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La infinita bondad de la maleza

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La infinita bondad de la maleza
Los Haitises, vista de un fragmento pequeño de la zona.
Sd. El norteamericano Benjamín Whorf, aprendiz de lingüista y tasador de seguros contra incendios, al formular su teoría de la "Relatividad Lingüística", creyó haber iniciado otra revolución copernicana. Whorf planteó que, contrariamente a lo que suponemos, no es la forma de pensar la que determina la forma de hablar sino al revés: el lenguaje determina cómo piensa una persona acerca del mundo y, lo que es más importante, cómo actúa hacia el mismo.

Whorf observó las grandes diferencias que existían entre el inglés y las lenguas indígenas de los pueblos amerindios que visitaba con frecuencia como evaluador de riegos contra incendios. Infirió, por ejemplo, que como en inglés se dividen las oraciones en un sujeto nominal y un predicado verbal, los angloparlantes tienden a analizar sus experiencias en términos de cosas y acciones. Los Hopis, cuya lengua no hace esta distinción, analizan sus experiencias de otra forma.

Aunque las hipótesis de Wolf partían de datos anecdóticos y no se encontraron evidencias empíricas de la mayoría de ellas, algunas investigaciones demuestran que la forma en que percibimos la realidad y reaccionamos ante ella puede ser afectada por las palabras con las que describimos dicha realidad.

Por ejemplo, el hecho de que en ciertas lenguas asiáticas los números que siguen a diez no se llamen once, doce, trece... sino "diez y uno", "diez y dos", etc, parece facilitar ciertas operaciones aritméticas a los hablantes de esas lenguas. En el artículo "Un bosque seco no es un bosque que se secó", sugería que la actitud negativa de los dominicanos hacia el bosque seco tal vez se deba a que en español usamos la palabra "seco" para referirnos tanto a un bosque donde llueve poco como a un árbol muerto.

Algo similar ocurre con el vocabulario que usamos al interactuar con la naturaleza. Si al destruir la vegetación silvestre para construir o cultivar la tierra usamos el verbo "limpiar", estamos rebajando nuestra naturaleza virgen a la categoría de basura.

Otro tanto sucede con la palabra "maleza", con la que describimos la vegetación natural, sobre todo cuando se trata de hierbas y arbustos, y que tiene una fuerte connotación negativa. Lo correcto sería que tratáramos el término "maleza" como un concepto circunstancial y por lo tanto relativo.

Si tengo un jardín de rosas, consideraré "maleza', y trataré de eliminar, cualquier otra planta que nazca en mi jardín, ya se trate de una mata de yuca o de una orquídea. Si, por el contrario, me interesa conservar un bosque natural, cualquier planta que no sea nativa de la zona será declarada maleza y eliminada, sin importar si es una mata de aguacate o un jazmín.

De hecho, en las áreas protegidas no se permite (no se debería permitir) la introducción de ninguna planta que no sea nativa del área. Lo malo es que usamos la palabra "maleza" como una categoría absoluta, y sólo se la aplicamos a la vegetación silvestre.

Hablando de todo como los cuerdos (Los locos tienden a ser monotemáticos), a la luz de estas reflexiones es perfectamente válido el reclamo de las feministas, en el sentido de que el lenguaje sexista discrimina y perjudica a las mujeres.

guerrero.simon@gmail.com