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Pescara en el olvido

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Pescara en el olvido
Ilustración: Ramón Sandoval
Hay ciudades por las que uno pasa apenas unas horas y se quedan para siempre en el recuerdo. Hay otras en las que uno permanece durante meses y meses y, al cabo del tiempo, se difuminan, se pierden, desaparecen como si nunca se hubieran visitado, como si nunca se hubieran conocido.

Quiero hacer un ejercicio mental con Pescara porque la he olvidado, muy a pesar de haber vivido allí durante meses haciendo un postgrado en "Derecho comparado" junto a estudiantes de muchísimos países.

El primer ciclo lo había hecho en Estrasburgo y ahora le tocaba a esta ciudad italiana que dependía de la universidad de Chietti. ¿Porqué el cerebro graba algunos acontecimientos y borra otros? ¿Porqué nos vienen de vez en cuando imágenes que funcionan a la manera de relámpagos? No lo sé. No lo comprendo.

Ahora he visionado en uno de esos "flashes" la ventana de mi habitación en Pescara. Aquello que se ve desde allí debe de ser el patio de un colegio donde se practica algún tipo de deporte, fútbol o baloncesto, no estoy seguro. Me levanto. Me cambio y camino rumbo a la universidad.

El camino es largo y sé que paso por una farmacia donde, al día siguiente de llegar, compré unos antibióticos pues me sentía francamente mal. En la calle me llaman la atención los carteles anunciadores de las películas que se mezclan con otros mucho más peculiares, originales y tétricos.

Allí, estamos en los años setenta, se anuncian las defunciones como si se trataran de espectáculos. Se ha muerto un señor y tiene su cartel. Es blanco con orlas negras. Se avisa a la comunidad de la hora y día del entierro y se ponen los nombres de los deudos. No sabemos si en pleno siglo XXI continúa esa práctica pero entonces era así.

El curso de Pescara se efectúa en los meses de verano y eso es terrible. Hace calor y estamos en una ciudad de playa. Para colmo desde las ventanas del aula se ve el mar. A veces tenemos horas libres y nos vamos a la playa. Otras veces nos escapamos. La playa está llena de gente y de casetas.

Recuerdo, porque eso no se me va a olvidar, haber compartido muchos días playeros con Carmen Laforet, la excelente escritora española ya fallecida, la misma que obtuviera el premio Nadal en los cuarenta con su novela "Nada". Conservo varias fotos junto a Carmen que acompañaba, en esta especie de vacaciones, a una amiga que cursaba conmigo aquel postgrado.

Una tarde, también lo recuerdo entre brumas, fuimos a visitar la casa en la que había nacido Gabrielle D’Annunzio, el célebre poeta y escritor de simpatías fascistas cuya novela "El inocente" inspirara a Visconti para legarnos su testamento fílmico.

También recuerdo que una vez nos invitaron a un pueblo cercano y montañoso a un almuerzo y que en una empinada y peligrosa cuesta el autobús se atascó. Aquello fue una pesadilla tan terrible que pienso que, tal vez por eso, mi mente bloqueó tantas historias de Pescara. Aún así sé que en aquel almuerzo nos brindaron catorce tipos diferentes de spaghettis y ni así logré saturarme de pastas.

Pero, de no ser por todas las fotos que conservo, de no existir como testigos muchas piezas de cerámicas y souvenirs de todo tipo, podía pensar que jamás había estado en esa localidad desde donde casi se podía divisar Dubronik, entonces Yugoslavia, y cercana a aquellas islas Tremiti de un mar de azul intenso y rocas escarpadas.