×
Versión Impresa
Secciones
Última Hora
Podcasts
Encuestas
Servicios
Plaza Libre
Efemérides
Cumpleaños
RSS
Herramientas
Más
Contáctanos
Sobre Diario Libre
Aviso Legal
Redes Sociales
revista

México reposado... con Herradura

Expandir imagen
México reposado... con Herradura
El aeropuerto de México es inmenso. Más parece un mall de tiendas que un lugar donde aterrizan los aviones. Nunca antes había visto tanta variedad de tequilas. Da deseos de celebrar de inmediato con rancheras tapatías. Edith y María Teresa agitan los brazos. Edith es nuestra anfitriona en el DF (así le dicen allí a la capital). Mis amigas y yo nos fundimos en un abrazo salpicado de besos. Los 28 millones de mexicanos comienzan a dejarse ver. El Popocatépetl acecha mi alegría desde su pacífica fumarola. En mi honor, el volcán emite señales de humo.

Edith vive en el sur de la ciudad, llegar a su casa nos toma casi dos horas. Acumulamos dos de espera, dos hacia Miami y tres a México. Sólo anhelo un baño y una buena comida (recuerden que ya no sirven nada en los aviones).

La colonia, (barrio en mexicano) donde nos alojan nuestros anfitriones, es vigilada por casi 50 guardias privados (espero que no copiemos el ejemplo). "La criminalidad es muy alta y los secuestros están a la orden del día", dice Edith sin perder la compostura, después de aclarar que su colonia es muy segura. Pasamos la primera revisión, luego una segunda y, al fin, subiendo una loma, llegamos a nuestro destino al lado de un campo de golf sembrado de árboles. Mi habitación, desde el equivalente a un sexto piso, da al bosque deportivo. ¡Qué bien se ve México desde aquí! La altura hace que me fatigue y la respiración se agite. Sospecho de mi edad.

Se hace de noche sin darnos cuenta. Mi amigo Enrique insiste en ir a Garibaldi (la plaza donde abundan los mariachis y los tequilas). Llueve. Decidimos quedarnos en casa de la anfitriona y se inicia mi descubrimiento de la culinaria azteca.

"Tienes que probar un tequilita", insiste la anfitriona. "¿A poco?", contesto a la mexicana y le entro a un Herradura Reposado. "¿Lo quieres con sangrita?". "En Roma como los romanos", contesto tratando de lucir internacional y… "¡Órale!", me pongo en onda de inmediato. Un trago de tequila y otro de sangrita, un toque de sal y otro de limón. Por mis venas corren ya las estrofas de "Allá en el rancho grande", lo siento trepidar cuerpo abajo.

Nos sentamos a la mesa y comienzan a deslumbrarme con sopa de calabazas, una pasta con picante y una carne al tamarindo que no tuve más alternativa que aplaudir de pie sobre la mesa. Todo estaba exquisito.

"Parece que tienes buena jarra", me comenta Eduardo, el esposo de mi amiga. "Y eso, ¿por qué lo dices?", pregunto contagiado con el acento de Manzanero, pero no tan afinado. "¡Pos llevas varios tequilas y aún no se te tuerce la boca". "Espérale tantito no más –respondo de inmediato– que ahorita me tuerzo completo". Sin darme cuenta, por fin me salió el Cantinflas.