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María Marte, la chef con dos estrellas Michelin

La dominicana aspira a su tercera estrella este año. “Nunca bajé la cabeza”, dice

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María Marte, la chef con dos estrellas Michelin
La chef María Marte recibe homenaje en el Consulado dominicano en Sevilla.

SANTO DOMINGO. La historia de la inmigrante dominicana María Altagracia Marte y sus dos estrellas Michelin ha conmovido al mundo de la alta gastronomía. Natural de Jarabacoa, siempre soñó en grande. Lo hacía de niña, entre fogones, mientras veía a su madre preparar las mejores confituras de la zona, y lo hacía de joven, mientras intentaba compaginar los estudios de sicología con un embarazo de mellizos de alto riesgo. No pudo terminar la carrera, pero siguió adelante.

En el 2003, con 24 años, y pasando por una situación agobiante, decidió emigrar a España. En su maleta, algunas mudas de ropa y el deseo de reencontrarse con su hijo mayor, que ya vivía en ese país. Planes, lo que se dice planes, no tenía ninguno. Sólo sabía que tenía que trabajar muy duro, y demostrar que podía valerse por sí misma.

La primera oportunidad laboral le cayó literalmente en las manos: lavar platos y fregar pisos a 3.50 euros la hora. Aunque sabía que estaba iniciando por el escalón más bajo, sentía que estaba en el lugar correcto. Quería ser cocinera, aunque lo único que podía presentar a Diego Guerrero, chef del exclusivo Club Allard de Madrid, era el compromiso de trabajar más que todos, y un diploma de un curso de pastelería realizado en una escuela laboral de su Jarabacoa natal.

Otra oportunidad

Falló a la primera. En la segunda oportunidad, y porque había una vacante, María la inmigrante se atrevió a solicitar de nuevo para la posición de aprendiz. Le dieron el visto bueno con una sola condición: tenía que seguir lavando platos. Y así inició una jornada interminable de turnos dobles, con dormidas en el piso y manos destrozadas, pero con el espíritu intacto. Y fue precisamente ese espíritu inquebrantable y una incesante hambre por aprender lo que terminaron de convencer al chef de aceptarla, no como ayudante de cocina, sino como su mano derecha. Y ahí estaban, trabajando hombro con hombro, cuando en el 2006 el restaurante recibió su primera estrella Michelín.

Con el anuncio en el 2012 de que le habían otorgado la segunda estrella Michelin, Diego Guerrero, su mentor y amigo de muchos años se marchó del Club Allard, dejándola al frente de las cocinas del prestigioso establecimiento. Hubo controversia, dudas y muchas deserciones, incluso de colaboradores cercanos. María sacaba fuerzas de su fe en Dios y del apoyo de su familia, sin bajar la cabeza y sin dejar de trabajar. Todo el mundo, menos ella, se sorprendió cuando los críticos de la prestigiosa y centenaria guía gastronómica reconocieron su trabajo al año siguiente, confirmando las dos estrellas Michelin. Estas, nadie podía regateárselas.

María no es ajena a la presión ni a las críticas, pero no tiene mucho tiempo para pensar en eso. Su cabeza está llena de platos, de ideas en las que trabajar y recetas para perfeccionar.

Perseverancia

El perseverar hasta lograr la perfección es lo que la mantiene vigente y muy despierta. Como buena cibaeña, cree firmemente en Dios y en el trabajo duro. Los que la conocen saben que no olvida sus inicios, que respeta más que nadie a quien desea demostrar su talento, y que no soporta las quejas.

A los jóvenes recomienda paciencia, entusiasmo, seguridad en sí mismo y en su creatividad. A ella le ha funcionado.

Espectativas

El comensal de un restaurante dos estrellas Michelin no espera menos que una obra de arte en su plato y cero errores en la ejecución. El crítico gastronómico espera todavía mucho más: innovación permanente, perfección en todos los aspectos y la aspiración al Olimpo de la gastronomía: las tres estrellas Michelin. Y en María han encontrado una competidora fascinante.