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Oviedo y mis recuerdos

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Oviedo y mis recuerdos
Ilustración: Ramón Sandoval
Conocí Oviedo, y lo sigo conociendo, a través de las casas que tenían algo que ver con mi familia. Confieso que, el descubrimiento de esas casas me causó una gran emoción. Y todavía me la sigue produciendo.

Allí, en la calle Uría, la más céntrica, la principal, la que se encuentra en el corazón de la ciudad, nació mamá.

El edificio, imponente todavía, se encuentra en pie. Todavía muestra su grandeza. Nunca he subido los peldaños de las escaleras ni he traspasado su fachada. Pero está allí y siempre lo contemplo como queriendo desvelar el misterio de aquellos años en que mis abuelos volvieron a Asturias por espacio de tres años, cuando nació mi madre.

La casa de mi abuela ya no existe. Pero también llegué a conocerla. Mi tío Gilberto la plasmó para la posteridad en una pequeña acuarela que contemplo frente a mí en estos momentos y que data de 1949. Es marrón, austera y triste. Tiene dos pisos y una especie de ático que pudiera ser un tercero. Arriba del ático hay una especie de buhardilla. Tiene entonces tejados de diferentes tamaños, varios portales y dos balcones pequeños donde los tarros de flores ponen la única nota de colorido a aquella construcción del Oviedo clásico, del Oviedo de inviernos grises y llovizna frecuente. Allí vivía mi abuela cuando llegó el indiano con dinero tratando de conocer a la muchacha más bella de la ciudad.

Su noviazgo accidentado y extraño pudiera dar base a toda una novela.

La casa, lo he escrito, hoy ya no está pero, al pasar por la calle al lado de mi tío Gilberto, nos detenemos en la esquina y volvemos a verla en el recuerdo y en la imaginación. Ese Oviedo de principios del siglo XX lo conocí a través de los relatos de mi abuela. Así escuché hablar por vez primera del Campo San Francisco, el parque-pulmón de la ciudad, de un enamorado chiflado llamado Rufino al que le hacían toda clase de inocentes bromas, del primer novio de la abuela que se fuera a estudiar lejos y al que le interceptaban las cartas porque su familia quería casarle con una prima, y de muchas otras cosas.

Así también le oí a la abuela hablarme de aquellas películas mudas, de los seriales, de las salas improvisadas donde un señor con una vara larga iba explicando con detalle a una ingenua audiencia todo lo que iba sucediendo en la pantalla. Ella recordaba, en particular, dos de estas series. Una que se llamaba "La moneda rota" y otra que presentaba a Colón llegando a América y hablando por teléfono con la reina Isabel la Católica.

Siento que, aunque no quiera, Oviedo es una ciudad que me pertenece, que conozco, obviando toda la parte moderna, palmo a palmo, que la he recorrido acera por acera, esquina por esquina, durante los múltiples años que viví allí, en el apartamento de la Arzobispo Guisáosla que, cuando mis padres, mis hermanos y yo lo estrenamos quedaba en el confín del mundo ya que, desde sus ventanas, se podía contemplar, sin ningún obstáculo, todo el monte Naranco con su Santa María y su Miguel de Lillo, obras arquitectónicas del período románico que tantas veces visitamos en excursiones dominicales llevando bocadillos de jamón y de tortilla, manteles y porrones de vino.

Oviedo, el Oviedo de hoy es una ciudad hermosamente conservada con todo su casco antiguo peatonal.

No puedo dar un paso sin que me invadan los recuerdos. Los viejos cines han desaparecido. Ya no existe ni el Aramo ni el Ayala, ni el Real Cinema ni el Principado. Sólo queda el emblemático Teatro Campoamor donde Arthur Miller y tantos ilustres recibieron su premio Príncipe de Asturias, lo mismo que ese Woody Allen cuya estatua a tamaño natural se encuentra a corta distancia.

Oviedo huele a fabada, a bollos "preñaos" de fiesta de San Mateo, al incienso acre que se respira en el interior de su imponente catedral. Evoca a Ana, la regenta de "Clarín" cuyos pasos seguimos por la Calle Cimadevilla hasta la iglesia de San Isidoro para perderla casi al llegar al Fontán mientras escuchamos una famosa aria porque, aunque parezca imposible, la banda sonora de Oviedo que tenemos en el cerebro no suena sólo a gaitas sino también a óperas.