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México lindo y querido, el viaje

El día que llegué a México cayó una granizada y el día que me fui tembló la tierra. Suerte, ¿verdad? Es mi cuarta visita a esta urbe y vengo lleno de expectativas.

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México lindo y querido, el viaje
Ilustración: Ramón Sandoval
López Obrador, líder del partido de izquierda pide a gritos que recuenten los votos de las pasadas elecciones (siempre tuve la impresión de ya había vivido eso antes… dejavu, le dicen). Calderón, quien tiene mayoría según los cómputos, llama a la calma. Algunas calles están invadidas y los 28 millones de mexicanos continúan a la expectativa de que se decida definitivamente el conflicto para saber de una vez quién será su próximo Presidente. Los periódicos hablan de cuantiosas pérdidas por la situación imperante.

A mi llegada hacía frío y no estaba preparado. El esposo de Edith, mi anfitriona y exquisita embajadora sin título oficial, me presta un suéter para combatir el clima del Valle. Durante el vuelo de Miami a México me tocó al lado un cuate que regresaba con sus dos hijos adolescentes a visitar a su familia. Una azafata del avión era dominicana y, aunque estoy en turista, me trata como si viajara en primera. "¡E’ palante que vamos!", le digo yo agradecido. Uno de los hijos del mexicano vomita constantemente. "Le pasa siempre –me dice el padre como excusándose–. No hace más que llegar al aeropuerto y le dan náuseas. Raro, ¿verdad?". A pesar de los años ausente, el vecino no pierde su tono a lo Chapulín Colorado. "El médico me dice que es sugestión –continúa el vecino–, pero no hemos encontrado la manera de evitarlo y ‘orale’ que le doy medicamentos... pero nada".

Solidario, recojo todas las fundas que encuentro para esos fines y se las suministro para que el viajero pueda aterrizar más o menos compuesto. Cada una es debidamente llenada. Sus gemidos compiten con nuestra conversación. Mientras el hijo se debate cambiando de colores cual semáforo, el padre me confiesa su vida. Tiene unos años menos que yo y ha vivido más de dos décadas en EEUU. Se retirará el año que viene y cada dos visita a su familia. Divorciado de una gringa y conviviendo con una española. Nada de casarse otra vez. Su destino final es Veracruz, pero cuando se retire piensa mudarse a la Florida… con la española, claro.

Yo, cual confesor, evito hablarle de mi vida. Nos despedimos sin intercambiar nombres. Ambos entendemos nuestra condición de pasajeros en tránsito. Cuando el avión aterriza, escucho al padre decir al vomitante: "Orale, ya llegamos, no se "achicopale, hágase un macho". Por respuesta sólo hubo sonidos que no puedo describir.

Sin darme cuenta, en lo que resuelven el impasse emocional, los tres desaparecen en el inmenso aeropuerto. Allá adentro escucho la canción… "México lindo y querido, si muero lejos de ti, que digan que estoy dormido y que me traigan aquí"… La aventura mexicana comienza.