×
Compartir
Secciones
Última Hora
Podcasts
Encuestas
Servicios
Plaza Libre
Efemérides
Cumpleaños
RSS
Horóscopos
Juegos
Herramientas
Más
Contáctanos
Sobre Diario Libre
Aviso Legal
Versión Impresa
Redes Sociales
revista

La increíble y verdadera historia del cautiverio de Picota

Expandir imagen
La increíble y verdadera historia del cautiverio de Picota
Picota se prepara para el despegue.
Santo Domingo. Cuando les conté por vez primera la odisea de Picota, creía conocer toda la historia. He descubierto, sin embargo, un lado oscuro de su experiencia traumática con los humanos, pues su vía crucis no comenzó cuando fue adoptado por los pescadores, sino unos meses antes, cuando lo capturó un pescador a quien alguien recomendó que lo atrapara asegurándole que podía venderlo por dos mil pesos.

Deslumbrado por la promesa de un dinero que él creía fácil, el pescador atrapó al pelícano que todavía no se llamaba Picota, sino que disfrutaba del delicioso anonimato propio de los animales sin dueño. Luego de arrancarle (no cortarle) las plumas del vuelo de un ala, lo soltó en el patio de su casa. Este método, aunque brutal, permite que las plumas crezcan más rápido, pues si se las cortan, les crecen mucho más tarde cuando mudan. El nuevo hogar del pelícano quedaba en el kilómetro siete de la avenida Independencia.

Poco a poco el ave se fue convirtiendo en la mascota del vecindario. Los vecinos le compraban sardinas y pescado fresco, y el ave disfrutaba de relativa libertad, pues aunque no volaba, podía salir a la calle y asolearse en las aceras. El animal se dio a respetar en el barrio a picotazo limpio, de donde nace su nombre de guerra "Picota".

Cuando ya todo parecía indicar que iba a morir de hastío, lejos del mar y mutilada su capacidad de vuelo, sucedió algo imprevisto: Picota sucumbió a la nostalgia del mar y un buen día se tiró a la calle y comenzó a caminar hacia el sur. "Picota arrancó en Fa", me contó mi amiga Vivian Báez, que es un testigo de excepción, ya que vivía en ese barrio.

Picota hizo todo el recorrido hasta el Malecón acompañado de su fan club, que era numeroso, y que paró el tránsito para que pudiera cruzar sin peligro la avenida Independencia. Era un espectáculo digno de ser filmado. Picota a la vanguardia de una recua de vociferantes muchachos del barrio que respetaban, y hasta apoyaban, su decisión irrevocable de recuperar el mar.

Fue a partir de entonces que los pescadores del litoral a donde llegó decidieron adoptarlo. Ya contamos que lo llevamos al Zoológico, donde pasó casi dos meses, bajos los cuidados de la doctora Silvia Decamps y de mi asistente Yeral Segura, cuya principal diversión durante las fiestas navideñas fue asegurar a Picota su cuota diaria de una libra de sardinas.

Cuando Picota se recuperó y ya podía volar, decidimos liberarlo. Le colocamos un anillo de metal en la pata izquierda para identificarlo. Escogimos el litoral del Acuario Nacional porque está menos contaminado que el malecón y hay vigilancia permanente. Además, los técnicos del Acuario ya habían tenido una experiencia similar con otro pelícano.

Coordinamos con Enrique Pugibet, director del Acuario, y el ocho de enero llevamos allí a Picota. Podría decirse que el mar, símbolo universal de libertad, fue su regalo de reyes. Pusimos el kennel en un área del Acuario aislada del público y abrimos la puerta. A los pocos minutos Picota estaba libre. Caminó vacilante un trecho (como que no lo podía creer) y luego comenzó a batir las alas como un avión que calienta sus motores. Las plumas del vuelo ya le habían crecido, pero ignorábamos qué tan bien podría volar a cielo abierto.

A los 15 minutos despegó con un vuelo suave y armonioso, como si se burlara del viento. Luego de un breve vuelo circular de orientación, normal en las aves cuando se las libera en un lugar extraño, se posó en uno de los almendros del Acuario, extendió las alas y pasó largo rato disfrutando de un delicioso baño de sol.

Confiamos en que Picota no haya perdido su capacidad de pescar, riesgo que siempre se corre cuando se deja un ave en cautiverio por mucho tiempo, y pueda reintegrarse a las bandadas de pelícanos del litoral. Los allí presentes le deseamos, de todo corazón, una larga vida al camarada Picota.

La escapada

Cuando ya todo parecía indicar que iba a morir de hastío, lejos del mar y mutilada su capacidad de vuelo, sucedió algo imprevisto: Picota sucumbió a la nostalgia del mar y un buen día se tiró a la calle y comenzó a caminar hacia el sur.

destra@tricom.net