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Gijón, mi ciudad perdida

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Gijón, mi ciudad perdida
ilustración: Ramón Sandoval
Muchas veces he vuelto a Gijón después de aquello y en todas las ocasiones del regreso he desencontrado la ciudad. Muchas veces me he hecho el propósito de no regresar pero siempre rompo la promesa tratando, inútilmente, de tropezarme con una Atlántida que ha quedado hundida en las profundidades del mar, con un Shangri-La que no existe, un con "esplendor en la hierba" que pertenece sólo al recuerdo. Y es allí donde radica su fuerza.

Resulta paradójico vivir los inviernos en una ciudad de verano y abandonarla cuando los días empiezan a hacerse soleados y largos. Sin embargo, así estuve viviendo en Gijón durante largos años de mi infancia y adolescencia.

Para agravar aún más la situación, en aquellos crudos inviernos permanecía encerrado entre los muros de un internado de jesuitas y en una época en la que reinaba el franquismo.

Apenas podía abandonar el colegio, y con horarios limitados, los jueves en la tarde y los domingos después de asistir a la interminable misa. Pero eso sí, después del encierro, después de soportar las torturas medievales de aquellos cuervos ensotanados, disfrutaba como nadie de la libertad. Con un grupo de amigos bajaba a toda velocidad la calle Cabrales para alejarme cuanto antes de aquel edificio, de aquella mole que, durante la guerra civil, fuera el cuartel militar de Simancas.

Llegábamos al paseo de Begoña, contemplábamos las carteleras de los cines, del Jovellanos (el único que sobrevive), del Arango, del Hernán Cortés y luego nos sentábamos en una de las terrazas de la calle Corrida (cuando hacía buen tiempo) a tomar cubalibres y a comer tapas de calamares fritos mientras fumábamos, era nuestra rebelión, cigarrillo tras cigarrillo en una época en la que nadie mencionaba el cáncer pulmonar y en un país donde no fumar resultaba algo inconcebible.

No faltaba en aquellos feriados el paseo por la playa de San Lorenzo, llegando a veces desde la iglesia de San Pedro, en la cercanía de las termas romanas, hasta el parque del Piles, lo que suponía una enorme distancia.

En invierno azotaba el viento pero contemplar aquella playa enorme y desierta en la temporada invernal era todo un espectáculo. Nunca, en ningún lugar he visto subir y bajar a la marea de igual forma. A veces la playa era inmensa mientras que, en otras ocasiones, el mar, furiosamente, llegaba hasta el mismo muro y las olas grises, nos salpicaban.

La mayoría de mis amigos esperaban el verano para bañarse en ese Cantábrico que, de todas maneras, no se enfriaba nunca. Yo, pocas veces tenía la suerte de pasar aquellos meses estivales en otro lugar que no fuera un pueblo de montaña donde vivían mis familiares y donde el cine más cercano se encontraba a ocho kilómetros que, en ocasiones, dada mi fiebre cinéfila, llegué a recorrer a pie.

Gijón en verano era, como París para Hemighway, una fiesta, si se quiere provincial, pero fiesta al fin y al cabo con bullicio, alegría, excursiones, turistas, "guateques" y todo tipo de diversiones. Además allí, lo quisiera o no, estaba mi vida y mis amistades.

He vuelto a recorrer las mismas calles y he tratado de reencontrar a viejos conocidos pero nada es igual. Cuando visito la ciudad perdida, lo que me invade es la tristeza de lo que ya no existe. A veces incluso he creído identificar por las mismas calles, sentado en un restaurante o en cualquier lugar, el rostro avejentado de aquel amigo al que dejé de ver siendo un adolescente. He preferido mirar para otra parte y guardar los recuerdos donde deben de estar, allá en la memoria hasta que llegue el olvido.