De capitalismo, globalización y cómo hacer feliz a un cocinero
Uno de mis pasatiempos favoritos a la hora de cocinar es ir al automercado. ¿Cuántas veces no he ido a la tierra de los alimentos eternos en busca de la divina inspiración? Cientos de desayunos,
Muchos pensarán "está bien como inspiración para cocinar pero, ¿para escribir un artículo?". Acabo de llegar de la aristocrática, histórica y discreta Philadelphia, tan deliciosa como el queso crema, y sí, estando allá se me ocurrió escribir acerca de automercados.
Nunca podría siquiera comparar el bouquet de cocina exquisita de un mercado europeo, la desastrosa y divina orquestación de uno asiático o el realismo mágico de nuestros adorados y nunca bien ponderados mercados latinoamericanos; nunca querré establecer ni remota comparación de estos con un carro lleno de códigos de barra y cuya placa dice "Happy Market", lo que quiero es hablar de realidades urbanas. Me parece que el carrito es realmente urbano.
Entonces, a lo que voy. Cuando llegó la hora de decidir mi menú hice lo que cualquiera. Me dispuse a ir al automercado. Ya en el super no hay de qué lamentarse. Les cuento que tuve la dicha de preparar la cena en tres ocasiones distintas y la inspiración siempre llegó con suma facilidad. Lo difícil, de hecho, fue a la hora de elegir entre tantos ingredientes. La mayoría conocidos, otros por descubrir. Eso sí, todos en perfecto estado, los que debían estar frescos lo estaban sin importar su procedencia. ¿Queremos hablar de globalización?, basta con ir al automercado. Creo que el mayor ejemplo está en tan solo una de mis tres cenas, donde pude reunir a un extraño y delicioso pescado de las costas vietnamitas, cuya carne blanca y firme conoció a un exótico compañero llamado cous cous, quien llegaba de un viaje un poco menos largo desde Marruecos; unas vieiras de tamaño ideal que antes eran fáciles de conseguir en nuestras costas y que un día desaparecieron para aparecer en refrigeradores ajenos con el nombre de Bay Scallops, todo esto aderezado con el inusual Poui-lly Fume del Val du Loire para no dejar fuera a Francia, y azafrán español. Delicioso plato que estuvo acompañado por una fresquísima ensalada de espárragos, rábanos, menta y cilantro, todos cultivados en tierra norteamericana y de una calidad intachable.
Una cadena que imagino fascinante debe ser la que logra que todos estos elementos lleguen a reunirse en un buen establecimiento comercial. Tampoco dejo de imaginarme todos los acuerdos económicos, todas las condiciones, los permisos sanitarios, los aranceles de aduanas, los sacrificios de muchos y los beneficios de pocos. Todas las naciones que producen esa cantidad inimaginable de alimentos deliciosos, desconocidos y anhelados. El porcentaje de inmigrantes que habitan en lugares multitudinarios como Londres, New York, París, y que de alguna manera impulsan también la demanda para que nuestros carritos puedan llenarse de tantos visitantes foráneos. Muchas veces esos alimentos llegan a destino dejando atrás una estela impensable que no siempre es tan agradable de mencionar, lo reconozco. Igual me declaro culpable de ser amante de la buena cocina, de la comodidad. En la variedad siempre estará el gusto, cueste lo que cueste. El autor es cocinero y maquillador de alimentos.
Nunca podría siquiera comparar el bouquet de cocina exquisita de un mercado europeo, la desastrosa y divina orquestación de uno asiático o el realismo mágico de nuestros adorados y nunca bien ponderados mercados latinoamericanos; nunca querré establecer ni remota comparación de estos con un carro lleno de códigos de barra y cuya placa dice "Happy Market", lo que quiero es hablar de realidades urbanas. Me parece que el carrito es realmente urbano.
Entonces, a lo que voy. Cuando llegó la hora de decidir mi menú hice lo que cualquiera. Me dispuse a ir al automercado. Ya en el super no hay de qué lamentarse. Les cuento que tuve la dicha de preparar la cena en tres ocasiones distintas y la inspiración siempre llegó con suma facilidad. Lo difícil, de hecho, fue a la hora de elegir entre tantos ingredientes. La mayoría conocidos, otros por descubrir. Eso sí, todos en perfecto estado, los que debían estar frescos lo estaban sin importar su procedencia. ¿Queremos hablar de globalización?, basta con ir al automercado. Creo que el mayor ejemplo está en tan solo una de mis tres cenas, donde pude reunir a un extraño y delicioso pescado de las costas vietnamitas, cuya carne blanca y firme conoció a un exótico compañero llamado cous cous, quien llegaba de un viaje un poco menos largo desde Marruecos; unas vieiras de tamaño ideal que antes eran fáciles de conseguir en nuestras costas y que un día desaparecieron para aparecer en refrigeradores ajenos con el nombre de Bay Scallops, todo esto aderezado con el inusual Poui-lly Fume del Val du Loire para no dejar fuera a Francia, y azafrán español. Delicioso plato que estuvo acompañado por una fresquísima ensalada de espárragos, rábanos, menta y cilantro, todos cultivados en tierra norteamericana y de una calidad intachable.
Una cadena que imagino fascinante debe ser la que logra que todos estos elementos lleguen a reunirse en un buen establecimiento comercial. Tampoco dejo de imaginarme todos los acuerdos económicos, todas las condiciones, los permisos sanitarios, los aranceles de aduanas, los sacrificios de muchos y los beneficios de pocos. Todas las naciones que producen esa cantidad inimaginable de alimentos deliciosos, desconocidos y anhelados. El porcentaje de inmigrantes que habitan en lugares multitudinarios como Londres, New York, París, y que de alguna manera impulsan también la demanda para que nuestros carritos puedan llenarse de tantos visitantes foráneos. Muchas veces esos alimentos llegan a destino dejando atrás una estela impensable que no siempre es tan agradable de mencionar, lo reconozco. Igual me declaro culpable de ser amante de la buena cocina, de la comodidad. En la variedad siempre estará el gusto, cueste lo que cueste. El autor es cocinero y maquillador de alimentos.
Diario Libre

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