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La vida en "el nuevo Najayo"

Tristes historias de mujeres. Esa fue la carga más pesada que trajimos de una visita reciente al Centro de Corrección y Rehabilitación Najayo Mujeres. Pero también una palpable, aunque leve,

La cárcel de mujeres de Najayo ya no se llama así. Desde hace más de año y medio es el "Centro de Corrección y Rehabilitación Najayo Mujeres", y, así como el nombre, la situación de las mujeres que allí viven parece haber cambiado y mucho.

Con la aplicación del Nuevo Modelo Penitenciario en el centro vinieron muchas reformas. "Todo es muy diferente ahora, esas historias de inseguridad, explotación, abuso, negocios y transacciones ilegales, tráfico de todo y corrupción, son cosa del pasado. Al menos lo son en Najayo Mujeres", dijeron las autoridades.

Ángel Pérez, subdirector de tratamiento asegura que ahora las internas utilizan un uniforme, ya no son llamadas presas, sino internas y que el centro tiene unos principios básicos para el tratamiento penitenciario, de manera que ya no hay malos tratos. "Aquí ya no tenemos policías ni guardias. Todo somos jóvenes civiles especializados en lo que es el tratamiento penitenciario", explicó.

Las instalaciones del centro están remozadas y el ambiente es calmado. Ahora recuerda a un colegio en horas de clases.

Su directora, Rosa Julia Flores, una mujer amable, de carácter jovial y relajado, también recuerda a una directora de escuela cuando habla de las reglas de la institución, de los proyectos y de las internas. También lo parece cuando habla con ellas: cercana y distante a la vez.

"Aquí hay mucha gente buena", dijo. Flores asegura que la mayoría de esas mujeres está rehabilitándose, preparándose para enfrentar y reinsertarse a la sociedad. Capacitándose, aprendiendo nuevos hábitos de vida, pero también pagando sus errores.

En Najayo Mujeres se han logrado muchas cosas, pero hay bastante qué mejorar todavía. Ella insiste en que el cambio sólo puede lograrse con la colaboración de toda la sociedad, y que ellos, las autoridades penitenciarias, están haciendo su parte.

"Hemos visto que tener gente almacenada no nos da ningún producto", dice. "Ustedes conocen esa otra versión de las cárceles dominicanas, donde las personas salen de ahí graduadas del crimen. Nuestra misión es rehabilitar a las personas privadas de libertad y a medida que reincorporamos a la sociedad a personas con ánimo de respetar la ley, es un delincuente menos que tenemos. Ese es nuestro aporte". Ese cambio de conducta en las mujeres de Najayo se está tratando de lograr con los llamados Programas de Tratamiento, que consisten en proporcionar a las internas educación, asistencia espiritual, recreación y trabajo.


LA VIDA ALLÍ


En el Centro de Corrección y Rehabilitación Najayo Mujeres la jornada empieza casi siempre antes de las 7 de la mañana y termina pasadas las 10 de la noche. Allí, "hay un horario establecido para todas las actividades (incluso para el descanso) y esos horarios se respetan", explica Cristiana Martínez, subdirectora de seguridad.

Los fines de semana las internas pueden dedicarse a sus tareas personales, pero de lunes a viernes la agenda es bastante apretada. En turnos de la mañana y de la tarde se imparten las diferentes clases: las de educación formal (hasta 1ero de bachillerato) y las de educación no formal (costura, informática, repostería, belleza, idiomas, mercería, diseño de modas, bordado, etc.). También durante el día se realizan las actividades de terapia ocupacional, un programa a través del cual ellas se incorporan a la vida "laboral" dentro de la institución. "Uno de nuestros principales objetivos es habituar a las internas al trabajo, crearles el hábito de cumplir un horario y unas responsabilidades específicas. Muchas de las internas al llegar aquí nunca habían trabajado", aseguró Ángel Pérez.

Algunas de las tareas que realizan son: asistir en la cocina, limpiar en el centro, trabajar el jardín y el huerto y hasta impartir clases a sus compañeras. La idea es propiciar a las personas privadas de libertad un estilo de vida que las rehabilite y las prepare para reincorporarse a la sociedad.

Las mujeres de Najayo visten de uniforme: camiseta verde y jeans; tienen sus tres comidas seguras y permiso para usar celulares. "Como no hemos podido articular un sistema de comunicación al que ellas puedan tener acceso, se les permite tener celulares, aunque con un control y una reglamentación", explica Flores. "Es importante que ellas estén comunicadas, porque es la manera en que, como madres, están en contacto con su familia", dice. Pero está consciente de que permitiendo el uso de celulares se corre un riesgo. "Sabemos que alguien podría estar haciendo transacciones delictivas por teléfono, pero aún no se ha detectado que haya sucedido algo así".

Otra de las facilidades que el centro ofrece a las internas es el economato. Allí pueden adquirir todo tipo de artículos, desde productos para la higiene personal hasta revistas, libros, comida, refrescos, tarjetas de llamadas, cigarrillos, entre otros. Eso sí, en la institución no circula el dinero; las transacciones en el economato se hacen con tickets prepagados por los familiares y allegados de las internas.

En Najayo Mujeres hay un salón de belleza, áreas de lavado, canchas de voleibol, un pequeño gimnasio, un consultorio médico, televisores en todos los pabellones, grupo de teatro, coro, un centro de informática y aulas para tomar los talleres.

Las internas tienen acceso a consejería espiritual y psicológica, y tienen, además, la oportunidad y el deber de realizar terapia ocupacional.


