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Diario de un fumador apasionado

Lo más interesante de iniciarse como fumador es enfrentarse a lo desconocido e ir conociéndolo con el disfrute cuerpo a cuerpo, tripa a tripa, cigarro tras cigarro.

Reía placenteramente al recordar lo inquietante que era, en mis inicios como fumador, tomar la decisión correcta sobre qué fumar. Me abordaba un nerviosismo estoico, ya que.. ¿cómo sostengo el puro?, ¿cuál marca escojo?, ¿qué sabor le gustará a mi paladar?... y así engulliendo mi indecisión, me torturaba al retrasar el placer del primer tiro.

Recuerdo haber iniciado con dos vitolas: Corona y Petit Corona de cepo 42 con longitudes 142 y 129 respectivamente, y empecé a experimentar con las diferentes marcas del mercado.

Luego seguía pagando el precio de mis novatadas al mezclar en mi paladar sabores suaves y fuertes en una misma sesión de placer. ¡No lo haga nunca! ya que no podrá apreciar las virtudes de ambas características. Aprendí que era mejor empezar fumando los suaves y concluir con el fetiche de una relación dura e intensa que proporciona un puro de sabor fuerte.

A medida que la experiencia se hacía parte de mis huesos, me daba cuenta que mientras más se consumía el puro en mis labios más intenso se tornaba el sabor. Esto me ayudó a elegir el largo según el tiempo que dedicaría a mi pasión y no desperdiciar el climax por apresurar el momento.

Como una tortura medieval, mi cabeza explotaba al tratar de entender el mundo omnipresente del cigarro. Envuelto en una encrucijada de colores, claro, doble claro, Colorado natural, el Carmelita, los maduros y los oscuros, agregando a esto una pizca de la variedad de formas, Churchill, Robustos, Corona Gorda, Belicosos, Torpedos y Culebras, disfrutaba intensamente del dulce ego que me brotaba al saber que podía poseer el placer de la esencia de cada uno de ellos.

Violar la intimidad que encierra la artesanía con que se fabrican los mejores cigarros representó para mí el Nirvana deseado.

Comparaba la textura del toque inocente de una pasión sin líbido, con la textura rugosa de una capa Camerún y lo liso de la Connecticut y esto exponenciaba aún más mi esquizofrénica indecisión, ya que para ambas texturas necesitaba aprender a sujetarlos de forma que no dañara la perilla pero que, a la vez, mis dedos pudieran sentir el firme toque de la tripa contra la capa y comprobar la buena elaboración.

Me fui sintiendo cada vez más seguro, ya que no puede haber margen de error en la elección, al ser una cuestión muy personal de preferencias y de lo desarrollado que están mis sentidos.

El tiempo ha transcurrido desde mis primeros pinitos, y echo de menos ese "no saber elegir" porque, como en todas las relaciones con intensidad pasional, lo más interesante es enfrentarse a lo desconocido e ir conociéndolo con el disfrute cuerpo a cuerpo, tripa a tripa, cigarro tras cigarro.