicio de memoria simple, y hemos seleccionado un conjunto de ellas para evidenciar en qué medida algunas de las que usamos –o adaptamos- se constituyen en expresiones locales o dominicanismos, o muestran nuestra conexión más allá de los mares que nos rodean, con la incorporación de neologismos.
El dominicano se toma la jumbo desde 2004, y ha asumido el término más allá de la marca que le dio origen comercial para ofrecer su primera cerveza de un litro al mercado local. La misma empresa, Presidente, daría a lo light otra significación particular en suelo dominicano, con su propuesta de “bebida con un menor contenido de alcohol”, en 2005.
Pedir una light o una jumbo, en República Dominicana y los entornos de su diáspora, son mandatos muy precisos. Y muy propios de la dominicanidad que puede construir una marca.
De fuera vendrán
Los dominicanos viven la globalización desde el ámbito de la comunicación y la tecnología haciendo suyas las expresiones y palabras que, conforme con el seguimiento de los especialistas, trascienden las modas y los territorios.
En República Dominicana se wasapea y tuitea. Y se tienen grupos, más allá de vecindad, del colegio o la prole profesional. Porque con la popularización de la aplicación móvil WhatsApp, el prepago y el abaratamiento del acceso a Internet, cada vez son menos los dominicanos que viven al margen de esta nueva forma de comunicación. Y ya apropiados de ella, incorporan las palabras que se derivan de su uso.
Tableta, del inglés tablet, no es una tira de pastillas o una barra de chocolate. Es también, y sobre todo, la computadora portátil que permite jugar, escuchar música y leer, en conexión con Internet.
Un adolescente dominicano tiene claro que las aplicaciones son las que puede bajar e instalar en su teléfono inteligente, aunque su abuela piense que son elementos decorativos para telas y decorados. Los nativos digitales y los inmigrantes digitales comparten por igual la fascinación del mundo sin fronteras que propician las descargas desde la computadora o el celular. Descargar es de un tiempo acá mucho más que aliviar una carga. Por el contrario, muchas descargas pueden hacer colapsar la memoria de un equipo electrónico.
En esta realidad comunicacional lo efímero va asociado a la evolución constante de la tecnología. A una distancia muy lejana se ve el bíper que antecedió a la penetración sustancial de Internet y el uso masivo de celulares en el territorio dominicano. Pero más reciente es la desaparición del o la bb en el lenguaje cotidiano.
Realidades sociales que necesitan palabras para describirse.
Hay neologismos popularizados, también, al amparo de nuevos hábitos de consumo alimenticio. En la era del fitness, y los cuerpos hot, famosos y aspirantes a de la radio y televisión criolla, se afanan en estar fit. Y el común de la gente sigue el patrón con avidez, tanto que los gimnasios se han multiplicado como los supermercados.
La lipo, aunque trasciende los tres lustros como término en uso, a propósito de la popularidad ganada por el procedimiento quirúrgico liposucción, se ha arraigado más aún.
Se dice lipo, como se dice extensiones y aquí pocos desconocen a qué hacen referencia los términos. Si está en la ferretería, delante del mostrador de productos eléctricos, puede que no tenga que hacer la precisión sobre la segunda y poner el apellido del sustantivo, pero más allá, mejor sería precisar que se alude al pelo postizo que redefine siluetas.
Chapeador (a) se recolocó en el léxico dominicano hace escaso tiempo. Lejos de la acepción que remite a la acción de desbrozar alguna cosa, se la asumió para limpiar bolsillos, conseguir dinero de alguien a modo de engaño amoroso o sentimental.
Los energizantes forman parte, por igual, del espectro de neologismos, que responden a la popularización en suelo dominicano de consumos vinculados a la “modernidad” y el máximo rendimiento en la competencia de vivir un siglo XXI lo más intensamente posible.
De mano de la música han sido retomadas palabras de la cotidianidad para lograr denominaciones muy específicas. Los artistas “urbanos”, son también populares, pero entre uno y otro se establecen diferencias o exclusiones. Un cantante urbano puede ser popular, pero uno popular no necesariamente forma parte del grupo de los urbanos.
El dj es en Santo Domingo, Puerto Plata o Samaná lo mismo que en Londres y España. El pinchadiscos que mezcla músicas -principalmente pop electrónico- aunque no figure en diccionario alguno, existe entre legiones de dominicanos y ciudadanos del mundo. Y es la forma única de referirse a este oficio. La abreviatura de disc-jodkey tiene su lugar en el vocabulario actual de los jóvenes y adultos.
También por los senderos de la música está el vinilo rescatado en cuerpo y alma. Ha resurgido como producto de lujo fuera y dentro del país, y son los más jóvenes los que se sorprenden cuando les cuentan que era la forma en que se consumía música décadas atrás.
Entre las palabras viejas recauchadas que lucen nuevecitas, está tro. María José Rincón la trae a colación para resaltar su antigüedad y simbología para aludir a un cargamento de algún cultivo. Hoy el término se utiliza para referirse a grandes volúmenes de algo. “Un tro de pata voladora” da nombre a una canción de dos artistas urbanos y forma parte del lenguaje coloquial de muchos barrios dominicanos, de un tiempo acá. Como montro, derivación cariñosa de monstruo, utilizada para decir alguien tiene grandes dotes.
Tampoco un loco es, necesariamente, un discapacitado mental. Al contrario, es una forma cariñosa de referirse a un amigo cercano en la conversación trivial, cercana, de dos jóvenes dominicanos a los que tiempos ha se denominaba jevitos.
Cuidado, dicen los especialistas
María José Rincón, miembro de número de la Academia Dominicana de la Lengua desde 2009, advierte sobre cualquier interpretación que apunte a que las palabras citadas o las muchas más que deambulan por ahí, con más o menos usos, puedan considerarse parte del habla dominicana.
La filóloga, quien dirigió la primera edición del Diccionario del Español Dominicano, resalta que la historia de las palabras en una cuestión muy compleja, y que no es fácil establecer el momento exacto en que una palabra se utilizó por primera vez.
El vocabulario responde al horizonte que tenga una persona, precisa, para indicar que también hay que tenerlo en cuenta si se quiere atribuir cierta forma de comunicarse a miembros de una comunidad o de un país.
Que la lengua es una cosa viva, que se renueva y adapta a las realidades de los mundos por los que transita también lo confirma, pero con la advertencia de que los cambios transcendentales se dan con el tiempo, con el paso de los siglos, en el transcurso de décadas.
Que una palabra esté de moda es una cosa muy diferente al uso de las que permanecen en el tiempo, o a las que se retoman para nombrar nuevos hábitos o realidades como sucede con tro.
Consultada e invitada a reflexionar sobre esas nuevas palabras que pueden haber llegado para quedarse, Rincón trae a colación a los amet. Un amet, una amet, ya son sinónimo en el país de agente de tráfico, como resultado de la creación de la Autoridad Metropolitana de Transporte (AMET), fundada en 1997.
Una cosa es establecer cambios en uso de los términos desde el punto de vista social, advierte otro especialista consultado que prefirió no ser citado. Es posible que haya palabras que hayan introducido. En 15 años no se puede hablar de cambios. A lo sumo, de neologismos. Pero habría que ver si esos términos no se utilizaron antes, argumentó.
El parafraseo urbano puede que haya instalado palabras en el vocabulario coloquial, pero no hay base científica para hacer la afirmación, insiste, para agregar que no hay fechaje ni cuantificación estadística que permitan hablar con un criterio científico de que determinadas palabras formen parte del habla dominicana.
Elina María Cruz
Elina María Cruz