×
Compartir
Secciones
Última Hora
Podcasts
Encuestas
Servicios
Plaza Libre
Efemérides
Cumpleaños
RSS
Horóscopos
Crucigrama
Herramientas
Más
Contáctanos
Sobre Diario Libre
Aviso Legal
Versión Impresa
Redes Sociales
revista

El viaje de los Reyes

Expandir imagen
El viaje de los Reyes
Ilustración: Ramón Sandoval
M ira que éramos ingenuos en aquella época, los niños y los adultos. Los niños porque nos creíamos a "pie juntillas" todas aquellas fábulas, porque nos entraban unos escalofríos cuando, en la Arzobispo Meriño o en el mismo Conde, veíamos desfilar a los monarcas con su séquito de esclavos y Melchor tiraba besos a la multitud y le gritábamos a Gaspar que no se olvidara de lo que le habíamos pedido mientras, con la cara tiznada o sin necesidad de tiznársela, Baltasar sonreía de oreja a oreja.

Luego corríamos a la casa para acostarnos bien temprano no sin antes colocar los zapatos en la sala llenos de hierba para los camellos.

Dormir, debido a la emoción, era bien difícil pero no abríamos los ojos ni por un instante por aquello del miedo, porque, si veíamos a los Magos, tal vez no nos dejarían nada a nosotros que nos habíamos portado bien durante todo el año.

Después vendría lo de siempre, la desilusión, el compañero de colegio que te decía con sorna y tal vez con envidia aquello de "los reyes son los papás" y entonces el mundo empezaría a cambiar y la inocencia se iría bien lejos.

Sin embargo, los adultos no eran menos ingenuos. El día 6 de enero iban a la iglesia con su misal bajo el brazo y escuchaban el evangelio y creían en aquello de la estrella que se le apareció a los magos y les guió a través de kilómetros y kilómetros para llevarles justo a aquella aldea, justo a aquel pesebre donde había nacido el niño Dios un 24 de diciembre.

Imagínense ustedes que estos tres magos, a la misma hora, en la misma noche estaban mirando hacia el cielo y al ver una estrella o cometa que se movía en el firmamento, razonaron, en su infinita sabiduría, que esa estrella era una señal y que debían seguirla hasta Belén. Eran poco prácticos estos señores o, al menos, algunos de ellos.

Y lo eran porque, en vez de escoger biberones y "pampers" para sus regalos, llevaron como obsequios cosas tan absurdas como el incienso y la mirra.

Lo del oro es punto y aparte porque el oro, en todas las sociedades y civilizaciones, viene de lo más bien.

Imaginamos que el incienso y la mirra iban a funcionar entonces, como funcionan ahora los sprays de olor porque, en aquel establo y con la mula y el buey haciendo de calefacción, no debía de oler precisamente a rosas.

Ni la Virgen ni San José estaban en condiciones de rechazar regalos.

Lo que hicieron con el oro no lo sabemos pero, caramba, debió de servirles para algo por muy santos y desinteresados que fueran.

Y en cuanto al viaje desde aquellos remotos lugares del Oriente, piensen en lo que debió de haber sido, atravesando ciudades, pueblos y desiertos, montañas y valles, territorios amigos y enemigos, sin más brújula o guía que aquella estrella que, suponemos, en las horas del día no podía divisarse.

El caso es que, usando la lógica, tal vez los magos llegaron treinta y tres años más tarde, justo a tiempo para asistir a la Crucifixión.

Pero como la palabra de Dios es palabra de Dios, como la Fe mueve montañas y como la esperanza nunca se pierde, seguimos celebrando la festividad y creyendo, en el fondo, en todas esas cosas porque lo lógico y racional siempre resulta mucho más aburrido.

O sea que la botellita de ron y la hierba se le sigue dejando a los monarcas, aunque sea mentalmente, en la sala de la casa. Y, sin saber porqué, al hacer esto, nos sentimos mejores.