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Ladrillos de esperanza para el mercado exterior

Los campesinos exportan hasta 20 contenedores de ladrillos por mes, pero temen ser desplazados por poderosos sectores económicos que empiezan a incursionar en la producción

Tania Molina

Desde hace más de 30 años, la localidad de Esperanza, en Mao, inició una lenta pero constante producción de ladrillos aprovechando la gran concentración de arcilla de sus tierras.

Esta actividad, además de constituirse en el principal medio de sustento de la comunidad, empieza a crecer y abrirse camino hacía el mercado internacional. Aunque carentes de maquinarias y sin normativas que regulen su comercialización, las 26 fábricas que conforman la Asociación de Productores de Ladrillos de Esperanza (Aprole) embarcan cada mes hasta unos 20 contenedores de ladrillos en diversos colores y tamaño, según sostiene su presidente, Rojas Corona Valerio.

Por cada contenedor, que por lo general carga unas 12,800 unidades, los dueños de las fábricas cobran entre 1,030 a 1,040 dólares. Corona Valerio recuerda que en principio la venta se realizaba a nivel nacional, pero que a partir de la década de los 90 el negocio cayó un poco porque los empresarios se inclinaron por materiales como el cristal y el aluminio.

Sin embargo, el ladrillo volvió a tener salida, gracias a la preferencia de su uso en los proyectos de las zonas turísticas. Desde hace un año y medio los empresarios empezaron a comprar el ladrillo para exportarlo, según cuenta Corona Valerio.

"En principio probamos, con uno o dos contenedores al mes, pero luego fuimos aumentando hasta exportar hasta 20 contenedores al mes, en tiempo óptimo, es decir, cuando no esté lloviendo en la zona", dice.

Hasta el momento la exportación de estos ladrillos se realiza hacía Puerto Rico, Miami y Chicago. Pero, la falta de normativas que regulen la producción y comercialización del producto, ha generado preocupación entre los fabricantes, que temen ser desplazados por grupos de inversionistas que empiezan a comprar tierra para producir en grandes cantidades.

Su temor aumenta aún más ante la tan esperada y varias veces pospuesta entrada en vigencia del Tratado de Libre Comercio de Estados Unidos con Centroamérica y República Dominicana (DR-CAFTA). Los productores locales advierten que personas poderosas económicamente puedan dejarlos fuera del negocio.

"Este mercado es bueno y deja beneficios, pero cuando vemos que grandes magnates se están involucrando en el negocio, tuvimos que unirnos para luchar juntos y no desaparecer" dice Corona Valerio. Destaca que el negocio en la actualidad es manejado por trabajadores humildes que carecen de recursos para competir con sectores económicamente fuertes.

Recuerda que desde hace seis meses, cuando se conformó la asociación, se iniciaron las gestiones para que el Gobierno reconozca la entidad, pero que hasta la fecha no han logrado ser atendidos por ninguna instancia gubernamental.

Además de conseguir la constitución legal de su asociación, los productores buscan que se establezcan normativas para controlar la cantidad de fábricas, el espacio que debe existir entre cada una de ellas, las condiciones de los empleados y precio de venta del ladrillo, entre otros detalles.

Pero además, el grupo aspira a tener la fuerza que les permita exigir al Gobierno facilidades de producción tales como maquinaria pesada y de transporte. "Aquí se trabaja con pico y pala, porque no tenemos con qué comprar una pala mecánica, pero además nuestros camiones están deteriorados y los necesitamos para poder entregar la mercancía", enfatiza.

Producción

La producción de los ladrillos empezó en Esperanza con la llegada del santiaguero Rafael de la Rosa en la Década de los 80. "En principio todos creíamos que ese hombre estaba loco, porque se pasaba todo el tiempo hoyando y mojando tierra", recuerda Edilio Tobías Martínez, de 69 años de edad. Con el tiempo, varios campesinos imitaban las acciones de De la Rosa.

La mayoría de los trabajadores de las minas son haitianos, pero existen algunos dominicanos, como Tobías Martínez, quien labora en una de las fábricas de ladrillos de la localidad conocida como Minas de Cacheo, en Esperanza.

En este lugar, la mayoría de las tierras se destina a la elaboración de ese material de construcción y el cultivo es casi inexistente, a excepción de pequeñas plantaciones de yuca.

Según Martínez esto se debe a que la tierra que se utiliza para la producción de ladrillos, no es fértil para el cultivo. Para determinarlo, los campesinos suelen tomar un puñado de tierra húmeda que "si se queda hecha una bola, entonces es arcillosa".

A Martínez le pagan 100 pesos por cada millar de ladrillos "encantillados". Gracias a la experiencia de más de 20 años amasando y dando forma a la tierra, logra encantillar hasta 300 ladrillos por día. "El proceso no es tan difícil", dice.

"Se trata de sacar la tierra, molerla y luego se remoja y se forma el ladrillo en el tamaño requerido para proceder a secarlo al sol". Una vez seco, el pedazo de lodo se lleva al horno, para luego de 24 horas de fuego constante obtener un producto de gran calidad, y sin ningún ingrediente químico adicional, según aclara.

La vigilancia en el horno es imprescindible, dice, pues la cantidad del fuego que produzca la leña, es lo que determinará la calidad y el color del producto. Por la leña, los ladrilleros pagan hasta 1,800 pesos el camión a los vendedores de la zona.

Como en cualquier negocio, riesgos de perdidas existen, pues la lluvia puede borrar toda una producción que esté a sol y aire para secarse, además de que siempre hay trozos de lodo que se rompen.

LA VENTA

Osiris Santana, dueño de una fábrica que responde a su mismo nombre, vende sus ladrillos a 60 mil pesos por camión. "No le vendo a nadie en particular, al primero que lo quiera comprar, a ese le vendo", dice tras afirmar que en ocasiones suele durar hasta un mes para vender un cargamento.

Sin embargo, no son muchos los compradores y los principales nombres se refieren a tres empresarios de Santiago y de la zona Este el país.

Pero ya uno de esos empresarios decidió comprar una gran extensión de terreno, y producir sus propios ladrillos, según afirma el presidente de Aprole, lo que ha generado una merma en la venta. En la actualidad los ladrillos lo pagan a 8 centavos de dólares la unidad, pero Corona Valerio lamenta que nadie en la asociación tenga los medios económicos ni maneje el idioma inglés para poder realizar las negociaciones de forma directa.

"A nosotros nos gustaría poder viajar algún día a algunos de esos países y ver con nuestros ojos cuál es el precio real que tienen los ladrillos allá", dice Corona Valerio. Destaca que los ladrillos tienen gran salida en el mercado internacional porque, a diferencia del barro, tienen un color natural y de apariencia antigua. Por el contrario, dice, el empresariado dominicano, prefiere comprar ladrillos de barro porque "están obsesionados con el rojo".