Las aves migratorias desviaron la ruta de Colón

Santo Domingo. El día 11 de octubre del 1492, el gran almirante don Cristóbal Colón, la víspera del acontecimiento más grande en la historia de la humanidad, anotó en su diario: "vieron pardelas y un junco verde junto a la nao", para dejar constancia de un trozo de vegetación que flotaba en el mar y unas aves que vieron sus hombres bien entrada la tarde, por lo que suponían que iban rumbo a sus dormideros. Ambos acontecimientos fueron interpretados por el Almirante como prueba innegable de que estaban a punto de encontrar tierra.
Los hechos parecieron confirmar la hipótesis de estos extraordinarios marineros, aunque al aplicar rígidamente las categorías de sus patrias lejanas al mundo extraño al que se asomaban, podían haber cometido errores de apreciación. Por ejemplo, Pardelas llaman en España a especies marinas pelágicas (Procellariidae), que son aquellas que pasan la mayor parte de su vida a mar abierto y sólo se acercan a tierra en la época reproductiva. Algunas pueden ser vistas en medio del océano, en otras épocas, de modo que su sola presencia no garantiza proximidad de tierra continental o grandes islas.
Por suerte para los egregios aventureros españoles, dos de los miembros de esta familia (Pterodoma hasitata y P. caribbea, llamados diablotines en RD) anidan en acantilados montañosos de nuestra isla y de Jamaica, de octubre a mayo, lo que hace probable que los que vieron al atardecer de aquel 11 de octubre volaran ciertamente a sus territorios de cría, a cuyos nidos regresan sólo de noche, emitiendo sonidos lúgubres, de donde nace su nombre común "diablotín".
No fue esta la única vez que las aves jugaron un papel determinante en el tortuoso recorrido de los descubridores. En otra ocasión, semanas antes del descubrimiento, una bandada de aves migratorias que volaban perpendiculares a las "naos", indujeron a los capitanes a cambiar la ruta que llevaban, que según los expertos en navegación, arrastrados por las corrientes del Golfo de México, los habría llevado a la costa este de los Estados unidos, probablemente a Carolina del Sur.
Resulta tentador imaginar cuál habría sido el destino de las Antillas y de Norteamérica, si Colón no se hubiera dejado guiar por estas aves migratorias. Hábito muy común en los estudiosos de la Historia, quienes hacen afirmaciones concluyentes sobre lo que habría ocurrido si los Bárbaros no hubieran invadido Roma o si Hitler no hubiese invadido Rusia. Ejercicio vano, ya que es lógicamente inaceptable dar respuestas categóricas a preguntas hipotéticas.
Como es una vieja costumbre hispanoamericana detractar a los españoles, tal vez mucha gente piense que el destino de nuestras islas habría sido más hermoso sin la presencia de los conquistadores torvos que nos trajeron todo lo malo pero quizá todo lo bueno; que nos trajeron la viruela y los caballos, las ratas y las abejas.
Don Joaquín Priego, el abuelo espiritual de "Boquechivo", se negaba a usar la lengua que nos dio España para denostarla. Y alguien tan hispanófilo como Pablo Neruda, que en su Canto General usó los epítetos más terribles para referirse a los españoles (a Pizarro lo llama "caporal porcino" y a Cortés "corazón frío en la armadura"), al pasar balance al final de su vida, reconoce en sus memorias (Confieso que he vivido) que tan sólo el idioma que nos dejaron compensa con creces todos los saqueos: 'Qué hermoso idioma el nuestro, qué bella lengua heredamos de los conquistadores torvos…Se llevaron el oro, nos dejaron el oro. Se lo llevaron todo, y nos dejaron todo: nos dejaron las palabras".
destra@tricom.net
Los hechos parecieron confirmar la hipótesis de estos extraordinarios marineros, aunque al aplicar rígidamente las categorías de sus patrias lejanas al mundo extraño al que se asomaban, podían haber cometido errores de apreciación. Por ejemplo, Pardelas llaman en España a especies marinas pelágicas (Procellariidae), que son aquellas que pasan la mayor parte de su vida a mar abierto y sólo se acercan a tierra en la época reproductiva. Algunas pueden ser vistas en medio del océano, en otras épocas, de modo que su sola presencia no garantiza proximidad de tierra continental o grandes islas.
Por suerte para los egregios aventureros españoles, dos de los miembros de esta familia (Pterodoma hasitata y P. caribbea, llamados diablotines en RD) anidan en acantilados montañosos de nuestra isla y de Jamaica, de octubre a mayo, lo que hace probable que los que vieron al atardecer de aquel 11 de octubre volaran ciertamente a sus territorios de cría, a cuyos nidos regresan sólo de noche, emitiendo sonidos lúgubres, de donde nace su nombre común "diablotín".
No fue esta la única vez que las aves jugaron un papel determinante en el tortuoso recorrido de los descubridores. En otra ocasión, semanas antes del descubrimiento, una bandada de aves migratorias que volaban perpendiculares a las "naos", indujeron a los capitanes a cambiar la ruta que llevaban, que según los expertos en navegación, arrastrados por las corrientes del Golfo de México, los habría llevado a la costa este de los Estados unidos, probablemente a Carolina del Sur.
Resulta tentador imaginar cuál habría sido el destino de las Antillas y de Norteamérica, si Colón no se hubiera dejado guiar por estas aves migratorias. Hábito muy común en los estudiosos de la Historia, quienes hacen afirmaciones concluyentes sobre lo que habría ocurrido si los Bárbaros no hubieran invadido Roma o si Hitler no hubiese invadido Rusia. Ejercicio vano, ya que es lógicamente inaceptable dar respuestas categóricas a preguntas hipotéticas.
Como es una vieja costumbre hispanoamericana detractar a los españoles, tal vez mucha gente piense que el destino de nuestras islas habría sido más hermoso sin la presencia de los conquistadores torvos que nos trajeron todo lo malo pero quizá todo lo bueno; que nos trajeron la viruela y los caballos, las ratas y las abejas.
Don Joaquín Priego, el abuelo espiritual de "Boquechivo", se negaba a usar la lengua que nos dio España para denostarla. Y alguien tan hispanófilo como Pablo Neruda, que en su Canto General usó los epítetos más terribles para referirse a los españoles (a Pizarro lo llama "caporal porcino" y a Cortés "corazón frío en la armadura"), al pasar balance al final de su vida, reconoce en sus memorias (Confieso que he vivido) que tan sólo el idioma que nos dejaron compensa con creces todos los saqueos: 'Qué hermoso idioma el nuestro, qué bella lengua heredamos de los conquistadores torvos…Se llevaron el oro, nos dejaron el oro. Se lo llevaron todo, y nos dejaron todo: nos dejaron las palabras".
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Simón Guerrero
Simón Guerrero