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Exposición fotográfica muestra la dureza diaria en cárceles de Francia

En la mayoría de los casos, los internos pueden salir al patio durante dos horas al día

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Exposición fotográfica muestra la dureza diaria en cárceles de Francia
PARÍS, Francia.- Fotografía del fotógrafo Grégoire Korganow, perteneciente a su serie "Prisiones", en la que capturó la rutina de una vida carcelaria en Francia, forjada por los abusos, el hacinamiento y la indigencia. EFE
PARÍS. Cada tres días se suicida uno de los 67.310 reclusos que cumplen condena en Francia, donde los abusos, el hacinamiento y la indigencia forjan la rutina de una vida carcelaria que el fotógrafo Grégoire Korganow ha capturado en su serie "Prisiones".

"Es un hogar infectado. En la cárcel entras con un catarro y sales con una pulmonía, entras con un brazo roto y sales con una gangrena", explica a Efe Korganow, que hasta el próximo 5 de abril expone su trabajo en la Casa Europea de la Fotografía de París.

Durante tres años, entre 2011 y 2014, el fotorreportero se ha movido con total libertad por una veintena de las 191 cárceles y centros penitenciarios esparcidos por la geografía francesa.

Su atípico salvoconducto responde a un ofrecimiento de quien era entonces controlador general de las prisiones, que quería documentar gráficamente los informes facultativos que cada año entrega al presidente de Francia esa institución independiente.

El resultado es una inusual colección de instantáneas que da cuenta del día a día de las cárceles, tan representadas en la ficción y tan desconocidas en la realidad, apunta.

"Imaginaba que la violencia extrema en la cárcel sería espectacular. Pero es una violencia sorda, invisible. Es la frustración. Lo más difícil es la soledad. Son años vacíos en los que el tiempo se detiene y se encuentran sin perspectivas", relata.

La superpoblación carcelaria en Francia es del 130 % de media, con picos del 200 % en algunos centros. La mayoría de los internos pasan 22 de las 24 horas del día encerrados en celdas de 9 metros cuadrados sin ducha que, a menudo, comparten con uno o dos desconocidos.

"La comida, el sueño, el baño... Puede volverse insoportable", comenta Korganow, curtido como fotorreportero en temas como las revueltas callejeras de París, la situación de los indios mapuches en Chile o la realidad de las víctimas iraquíes para cabeceras como "National Geographic", "The New York Times" o "L'Express".

En la mayoría de los casos, los internos pueden salir al patio durante dos horas al día. Paradójicamente, esa brizna de libertad es para muchos el rato más peligroso del día.

"Por cuestiones de seguridad, la administración penitenciaria prefiere dejar los patios bajo el control de los presos para evitar incidentes entre los guardias de seguridad y los internos", comenta.

Es ahí, bajo el cielo azul y no bajo un techo de cemento, donde cobran protagonismo las cuentas pendientes, las rivalidades, la intimidación, la extorsión...

"El que es frágil, el que es vulnerable, el que no ha encontrado a nadie para protegerle... prefiere no salir al patio antes que exponerse", resume Korganow.

El papel de las prisiones como universidades del crimen, donde muchos condenados ingresan por delitos menores y salen con un doctorado en delincuencia, ha emergido en el debate público tras los atentados yihadistas de París el pasado enero: dos de los tres terroristas que mataron a 17 personas se habían radicalizado en la cárcel.

Para la actual controladora general de los lugares de privación de libertad de Francia, Adeline Hazan, "el fenómeno de radicalización no existe solo en las prisiones, sino también en los barrios difíciles, entre los individuos con vidas desestructuradas, sin proyectos de futuro".

"Pero es verdad que las condiciones de detención lo amplifican", concede a Efe la observadora y exalcaldesa socialista de Reims, en el noreste de Francia.

La solución, desarrolla Hazan, no pasa solo por ampliar las cárceles, sino también por "encarcelar a menos personas, sobre todo con pequeñas condenas", formar a los reclusos, ofrecerles trabajo y hacer posible que participen en actividades para ocupar el tiempo.

¿Y qué le dice a quienes creen que un preso no tiene por qué hacer deporte, trabajar o participar en actividades culturales? "Que vayan a visitar una prisión", concluye.