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El primer dominicano

La ventana de la casa, fuente de luz de una sala austera y digna, mira a una calle principal. A tres cuadras al Sur, la Catedral primada de América, recuerdo latente de la conquista y la colonización, recuerdo palpable de la herencia hispánica que también le corre por las venas a él, al joven e inteligente Juan Pablo. A pocos minutos andando, el almacén de su padre, en el cual se espera desarrolle aptitudes mercantiles, es contiguo a los más notables monumentos del poder colonial.

El poder colonial

Primero fue España, Boba y no Boba, Francia brevemente y ahora Haití. Desde niño, Juan Pablo ha crecido viendo lo mismo. Leyendo sobre lo mismo. Sueña con ver más allá de las estrechas calles de adoquines y el sol calcinante que le abrasa cuando camina desde la calle del Comercio (hoy Isabel La Católica) hasta la Atarazana.

Su futuro no puede ser sino brillante. El que un día será el general de la creación de la Patria Dominicana, es ahora un joven notable. Hijo de un sevillano y una criolla, Juan José Duarte y Manuela Diez, el pequeño Juan Pablo, a sus seis años, ya leía y recitaba de memoria todo el catecismo. La dedicación de su madre, quien desde su más tierna infancia le enseñó el abecedario y los esfuerzos de la señora de Montilla, íntima amiga de doña Manuela, encontraron tierra fértil en Juan Pablo, ese niño de cabellos dorados y memorable dulzura. Y ese era sólo el comienzo.

Juan Pablo se destacó en la escuela de varones; en la del señor Manuel Aybar le llamaban "un modelo de aplicación y de buena conducta", recordaba muchos años después su hermana Rosa, guardiana de la memoria histórica de su familia. El afán de Juan Pablo de aprender, de absorber todo el conocimiento posible chocaba contra las restricciones impuestas por el gobierno haitiano de ocupación, que había cerrado la universidad: sus estudios formales se verían tronchados si no salía del país. "Duarte posee un talento natural, si hubiera nacido en Europa, a esa edad sería ya un genio", dijo el profesor doctor Gutiérrez de Juan Pablo, el adolescente. A pesar de la precariedad, Juan Pablo aprendió gramática castellana, aritmética y teneduría de libros. Tuvo profesores particulares de francés e inglés; estudió flauta y guitarra, derecho romano y latín—de algo le valió ser hijo de la burguesía acomodada de la ciudad capital.

En 1827, con apenas 14 años, Juan Pablo está listo para más. Su padre "por complacerlo", según su hermana Rosa, ha aceptado enviarlo de viaje a Europa con don Pablo Pujol, juez del tribunal de comercio hasta ese año y amigo de la familia Duarte. La esperanza de don Juan José Duarte era que ese hijo aventajado se encargara de los florecientes negocios de la familia. Pero a Juan Pablo le atraían causas más elevadas.

El regreso del patriota. En alrededor de cinco años de ausencia de Juan Pablo del suelo patrio se gestó el dominicano. La exposición a las luchas libertarias, a las ideas iluminadas, al deseo de libertad avivó una llama en el corazón del joven que, a sus 19, regresaría al país que, gracias a su empeño e ingenio militar, se independizaría en 1844. Sin dudarlo, el hombre que retornó de Europa confesó al doctor Manuel María Valverde, padre, un gran amigo de los Duarte, lo que más le impresionó del viejo continente: "Los fueros y libertades de Barcelona. Fueros y libertades que espero demos nosotros un día a nuestra patria".

La lucha para que se reconozca su valor como líder, estratega e ideólogo de la independencia se sigue librando hoy, en 2007, a 163 años de la heroica gesta de los "muchachos", los febreristas, los trinitarios. Cuenta Rosa Duarte, heroína de la independencia, mujer de temple cuyos apuntes y cartas reviven a Duarte que "los enemigos de su patria para hacerle desmayar en sus proyectos apelaron al ridículo, unos le apellidaban el niño inexperto; otros, el Quijote dominicano que había concebido el proyecto de formar e independizar su ínsula que ofrecía a los Sancho Panza que le rodeaban". ¿Podría la mofa detener a aquel en cuya mente estaba decidida ya la suerte del suelo de Quisqueya?

IDEARIO DE DUARTE - El pueblo haitiano

"Yo admiro al pueblo haitiano desde el momento en que, recorriendo las páginas de su historia, lo encuentro luchando desesperadamente contra poderes excesivamente superiores, y veo cómo los vence, y cómo sale de la triste condición de esclavo para constituirse en nación libre e independiente. Le reconozco poseedor de dos virtudes eminentes, el amor a la libertad y el valor; pero los dominicanos que en tantas ocasiones han vertido gloriosamente su sangre, ¿lo habrán hecho sólo para sellar la afrenta de que en premio de sus sacrificios le otorguen sus dominadores la gracia de besarles la mano?

(José María Serra: Apuntes para la historia de los trinitarios, fundadores de la República Dominicana. Imprenta de García Hermanos, S. D., 1887, pág.23. Reproducido en Boletín del Archivo General de la Nación, S D. Feb. 1944).