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Lío en Río

Jamás, de volver a Río de Janeiro, dejaré que nadie me limpie los zapatos. Allí fui engañado por un niño, como el más ingenuo de los turistas.

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Lío en Río
Recorrer a diario la distancia que mediaba entre mi hotel y el Meridien era muy agradable. A veces me iba por la acera de la playa contemplando la arena blanquísima, el mar, el sol y los cuerpos esculturales de la mayor parte de la población carioca.

Al llegar al Meridien me esperaba el operador que iba a proyectarme las películas escogidas por mí y que pertenecían a la empresa estatal de Embrafilme. Allí, en la penumbra de una salita acogedora y solitaria, a la hora en la que la mayoría de los turistas se encontraban en la playa, descubrí buena parte del cine de Carlos Diegues, supe de los poderes sexuales de una morena llamada Xica da Silva, acompañé a Pixote en sus fechorías y, por sobre todas las cosas, quedé deslumbrado por el rostro y la figura de una diosa terrenal llamada Sonia Braga, que subía y bajaba del autobús procurando dar placer a todo el que quisiera acompañarla.

Sonia ya era muy popular en Brasil pero le faltaba conquistar al mundo acompañada, como Doña Flor, por sus dos maridos, uno vivo y otro muerto.

–Las compro todas– Fue mi primera reacción, que no pudo materializarse porque Doña Flor ya le pertenecía a la casa Pelimex.

De todas maneras quedé muy satisfecho con "La dama del autobús" y "Yo te amo", cuyos derechos compartía con Juan Gerard en Puerto Rico.

Cuando terminaba la jornada, que se interrumpía para almorzar una deliciosa feijoada por los alrededores o, en ocasiones excepcionales para subir, con todo el terror del mundo, hasta allá arriba, donde estaba el Cristo con los brazos abiertos, volvía a caminar hasta el hotel cuando ya comenzaba a oscurecer. Este regreso lo hacía paso a paso, saboreando en la mente las imágenes de las películas, cinco o seis, que había visto en el transcurso del día y que no dejaban de mezclarse unas con otras. Iba pensando en que Santo Domingo podía resultar ser una buena plaza para el cine brasileño por lo cercano que estaba a nuestra forma de ser, cuando se me acercó un limpiabotas, apenas un niño y me preguntó:

–¿Va a limpiar?

Pero no, yo no iba a limpiarme los zapatos en aquel momento.

–Están sucios los zapatos–. Insistía el mozalbete.

–Están limpios.

–Están cagados.

Me quedé estupefacto mirando los zapatos que, efectivamente, estaban asquerosos.

–Las palomas–. Me dijo el limpiabotas. –Son las palomas del parque que todo lo ensucian.

Y las palomas se habían cagado, precisamente, sobre mis zapatos. No tuve más remedio que decirle, con cierto agradecimiento, a aquel niño que me limpiara los zapatos, cosa que hizo con asombrosa celeridad. Al terminar, extendió la mano cobrando, no en cruzeiros sino en dólares.

–Son treinta dólares– Reclamaba con aplomo.

Yo no podía salir de mi asombro.

–Pague... pague los 30 dólares.

Yo saqué de los bolsillos unos cuantos cruzeiros, lo que me parecía de sobra justo.

El niño, amenazante, rodeado de todo un grupo, seguía insistiendo.

–Pague o llamo a la policía...

Yo me incomodaba cada vez más llamándole estafador, ladrón y mil improperios más. Mientras tanto, la banda de pequeños delincuentes iba creciendo y la noche no invitaba a continuar con aquella discusión.

–Pague.

Y no me quedó más remedio que someterme a la estafa, que sacar de la cartera los treinta dólares y salir de allí corriendo, engañado por un niño, como el más ingenuo de los turistas. Eso sí, jamás, de volver a Río, dejaré que nadie me limpie los zapatos. y arturorodriguezf@hotmail.com