El viaje de los Reyes

M ira que éramos ingenuos en aquella época, los niños y los adultos. Los niños porque nos creíamos a "pie juntillas" todas aquellas fábulas, porque nos entraban unos escalofríos cuando, en la Arzobispo Meriño o en el mismo Conde, veíamos desfilar a los monarcas con su séquito de esclavos y Melchor tiraba besos a la multitud y le gritábamos a Gaspar que no se olvidara de lo que le habíamos pedido mientras, con la cara tiznada o sin necesidad de tiznársela, Baltasar sonreía de oreja a oreja.
Luego corríamos a la casa para acostarnos bien temprano no sin antes colocar los zapatos en la sala llenos de hierba para los camellos.
Dormir, debido a la emoción, era bien difícil pero no abríamos los ojos ni por un instante por aquello del miedo, porque, si veíamos a los Magos, tal vez no nos dejarían nada a nosotros que nos habíamos portado bien durante todo el año.
Después vendría lo de siempre, la desilusión, el compañero de colegio que te decía con sorna y tal vez con envidia aquello de "los reyes son los papás" y entonces el mundo empezaría a cambiar y la inocencia se iría bien lejos.
Sin embargo, los adultos no eran menos ingenuos. El día 6 de enero iban a la iglesia con su misal bajo el brazo y escuchaban el evangelio y creían en aquello de la estrella que se le apareció a los magos y les guió a través de kilómetros y kilómetros para llevarles justo a aquella aldea, justo a aquel pesebre donde había nacido el niño Dios un 24 de diciembre.
Imagínense ustedes que estos tres magos, a la misma hora, en la misma noche estaban mirando hacia el cielo y al ver una estrella o cometa que se movía en el firmamento, razonaron, en su infinita sabiduría, que esa estrella era una señal y que debían seguirla hasta Belén. Eran poco prácticos estos señores o, al menos, algunos de ellos.
Y lo eran porque, en vez de escoger biberones y "pampers" para sus regalos, llevaron como obsequios cosas tan absurdas como el incienso y la mirra.
Lo del oro es punto y aparte porque el oro, en todas las sociedades y civilizaciones, viene de lo más bien.
Imaginamos que el incienso y la mirra iban a funcionar entonces, como funcionan ahora los sprays de olor porque, en aquel establo y con la mula y el buey haciendo de calefacción, no debía de oler precisamente a rosas.
Ni la Virgen ni San José estaban en condiciones de rechazar regalos.
Lo que hicieron con el oro no lo sabemos pero, caramba, debió de servirles para algo por muy santos y desinteresados que fueran.
Y en cuanto al viaje desde aquellos remotos lugares del Oriente, piensen en lo que debió de haber sido, atravesando ciudades, pueblos y desiertos, montañas y valles, territorios amigos y enemigos, sin más brújula o guía que aquella estrella que, suponemos, en las horas del día no podía divisarse.
El caso es que, usando la lógica, tal vez los magos llegaron treinta y tres años más tarde, justo a tiempo para asistir a la Crucifixión.
Pero como la palabra de Dios es palabra de Dios, como la Fe mueve montañas y como la esperanza nunca se pierde, seguimos celebrando la festividad y creyendo, en el fondo, en todas esas cosas porque lo lógico y racional siempre resulta mucho más aburrido.
O sea que la botellita de ron y la hierba se le sigue dejando a los monarcas, aunque sea mentalmente, en la sala de la casa. Y, sin saber porqué, al hacer esto, nos sentimos mejores.
Luego corríamos a la casa para acostarnos bien temprano no sin antes colocar los zapatos en la sala llenos de hierba para los camellos.
Dormir, debido a la emoción, era bien difícil pero no abríamos los ojos ni por un instante por aquello del miedo, porque, si veíamos a los Magos, tal vez no nos dejarían nada a nosotros que nos habíamos portado bien durante todo el año.
Después vendría lo de siempre, la desilusión, el compañero de colegio que te decía con sorna y tal vez con envidia aquello de "los reyes son los papás" y entonces el mundo empezaría a cambiar y la inocencia se iría bien lejos.
Sin embargo, los adultos no eran menos ingenuos. El día 6 de enero iban a la iglesia con su misal bajo el brazo y escuchaban el evangelio y creían en aquello de la estrella que se le apareció a los magos y les guió a través de kilómetros y kilómetros para llevarles justo a aquella aldea, justo a aquel pesebre donde había nacido el niño Dios un 24 de diciembre.
Imagínense ustedes que estos tres magos, a la misma hora, en la misma noche estaban mirando hacia el cielo y al ver una estrella o cometa que se movía en el firmamento, razonaron, en su infinita sabiduría, que esa estrella era una señal y que debían seguirla hasta Belén. Eran poco prácticos estos señores o, al menos, algunos de ellos.
Y lo eran porque, en vez de escoger biberones y "pampers" para sus regalos, llevaron como obsequios cosas tan absurdas como el incienso y la mirra.
Lo del oro es punto y aparte porque el oro, en todas las sociedades y civilizaciones, viene de lo más bien.
Imaginamos que el incienso y la mirra iban a funcionar entonces, como funcionan ahora los sprays de olor porque, en aquel establo y con la mula y el buey haciendo de calefacción, no debía de oler precisamente a rosas.
Ni la Virgen ni San José estaban en condiciones de rechazar regalos.
Lo que hicieron con el oro no lo sabemos pero, caramba, debió de servirles para algo por muy santos y desinteresados que fueran.
Y en cuanto al viaje desde aquellos remotos lugares del Oriente, piensen en lo que debió de haber sido, atravesando ciudades, pueblos y desiertos, montañas y valles, territorios amigos y enemigos, sin más brújula o guía que aquella estrella que, suponemos, en las horas del día no podía divisarse.
El caso es que, usando la lógica, tal vez los magos llegaron treinta y tres años más tarde, justo a tiempo para asistir a la Crucifixión.
Pero como la palabra de Dios es palabra de Dios, como la Fe mueve montañas y como la esperanza nunca se pierde, seguimos celebrando la festividad y creyendo, en el fondo, en todas esas cosas porque lo lógico y racional siempre resulta mucho más aburrido.
O sea que la botellita de ron y la hierba se le sigue dejando a los monarcas, aunque sea mentalmente, en la sala de la casa. Y, sin saber porqué, al hacer esto, nos sentimos mejores.
Diario Libre
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