Los pastelitos son parte de la tradición más jubilosa
Siempre será cuestión de cuántos, de acuerdo a lo que dicte el bolsillo, pero una familia que se precie de celebrar la Navidad y, sobre todo, la Noche Buena, sin los consabidos pastelitos en el menú, no puede enarbolar sus apegos a las tradiciones dominicanas. Porque en el plato de reyes que se sirve al menos una vez al año, ellos son parte fundamental, ya sean de carne de res, de pollo, o de queso; de los pequeños tipo bufet o de los más grandes. Tampoco importa que sean más o menos crocantes, o que tengan más harina que la requerida. Tienen que estar ahí, porque son parte de la celebración.
Doña Amparo, esa que dio nombre a unos de los más famosos pastelitos de Santo Domingo, no está para contarlo, pero el crédito de la marca, que perdura al cabo de más de 50 años, se debe tanto a su buena factura como a la devoción del dominicano de todas las edades por los pastelitos.
En Tamboril inició ella la elaboración de los bocaditos fritos, que luego, viuda y con dos hijos, le permitieron sobrevivir a la mudanza en San Carlos y posicionarse en la ciudad principal. En Mata Hambre, donde tienen su sede los Pastelitos Amparo, hace 35 años que se responden a pedidos en serie.
Ahí se entera uno que los pastelitos, para que sean buenos de verdad, tienen que tener la cantidad de huevos requerida y la harina de calidad. De lo contrario, no se garantiza el sabor ni la cocción que se torna crujiente y se devora como bocado de dioses.
Un detalle adicional sale de la casa, y es el de la magia de las manos. Los pastelitos de verdad son, ante todo, un producto artesanal, que nunca se congela antes de hervir en el caldero de aceite.
Preparados para la zafra navideña, en Amparo trabajan en diciembre hasta 9:00 de la noche, y los domingos casi el día completo, porque cierran a las 6:00, y lo hacen porque la demanda lo impone. Tan dura jornada indica hasta dónde hay un vínculo estrecho en celebraciones criollas y consumo de pastelitos. Un dato que hay que colocarlo en la dimensión que ofrece la competencia abierta que hay por todos los lados con la fabricación de tan populares frituras. Porque no hay esquina de barrio en la que no se ofrezca uno de la variedad, y deben sumar cientos las señoras que aumentan sus ingresos en diciembre respondiendo a pedidos que suelen hacerse con mucha antelación.
Puede que no sea objeto de consulta popular, que no se lleve a los cuestionarios que buscan definir un perfil local, pero no pocos se han preguntado en este patio que conformamos cuántos pastelitos son necesarios para que una celebración quede bien servida. O por qué será que nunca que se compran varias docenas para una fiesta u opípara cena, lleguen a la mesa los que se ordenaron. La sustracción de uno, otro y otro más, a cargo de grandes y pequeños, que ubican con destreza el recipiente que los conserva, es también parte de la tradición del consumo. Que levante la mano el que no se llevado a la boca un pastelito sin permiso de su madre…
Doña Amparo, esa que dio nombre a unos de los más famosos pastelitos de Santo Domingo, no está para contarlo, pero el crédito de la marca, que perdura al cabo de más de 50 años, se debe tanto a su buena factura como a la devoción del dominicano de todas las edades por los pastelitos.
En Tamboril inició ella la elaboración de los bocaditos fritos, que luego, viuda y con dos hijos, le permitieron sobrevivir a la mudanza en San Carlos y posicionarse en la ciudad principal. En Mata Hambre, donde tienen su sede los Pastelitos Amparo, hace 35 años que se responden a pedidos en serie.
Ahí se entera uno que los pastelitos, para que sean buenos de verdad, tienen que tener la cantidad de huevos requerida y la harina de calidad. De lo contrario, no se garantiza el sabor ni la cocción que se torna crujiente y se devora como bocado de dioses.
Un detalle adicional sale de la casa, y es el de la magia de las manos. Los pastelitos de verdad son, ante todo, un producto artesanal, que nunca se congela antes de hervir en el caldero de aceite.
Preparados para la zafra navideña, en Amparo trabajan en diciembre hasta 9:00 de la noche, y los domingos casi el día completo, porque cierran a las 6:00, y lo hacen porque la demanda lo impone. Tan dura jornada indica hasta dónde hay un vínculo estrecho en celebraciones criollas y consumo de pastelitos. Un dato que hay que colocarlo en la dimensión que ofrece la competencia abierta que hay por todos los lados con la fabricación de tan populares frituras. Porque no hay esquina de barrio en la que no se ofrezca uno de la variedad, y deben sumar cientos las señoras que aumentan sus ingresos en diciembre respondiendo a pedidos que suelen hacerse con mucha antelación.
Puede que no sea objeto de consulta popular, que no se lleve a los cuestionarios que buscan definir un perfil local, pero no pocos se han preguntado en este patio que conformamos cuántos pastelitos son necesarios para que una celebración quede bien servida. O por qué será que nunca que se compran varias docenas para una fiesta u opípara cena, lleguen a la mesa los que se ordenaron. La sustracción de uno, otro y otro más, a cargo de grandes y pequeños, que ubican con destreza el recipiente que los conserva, es también parte de la tradición del consumo. Que levante la mano el que no se llevado a la boca un pastelito sin permiso de su madre…
Diario Libre



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