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¿La gota de agua que horada la piedra?

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¿La gota de agua que horada la piedra?
La lucha por la conservación de nuestra naturaleza es la esencia de esta columna.
Santo Domingo. Esta columna cumple este mes dieciocho meses en Diario Libre. En ese lapso, se publicaron cerca de 60 artículos, con algunas ausencias atribuibles a nuestro prolijo santoral: el día de La Altagracia coincidió con la aparición de esta columna, y la Virgen de Las Mercedes, siempre oportuna, interrumpió su publicación los dos últimos 24 de septiembre.

Comencé a publicar estos artículos en otro diario, del que deserté porque a sus editores les parecía obsceno que hablara en primera persona. No pude complacerlos, porque sentía que la impersonal tercera persona, común en los libros de texto y en las publicaciones científicas, me alejaba de los lectores y de la intención educativa de esta columna.

Tengo que admitir que estos artículos me deparan un agrado compartido, pues gracias a ellos tengo nuevos amigos y los amigos viejos como que me quieren más. Sin embargo, no estoy muy seguro de que sirvan para cambiar las actitudes hacia la naturaleza.

Decía un psicólogo norteamericano que la enseñanza se define por el cambio inducido en el alumno. Esta reflexión, aplicable a cualquier área educativa, resulta contundente cuando se trata de enseñar valores éticos, como es el caso de la educación ambiental. A veces nos hacemos la ilusión de que estamos induciendo un cambio en la conducta o la actitud de la gente, cuando en realidad lo único que logramos es cambiar su conducta verbal. Luego de aprobar un curso, el estudiante puede hablar de forma diferente sobre el contenido de dicho curso, lo que no garantiza que su comportamiento o su actitud hayan variado. El profesor explica los temas; los estudiantes hacen preguntas y toman notas; el profesor mide el aprovechamiento mediante preguntas orales y escritas y el resultado final es un círculo vicioso que no supera nunca el ámbito verbal.

A veces, en medio de una charla sobre conservación, le pregunto a los estudiantes, por ejemplo, cuál es la importancia de los insectos en la naturaleza. Tres o cuatro alumnos entusiastas hablan con propiedad sobre el papel que juegan estos invertebrados en los diferentes ecosistemas. Sin embargo, cuando les pido, frente a un fragmento de vegetación silvestre, que me sugieran cómo mejorar ese pequeño "jardín", descubro con pesar que el mismo niño que habló con propiedad de la importancia de las hormigas, ahora, enfrentado al hecho real, me recomienda eliminarlas por dañinas y peligrosas. O sea, que los principios ecológicos que "aprendió" sólo le sirven para aprobar exámenes y complacer a los adultos, sin que haya conseguido internalizarlos y cambiar su actitud negativa hacia la naturaleza.

El único logro concreto de esta columna tal vez sea la prohibición dispuesta por la Dirección de Vida Silvestre y Biodiversidad de la importación de las tortuguitas enanas que amenazan la supervivencia de nuestras jicoteas, a raíz de tres artículos que escribiera sobre el impacto de las especies invasoras en la desaparición de especies endémicas.

Por lo demás, el panorama de la conservación en estos últimos años es desolador. Deforestación creciente con la complicidad o la impotencia de las autoridades; cientos de nidos de cotorras saqueados en áreas protegidas; puestos permanentes de venta de pichones de cotorras y pericos. Somos el país antillano más exitoso en la celebración de festivales y en la confección de afiches conservacionistas, pero figuramos también entre los primeros en la depredación y el incumplimiento de la ley. No vacilo en incluir esta columna en ese vía crucis de esfuerzos fallidos.

destra@tricom.net