HISTORIAS

Como sabían que habría "visita" en el centro, las chicas del grupo de teatro prepararon un número especial. Unas 10 internas interpretaron sin timidez una especie de poema que hablaba de la experiencia de estar encerrada y sobre la necesidad que tenían de una segunda oportunidad. Hablaba también de un cambio de conducta, de redención y de arrepentimiento, pero también del miedo a enfrentar a una sociedad implacable cuando tengan que salir de nuevo al mundo. "El rechazo de la sociedad es una de las principales preocupaciones de estas mujeres", nos había dicho la directora.

No hace falta escuchar ningún poema triste para saber que detrás de cada una de las personas que allí se encuentran recluidas hay una historia, si no miles.

"Yo hablaría, en particular, y lo haría como si fuera un solo caso, de las mujeres privadas de libertad por violación a la ley 5088, que es la ley de drogas, y que constituyen el 69% de la población del centro", dice Rosa Flores. "Para mí son casos especiales, sin intención de justificarlas o excusarlas, sino con la intención de mover a la reflexión, pensar qué estamos haciendo, cuáles políticas sociales hay en nuestra sociedad encaminadas a beneficiar a la mujer".

Belma de la Cruz es una de esas mujeres que están allí por asuntos relacionados al tráfico de drogas. Es muy expresiva, conversadora, extrovertida, y a la fecha de esta entrevista llevaba un año y cuatro meses en Najayo. "Los jueces me echaron 5 años pero con la gracia de Dios yo no los voy a hacer", dice convencida; "ya me siento capacitada para enfrentar a la sociedad y a mi familia". La directora nos contó con orgullo que Belma es una de las mayores transformaciones que han tenido en el centro. A pesar del dolor de estar presa, se las ha arreglado para aprender de la experiencia; se involucra en las actividades y participa en los cursos. Es "muy colaboradora".

Ella (y según Ángel Pérez, la mayoría de las internas piensa igual) ve con buenos ojos la aplicación del nuevo modelo, pues en Najayo ha aprendido cosas que la están preparando para enfrentar mejor el mundo exterior. Aprendió repostería, a tejer, a bordar, a hacer velones; pero también ha aprendido otras cosas más valiosas: "a amar, a querer a mis familiares. En verdad cuando uno anda en cosas indebidas, no se quiere ni a uno mismo", dijo.

Mirtha, aunque no es tan entusiasta como Belma, también se muestra positiva, a pesar de estar presa desde hace casi tres años. Y es que en un par de meses podrá salir en libertad y reencontrase con su hija de 8 años, a la que no ve desde que está en el centro. "No me gusta que venga", dijo, "lo que pasa es que ella es muy inteligente y se da cuenta de todo". Mirtha saldrá del centro hecha "toda una repostera", además de que se las arregla muy bien en costura, lencería y hasta con el holandés, gracias a los cursos que ha hecho allí. Quizá ahora se le haga más fácil encontrar un trabajo real, un oficio que la ayude a mantener a su hija y que no vaya contra la ley.

Por su parte, Elena, de 23 años, no se ve tan esperanzada. Aunque aprecia las herramientas que ha recibido en Najayo, en su mirada y su voz se percibe desconfianza y una tristeza muy profunda. No quiso hablar de las razones por las que está presa y se limitó a decir que estaba allí "por cosas que le pasan a una en la vida… una tropieza para poder levantar los pies".

Aunque Elena no es la única chica a quien la cárcel ha marcado con dolor la vida, es un hecho que muchas de estas mujeres, si no la mayoría, tratan de tomarse su condición de reclusas con filosofía y resignación. La misma Elena reconoce que en Najayo ha aprendido cosas que no pudo aprender en la calle, y que al menos cuando salga tendrá con qué mantener a su hija de 2 años "sin necesidad de hacer otra cosa".

El caso de Mercedes es otro. Su consuelo no es, quizá, lo que ha aprendido en el centro, o el hecho de que se esté rehabilitando. Ella, que tiene 26 años de edad, y ya lleva 4 en la cárcel, luce tranquila y de buen humor. Mercedes es la única mujer de todo el centro que vive allí con su hijo, un bebé que nació estando ella presa y del que tendrá que separarse muy pronto. "Esa despedida va a ser triste", nos confesó. Sin embargo, aunque ha perdido su libertad y tendrá que alejarse de su pequeño, desde que está en Najayo ha ganado otras cosas. "Yo vine aquí, como quien dice, a formar mi familia", dice riendo, con cierta timidez. Ella se "casó" luego de ingresar al centro y tiene otro hijo mayor que también nació en la cárcel.

A diferencia de como ocurría con el anterior modelo, ya no se permiten niños viviendo en el centro. Mercedes está con su bebé allí porque se embarazó durante el sistema anterior. La nueva regla es que sólo las mujeres que lleguen embarazadas a la institución pueden tener a sus hijos con ellas y tendrán que entregarlos a sus familiares al cumplir un año de edad.

Mercedes todavía no sabe cuándo podrá salir para reunirse con su familia y retomar sus estudios de ingeniería en sistemas; "me falta un año y pico para (optar por) la condicional ", dice, pecando quizá de optimista. Y es que esta chica está en Najayo por un caso de homicidio, fue condenada y actualmente está en proceso de apelación.

Entre las mujeres del centro cuya actitud dista mucho de la resignación y la actitud positiva de otras, (y que según las autoridades de la correccional, son las menos), hay una chica. Mientras caminábamos junto a la directora por uno de los pabellones, esta muchacha, con la que ni siquiera pudimos hablar, me miró con los ojos desorbitados, muy abiertos. Aprovechando la distracción de los que me acompañaban, me dijo en voz muy baja, casi en mímica: "todo es mentira, nos tratan malísimo". De inmediato entró corriendo a su dormitorio y no se dejó ver más.