Gloria al club de las alturas
Los miembros de este club suelen distinguirse por darle rienda suelta a la lengua, ya sea con metáforas o con el repaso puro y simple de cómo, cuándo y porqué.

El famoso club de los 10,000 metros (o 33,000 pies, según longitud y latitud) está amenazado de muerte en los vuelos comerciales. Tiene miles de socios anónimos que consiguieron su membresía echando una canita al aire en un avión.
Las fantasías desatadas por la película "Emmanuelle" en los años 70 tienen ahora un nuevo enemigo: la paranoia por el terrorismo. La vigilancia también ha crecido ahí: aeromozas y sobrecargos tienen órdenes específicas de chequear el acceso a los baños y tocar la puerta cuando la estancia se prolongue.
Vamos a hablar claro. Lo de tener sexo en el baño de un avión excita a los espíritus amantes de la aventura, a los incondicionales de las emociones fuertes en dosis masivas. A los menos peliculeros les parece una idea casi ridícula: es incómodo (muy incómodo, palabra de Miller), claustrofóbico, agotador (el hábitat de un avión se asemeja mucho al de una estancia en una cumbre de 2,500 metros de altura) y, probablemente, más efímero de lo deseable.
No es muy habitual, por ejemplo, un segundo round en semejantes condiciones. Y eso sin fucú: basta que uno se lance para que ese día una intoxicación alimenticia masiva obligue a los pasajeros a aporrear desesperadamente la puerta y, por ende, arruinar toda la magia. Otra cosa es tomárselo como un entrenamiento de pretemporada, un pimpampum rapidito de risas y morbo sano: se prueba algún escorzo nuevo y otros ángulos de aproximación y consumación del acto, que luego puedan desarrollarse con brillantez en escenarios más adecuados.
En el fondo, no se puede negar que la cosa tiene su encanto. Y hay efecto dominó: en un vuelo transoceánico y nocturno, por ejemplo, con casi todo el mundo dormido y las luces bajas, los paseos en pareja hacia los baños son una tradición secular. Ver a los osados amantes salir de ese minúsculo habitáculo tratando de recomponer la figura tiene dos efectos: una buena risa cómplice y, por qué no, un súbito deseo de hacer lo mismo, si hay con quién.
Los más atrevidos no llegan al baño: en las filas posteriores de un avión medio vacío se pueden escribir páginas gloriosas sobre la piel de otra persona. Páginas de ésas que calan hondo, saben rico y dan satisfacciones variadas. La discreción es clave: el control de las cuerdas vocales a la hora de rematar la faena y la precisión en el compás de los movimientos garantiza un éxito rotundo, memorable como pocos. Nadie se entera, pero todos "pueden" enterarse… y eso, amigos, es tremendo "boost". En los dos cerebros protagonistas se crea además una fantástica imagen en movimiento, que será referencia de futuras osadías.
Luego está el asunto de contarlo. Los miembros de este club de las alturas suelen distinguirse por darle rienda suelta a la lengua, ya sea con metáforas o con el repaso puro y simple de cómo, cuándo y porqué. En lo del relato picantón, como en el "dirty talk" de boca a oreja entre dos amantes, pasa como con todo en la vida: o se tiene clase o no se tiene. Hay que saber qué decir, qué callar y qué insinuar. Después es cuestión de dar y disfrutar, es decir, de aplicar la regla suprema del sexo.
Las fantasías desatadas por la película "Emmanuelle" en los años 70 tienen ahora un nuevo enemigo: la paranoia por el terrorismo. La vigilancia también ha crecido ahí: aeromozas y sobrecargos tienen órdenes específicas de chequear el acceso a los baños y tocar la puerta cuando la estancia se prolongue.
Vamos a hablar claro. Lo de tener sexo en el baño de un avión excita a los espíritus amantes de la aventura, a los incondicionales de las emociones fuertes en dosis masivas. A los menos peliculeros les parece una idea casi ridícula: es incómodo (muy incómodo, palabra de Miller), claustrofóbico, agotador (el hábitat de un avión se asemeja mucho al de una estancia en una cumbre de 2,500 metros de altura) y, probablemente, más efímero de lo deseable.
No es muy habitual, por ejemplo, un segundo round en semejantes condiciones. Y eso sin fucú: basta que uno se lance para que ese día una intoxicación alimenticia masiva obligue a los pasajeros a aporrear desesperadamente la puerta y, por ende, arruinar toda la magia. Otra cosa es tomárselo como un entrenamiento de pretemporada, un pimpampum rapidito de risas y morbo sano: se prueba algún escorzo nuevo y otros ángulos de aproximación y consumación del acto, que luego puedan desarrollarse con brillantez en escenarios más adecuados.
En el fondo, no se puede negar que la cosa tiene su encanto. Y hay efecto dominó: en un vuelo transoceánico y nocturno, por ejemplo, con casi todo el mundo dormido y las luces bajas, los paseos en pareja hacia los baños son una tradición secular. Ver a los osados amantes salir de ese minúsculo habitáculo tratando de recomponer la figura tiene dos efectos: una buena risa cómplice y, por qué no, un súbito deseo de hacer lo mismo, si hay con quién.
Los más atrevidos no llegan al baño: en las filas posteriores de un avión medio vacío se pueden escribir páginas gloriosas sobre la piel de otra persona. Páginas de ésas que calan hondo, saben rico y dan satisfacciones variadas. La discreción es clave: el control de las cuerdas vocales a la hora de rematar la faena y la precisión en el compás de los movimientos garantiza un éxito rotundo, memorable como pocos. Nadie se entera, pero todos "pueden" enterarse… y eso, amigos, es tremendo "boost". En los dos cerebros protagonistas se crea además una fantástica imagen en movimiento, que será referencia de futuras osadías.
Luego está el asunto de contarlo. Los miembros de este club de las alturas suelen distinguirse por darle rienda suelta a la lengua, ya sea con metáforas o con el repaso puro y simple de cómo, cuándo y porqué. En lo del relato picantón, como en el "dirty talk" de boca a oreja entre dos amantes, pasa como con todo en la vida: o se tiene clase o no se tiene. Hay que saber qué decir, qué callar y qué insinuar. Después es cuestión de dar y disfrutar, es decir, de aplicar la regla suprema del sexo.
Diario Libre
Diario Libre